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CLARIDADES: El dolor del patriarca

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Publicado: martes, 12 de diciembre de 2017

Reproducimos pasajes  de un artículo de  Carmen Dolores Trelles en que narra conversaciones con el pintor, Francisco Rodón sobre las  experiencias de éste pintando a Luis Muñoz  Marín.

 

Si hay uno,  entre  los personajes de  Francisco Rodón, que toca las raíces más profundas y dolorosas de nuestra patria, ése es el cuadro de Muñoz Marín. El proceso de su factura y la contemplación de los resultados aclaran —más que la historia y biografías en palabras— la mente del hombre que, como ningún otro, influyó en los destinos de Puerto Rico.

La primera vez que Francisco Rodón y Luis Muñoz Marín conversaron acerca de la posibilidad de que el primero pintara este retrato fue en 1971. Años más tarde, cuenta el maestro, “me llamó a Trujillo Alto. Estoy harto, dijo, de la política y los políticos. Necesitaba un estímulo para escribir sus memorias, necesitaba la conversación de sus amigos.

El diálogo más fructífero —con Muñoz  usando la  palabra y Rodón el pincel— se había iniciado. “Fue una de las  experiencias más dulces de mi vida: tres meses en que iba todos los días”, dice el pintor.  “Lo recuerdo como una  labor placentera  y dolorosa a la vez. Me encontré con un Muñoz melancólico, que no escondía su tristeza y que se manifestaba con gran autenticidad. Sabía que estaba ya al final de sus días. 

El diálogo se prolongó por meses. Muñoz necesitaba  hablar. “Estaba colmado de un gran sentido de culpa”, cuenta Rodón. “En una ocasión me dijo, Pancho, yo he sido, desgraciadamente, responsable de toda esta situación. No lo advertí a tiempo. Fue un gran error. No pude culminar la Operación Serenidad. Antepuse el confort personal de mi pueblo a los valores espirituales. Caí en una trampa. Ahora veo el deterioro en el espíritu de los puertorriqueños, pero ya a mis años no tengo ni tiempo de remediarlo ni personas que prosigan mi obra.”

Un día, después que se fueron todos, Muñoz  parecía  especialmente melancólico, más que en otras ocasiones. Me dijo, Pancho, ven conmigo, quiero decirte algo. De nuevo caminamos juntos. No puedo dormir por las noches. No tengo paz de espíritu y ya me queda poco tiempo. Hay algo que no me puedo perdonar. Lo que he hecho con los presos nacionalistas no me da paz de espíritu. Se me fue la mano de forma criminal. Me estoy muriendo poco a poco con este terrible remordimiento. Y el remordimiento es peor que el odio”.

Fue una tarde de otoño puertorriqueño —septiembre— aquélla en que se develó el cuadro de Muñoz Marín en Aguas Buenas.

Corrimos el velo. El silencio se hizo abismal. Muñoz lloró. La mayoría de las personas que allí estaban eran cómplices de la gran tristeza que tenía ese hombre”. 

 

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