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Caravana de microrrelatos hondureños (microantología)

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Publicado: miércoles, 5 de diciembre de 2018

El Guramí perlado

Víctor Manuel Ramos (Honduras)

 

La más pequeña de las sirenas había llorado inconsolablemente aquella tarde porque el sol pasaba frente a ella sin reparar en su belleza. El guramí, conmovido por el llanto de la sirenita y para no dejar huellas del desconsuelo, se tragó todas las lágrimas. Cuando despertó, al día siguiente, su cuerpo estaba todo cubierto de perlas.

 

 

 

El orden de los sumandos ¿no altera el producto? 

Felipe Rivera Burgos (Honduras)

 

Mucho tiempo hubo de pasar para que la Iguana entendiera que aquel camino era un atajo hacia la playa. ¿Quieres decir –le decía a la Ardilla– que si me voy por aquí llegó al mismo sitio en menos tiempo que si me voy por detrás de la montaña? La Ardilla repetía que sí. Y la Iguana no dejaba de reír, satisfecha, porque ella no creía en la magia.

 

El vengador

Oscar Acosta (Honduras)

 

El Cacique Huantepeque asesinó a su hermano en la selva, lo quemó y guardó sus cenizas calientes en una vasija. Los dioses mayas le presagiaron que su hermano saldría de la tumba a vengarse, y el fratricida, temeroso, abrió dos años después el recipiente para asegurarse que los restos estaban allí. Un fuerte viento levantó las cenizas, cegándolo para siempre.

 

La limosna

Nery Alexis Gaitán (Honduras)

 

En la cafetería, una madre acariciaba a su hijo. Desde la calle, él miraba la escena; contento, se dirigió al lugar donde el otro niño le sonreía feliz a su madre… la señora lo miró, sacó una moneda y se la puso en la mano. El niño sonrió y esperó: las caricias nunca llegaron.

 

 

El dinosaurio

Augusto Monterroso (Honduras-Guatemala)

 

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

 

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