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¿Un bitcoin, una criptomoneda, qué es?

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Por Rafah Acevedo

Publicado: martes, 20 de noviembre de 2018

John Locke, en su Ensayo sobre el entendimiento humano, decía que todo en el lenguaje es material menos lo más importante, que es inmaterial: el significado. Algo similar ocurre el dinero: su materialidad nos impide ver que el dinero no tiene sentido sin el significado que le otorgamos convencionalmente. Así ha sido. Así es. 

El dinero es una representación simbólica de las horas que hemos trabajado. La tarjeta de crédito  es la metáfora de la metáfora. La compra, relación de intercambio, se consuma con un pedazo de plástico que simboliza el dinero que simboliza tus horas de trabajo. ¿Y un bitcoin, una criptomoneda, qué es? Lo que una cierta comunidad acepte de manera convencional. Teóricamente, las semillas del aguacate podrían utilizarse como moneda. Y eso valdrían los dólares o los euros (una semilla de aguacate) si se acercara por fin ese meteorito que acabaría con todos los problemas mundiales: nada. Porque a nadie en ese trance le interesaría su valor, su sentido. Bueno, al menos los aguacates se pueden sembrar.

Parecen especulaciones. Pero bien pensado, toda la economía es especulativa.  Lo que no es especulativo es que los millonarios están aquí. Están aquí gracias a las leyes forjadas por la misma gente que acumuló la deuda impagable: la clase política nacional. Por eso John Paulson quiere mudarse aquí y lo dice descaradamente: se puede evadir el pago de contribuciones de manera legal. Si eres rico. Tampoco es especulación que una comunidad de cripta-utópicos, liderados por un perverso y madurado niño actor (Brock Pierce) se reúne aquí en la isla para crear su paraíso. Brock y una cuadrilla de inversionistas, algunos de ellos con las mismas buenas intenciones que tendría satanás en un Cadillac convertible cruzando la Cordillera Central, pasan sus días buscando propiedades. En el oeste, en Mayagüez, en Rincón, donde podrían tener sus propios muelles y puertos muy sexy. En Patillas, donde pueden comprar un pequeño aeropuerto regional al precio de un apartamento en Santurce. En Dorado, donde viven artistas que han puesto el nombre de Puerto Rico en alto o el de Topeka, Kansas, porque al final es lo mismo para ellos. El mismo Brock se ha comprado el viejo Museo del Niño (vaya paradoja) un museo en el Viejo San Juan y hasta a dado recitales de ¿poesía? en algún paraje chic-a-pop cerca del Departamento de Estado. 

La economía está tan a tono con estos especuladores que por ahí anda el niño actor reinsertado en la sociedad que estuvo a punto de escupirlo (por acusaciones de pedofilia) anunciando que el gobierno le permitirá la creación y fundación del primer banco de criptomonedas del paraíso tropical-fiscal. 

No sería extraño porque Ricardo Rosselló o Luis Fortuño, o Eduardo Bhatia, (o los que siempre viven del dinero público para enriquecerse privadamente) desde el gobierno insular, que es una metáfora fosilizada de lo que es un territorio colonial, sería capaz de crear un Banco con las fichas y el dinero de una caja de Monopolio si pudiera especular con eso. Y si se encuentra con una clase que le otorgue de manera convencional significado a esos papeles de colores harían dinero, tomarían préstamos y lo pagaría “el pueblo”, esa otra fantasmagoría.

No importa si son dólares o criptomonedas, el modo en el que están dadas las relaciones de intercambio en la isla están orientadas a beneficiar a los ricos en desmedro de todo el resto de la población. La corrupción es total y hasta el creador de los fondos buitres lo sabe y se quiere mudar para acá. Acabaron con la agricultura y toda posibilidad  de autosustento. Acabaron con la idea de “lo nacional” esa luminosa abstracción que hoy está vacía. Y ahora empobrecen al país para obligar a los que puedan a largarse en busca de salvación mientras llegan olas de riquitillos con ideas de empresarios echapalantistas. Propongo los aguacatcoin, el trueque y la revolución.

 

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