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Un poeta llamado Catalino

Tite Curet Alonso
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Por Noel Luna

Publicado: miércoles, 5 de diciembre de 2018

Habría que imaginar cómo trabajaba para llegar a crear una de sus canciones. ¿Cuántas veces se demoraría escuchando la voz del “cantante de cantantes” llamado Héctor Lavoe antes de componerle “Juanito Alimaña”? En esa canción el sonero ponceño hallaba su medida justa, que la metáfora de la horma y el zapato no traduce eficazmente. El compositor no calzó a nadie. El título de sastre tampoco lo vistió bien. Más que trajear personajes, Tite los creaba de cuerpo entero. Catalino debí decir: don Catalino Curet Alonso, un poeta llamado Catalino, que compuso canciones como “Tiemblas,” “Juanito Alimaña” y “La cura,” que sólo resultan tres gotas en un mar inmenso de piezas magistrales. Su magisterio no se reduce a la imagen pobremente populista con la que todavía solemos extraviar su verdadero rostro: el de un artífice tremendamente sabio y exigente. Tite sabía mucho, esto es, tenía que saber muchísimo para haber estilado una poesía cantada de tanta popularidad en aquellas geografías donde se oye, se baila y se admira la Salsa. Se habla muchísimo de no sé cuántos cientos de canciones suyas que permanecen inéditas; para constatar la grandeza del compositor no hace falta siquiera reclamarlas. Sólo hay que ponerse a escuchar cuidadosamente las que sí se grabaron, y en las voces inconfundibles de Tito Rodríguez, La Lupe, Cheo Feliciano, Héctor Lavoe, Rubén Blades, Totico Arango, Justo Betancourt, Chamaco Ramírez y el maravilloso Maelo quedaron tatuadas, como si hubiesen sido creadas por ellos mismos. Por eso digo que Tite no los vistió, sino que supo escucharlos, al extremo de propiciar que en sus canciones no fueran sino ellos quienes cantaran. 

¿Habrá mayor generosidad que la de procurar que el otro encuentre su voz? Cuando uno escucha la canción “El cantante” en voz de Héctor Lavoe, uno piensa: que Rubén Blades la escribió para aquél, pensando en él, oyéndolo. Idéntico vínculo hermana a muchos de los cantantes salseros más destacados a lo largo de la historia del género con la figura paradigmática de Catalino Curet Alonso. ¿Qué sería Cheo sin “Anacaona”? ¿Chamaco sin “Planté bandera”? ¿El Conde sin “Pueblo latino”? Seguramente muchísimo, pero no tanto cuanto son por haber interpretado dichas canciones, compuestas por don Tite.

Muchos dones recibimos del maestro. Catalino Curet Alonso es uno de esos pocos nombres de nuestro tiempo que acaso resonarán en la memoria de un largo porvenir. Gusto pensar que cuando alguien, en conjetural época lejana, escuche una canción de Tite como quien interroga los restos de una comunidad perdida, descubra en su docta sonoridad la huella más certera de nuestra posibilidad, esclarecida con él, uno entre los pocos. Curet Alonso es uno de los poetas más finos de la segunda mitad del siglo XX puertorriqueño. Siempre se habla de él como poeta popular, cuando fue poeta sin más, tan valioso como el mejor de nuestros letrados. Pocos, sin embargo, como él, capaces de escribir excelentes poemas que resultaron ser también magníficas canciones. La sofisticación del arte verbal de Tite es evidente en un fracatán de composiciones suyas que fueron grabadas. A decir verdad, no creo recordar una sola de las muchas canciones suyas que he escuchado que no me haya parecido excepcional. Las composiciones de Curet Alonso son una rara combinación de inteligencia, riqueza técnica y musicalidad. La fineza de su decir se debe, en parte no pequeña, a que su ética poética prestó igual atención a aquellas dos dimensiones de un mismo fenómeno que en otro tiempo solían denominarse como la forma y el contenido de una composición. No es que Tite trabajara simultáneamente en dos niveles diferenciados, intentando unir a posteriori un mensaje “correcto” a una forma que, aunque lograda, le resultara extraña. Tite muestra que la inteligencia del nombre exacto de las cosas no antecede su formalización, que la palabra justa en sentido estético es la palabra eficaz en la intelección de algo que acaso no ha sido nombrado y aguarda su signo. El efecto de esa eficacia verbal es su propia transparencia: igual que un motor bien calibrado, casi no se oye. Pero no se trata tan sólo del manejo brillante de su instrumento, sino además de la elegancia retórica de sus canciones, de su buen gusto en la selección léxica, de su inteligencia siempre alerta.

Don Tite ejerció la imaginación con acierto. Resistió el chantaje ilustrado y evitó los laureles que otorga el consenso chato de la corrección. Tres eslóganes no valen, en tanto intuición encauzada, lo que vale una canción como “Juanito Alimaña”, en la que la crónica nos presenta con ojo y oído certero un boceto convincente de algunas cosas nuestras. No es casual que “Juanito Alimaña,” con su atmósfera de humo y alcoholes, preceda en la grabación original a “Pasé la noche fumando,” también compuesta por Tite, y cantada a dúo por Héctor Lavoe y Willie Colón. Musicalmente, la pieza es excelente, con un solo de cuatro de Yomo Toro que es cosa que hay que oír. Su letra (que es de aquello de lo que puedo hablar) es como el negativo de “Juanito Alimaña”: si en ésta el humo y el alcohol simulan ser el sello inequívoco de la infamia, en aquélla se transforman en sustancioso filtro de la melancolía. Ambas canciones son como estudios parciales de un personaje en escenas diversas de una misma trama, al modo en que lo hace un artífice que se propone llegar a conocer lo que tal vez tan solo se insinúa en su creación. 

En El nacimiento de la tragedia, Nietzsche señalaba que el fenómeno dramático primordial consiste en que el actor se vea transformado, como si realmente hubiese penetrado en cuerpo de otro. ¿Cómo Tite habrá dado con la canciones que fijaron el perfil de tantos cantantes imprescindibles? ¿Seremos capaces de imaginar su forma de escuchar el grano de la voz de Lavoe, de Cheo Feliciano o de Frankie Ruiz antes de componer las melodías que mejor amonedaron sus perfiles como cantantes? Lástima que ninguno de nuestros narradores nos haga el relato de alguno de esos momentos en los que Tite captó, en el alma de una voz, la forma de un destino. 

Piénsese en una canción como “La cura,” cuya letra habilita de modo ejemplar varios niveles de lectura, dándolos a la alquimia o destilación de un fármaco verbal necesario a la purga de nuestras simplificaciones más descaradas a la hora de referirnos a las causas últimas de nuestros males. Don Tite Curet Alonso fue capaz de convocar la complejidad semántica de una frase nominal como “la cura,” cuya transparencia supuestamente poseíamos. En voz del inconfundible Frakie Ruiz, “La cura” elabora un tejido de resonancias y falsos ecos. La cura es la droga, esto es, la sonada suma de nuestras fatigas; pero la cura es también––según nuestro antiguo gusto por las metáforas patológicas––la solución del mal. Lo que logra Tite de forma magistral es que ambas acepciones de “la cura” hagan corto circuito, purgando con ello la palabra de prejuicios y juicios fáciles, de consignas apodícticas que fundamentan obstinadamente nuestra forma de estar en el lenguaje. Con suma economía, ambas acepciones de la palabra aparecen enmarcadas en la letra de lo que sólo entre comillas podríamos denominar Salsa romántica.

Catalino Curet Alonso demuestra como pocos que cada palabra es portadora de su crítica, si se le sabe oír.

 

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