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Topografia: Aires de felicidad

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Por Carlos R. Alberty Fragoso

Publicado: miércoles, 5 de diciembre de 2018

Ahora que se siente un leve cambio en la temperatura se oye decir que llegaron “los aires navideños”, y nos da con estar alegres o felices. No está muy claro si estar alegre es lo mismo que ser o estar feliz o si la alegría tiene algo que ver con la llamada felicidad. Esa es una palabra grande. Sin duda. 

En 1917, una lectora, “gentil e inteligente amiga” le escribió a Nemesio Canales: “¿Cree Ud. que es posible en este mundo la felicidad, y, si no la felicidad, el bienestar?” Sin duda, puso en aprietos al querido maestro, pero él no se arredró y dio su respuesta. Pero de eso hablaremos después.

Tal vez una de las actividades que más causan “infelicidad” es justamente preguntarnos si somos felices. Supongo que habrá más de una razón para ello. Al preguntar, nos enfrentamos a la complejidad del asunto o quizás a su insolubilidad. 

Si nos arriesgamos con el tema, uno de los posibles comienzos sería decir un tanto a lo Perogrullo que la “felicidad” es una palabra que remite a una idea asociada a su vez con una imagen que representa algún tipo de bienestar físico, emocional, mental o “espiritual”. Puede ser una experiencia, un recuerdo o un deseo. Podemos recordar “buenos” o “gratos” momentos “grabados” en nuestra memoria aunque ya sabemos que la memoria o la mente modifica los recuerdos, así que tal vez nunca estaremos muy seguros de qué fue lo que vivimos. Pero en fin.

Así, pues, al pensar en la felicidad se encuentra o se crea una idea o imagen de lo que es ser feliz. Y, naturalmente, habrá gran variedad. Y, naturalmente, habrá mucha decepción porque no se sabe a ciencia cierta qué es tal “cosa” o sustancia. Y acaso eso es parte del problema. Pensar con palabras y conceptos siempre es un problema. Me dirán: “¿Pero cómo rayos se va a pensar si no?” Vale. No compliquemos más el asunto. Podemos acudir al diccionario pero no se nos olvide que ese tipo de registro lo que hace es consignar por escrito cómo la gente usa una palabra o cuál cree que sea su significado. Así que a lo mejor vamos en círculos. Pero vamos. Según el diccionario, felicidad es: “Estado de grata satisfacción espiritual y física. 2. Persona, situación u objeto o conjunto de ellos que contribuyen a hacer feliz. [Ejemplo:] Mi familia es mi felicidad. 3. Ausencia de inconvenientes o tropiezos. [Otra vez, ejemplo:] Viajar con felicidad.” ¿Ven? Lo que les dije. No nos sirve de mucho aunque sí un poco. Si se trata de un “estado de grata satisfacción” entonces es una especie de bienestar físico o mental o emocional. Y así volvemos a la multitud de versiones según cada persona. 

Si por simple bienestar fuera, pues podemos citar uno de los ejemplos más “diabólicos” y perversos que se haya concebido. Me refiero a los comerciales navideños de cierta famosa gaseosa. Si creemos lo que nos proponen los anuncios, bastaría tomar la bebida para que aflorara la conducta más noble de que sea capaz la Humanidad. La gaseosa lleva al bebedor casi a las puertas del cielo, por el estado de beatitud que le produce. La lógica publicitaria es tan simple como brutal: compra, bebe y serás feliz. 

Hace poco vi un vídeo del filósofo esloveno Slavoj Zizek donde decía que alguien había lanzado la pregunta o provocación de que tal vez era posible acceder al Nirvana no por la meditación o la ascesis de toda una vida de disciplina y ejercicios de la mente y el cuerpo sino por una simple pastilla. Algo así como decir que el fin justifica los medios. Me imagino que las grandes farmacéuticas y los nuevos empresarios de dispensarios de cannabis estarán muy contentos. ¿No será la química el verdadero opio de los pueblos? 

Pero sigamos buscando la felicidad. En una irónica historia entre alegoría y fábula Julio Cortázar nos habla de un curioso país regido por el general Orangu en el que a los jóvenes les inyectan unos pescaditos dorados que equivalen a la felicidad. Los pescaditos viajan por el sistema sanguíneo, hacen el amor, se multiplican y cuando llegan a viejos mueren, y se atoran las venas. Entonces, los ciudadanos se inyectan unas ampollas que disuelven la obstrucción y, remedio santo, la felicidad circula de nuevo. El narrador, responsablemente sarcástico, aclara que la felicidad o el estado de bienestar emocional o psicológico se debe más bien a la imaginación, pues nadie sabe cómo, dentro del cuerpo, los pequeños animalitos logran el resultado creído y sentido por todos. Así que se trata de un acto de la mente, de la fantasía, de la imaginación. 

En su escrito, “Divagaciones”, publicado el 2 de junio de 1917, meses antes del artículo en el que le respondía a la desconocida “gentil e inteligente” lectora, Canales ya había declarado categóricamente: “No, no existe ¡qué ha de existir! la señora felicidad. Ni es bueno que exista tampoco. Si no ha de existir para todos, es mejor, es muchísimo mejor que no exista. Que no exista, señor, ni para usted, ni para mí, ni para nadie.”

Es evidente que, para nuestro vate, la felicidad, sea lo que sea, aunque siempre bienestar, debe ser colectiva, del país entero, y nadie debe quedarse fuera.

Jigme Singye Wangchuck, el cuarto rey de Bután, un pequeño reino en lo alto de los Himalayas, propuso, en 1972, medir la felicidad de su gente. El lema reza: “Gross National Happiness is more important than Gross National Product”. Con una visión integral de lo material y lo “espiritual”, enraizado en la tradición budista, el país se propone medir con 4 criterios el nivel de felicidad de su gente: 1. el desarrollo socioeconómico sostenible e igualitario, 2. la preservación y promoción de la cultura, 3. la conservación del medio ambiente y 4. el buen gobierno.

 Se creó un cuestionario para que la población manifieste su sentir sobre nueve áreas; algo semejante a un gran plebiscito, que incorpora los siguientes aspectos: 1. Bienestar psicológico 2. Uso del tiempo 3. Vitalidad de la comunidad 4. Cultura 5. Salud 6. Educación 7. Diversidad medioambiental 8. Nivel de vida 9. Gobierno.

Tal vez, como señalan algunos, con la propuesta, el reino trataba de evadir las críticas a la precaria situación económica. Quizás el reino le ha hecho creer a la gente que es feliz. Algunos viajeros así lo atestiguan. A lo mejor lo que el reino de Bután le ofrece a su gente son pescaditos dorados y ficticios que el pueblo ingenuo acepta por su tradición budista, entre otras posibles razones. Tal vez. Pero la idea no suena mal. Y hasta donde se sabe, ningún otro país ha puesto por escrito cómo medir la felicidad de su gente. 

A pesar de lo que falta por hacer en cuanto a infraestructura, bienes, servicios etc. Bután nos da una lección. 

Concluyamos, pues, con una alianza entre el reino de Bután y nuestro irónico “prócer” Canales. Por lo menos, una cosa queda clara: la felicidad, entendida como bienestar integral, desarrollo armónico de lo material y lo espiritual, no debe existir si no es para todo el mundo. Lo mismo puede decirse de la alegría y la felicidad de los “aires navideños”.

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