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“Anoxia” o el humedal más grande del área metropolitana

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Por Lowell Fiet

Publicado: martes, 11 de julio de 2017

Tengo que preguntar si el director Joaquín Octavio y las tres mujeres danzantes de La Trinchera querían sofocarnos. No hablo en metáforas. Estar encerrados, persianas cerradas y sin aire acondicionado, en el segundo piso de la Casa de la Cultura Ruth Hernández en Río Piedras, nos deja empapados de sudor. De pie y moviéndonos de gesto-imagen a gesto-imagen, sin querer acercarse pegajosamente a los demás espectadores, sin suerte intentamos abanicarnos con la hojita del programa de Anoxia, presentada en el centro de Río Piedras del 21-23 de junio.

Este acto –Anoxia– danzado, a veces hablado y siempre visceralmente sentido, recrea táctilmente la vida del mangle del sector Juana Matos de Cataño, “el humedal más grande del área metropolitano”. Nace de la entrevista que el director de la pieza, Joaquín Octavio González, hizo a don Pedro Carrión, “maestro . . . de la tradición oral”, en la casa donde nació y todavía vive en la comunidad de Juana Matos. 

Según González, “cada imagen se dibujaba perfectamente, cada personaje del pasado volvía a la vida durante nuestro intercambio”. Fue “una inmersión en lo más profundo de su memoria y en la de las generaciones que habían llegado al mangle virgen para habitarlo. . . . Nos apropiamos de su testimonio, inspirados por las imágenes, frases y personajes de Juana Matos . . . “.  

Por eso sufrimos, aunque temporera y ligeramente, como, tal vez, sufrían los residentes del mangle en su lucha por sostener sus vidas, casas y familias y de mantener su comunidad frente al empuje inexorable hacia la “modernidad”, el cemento y los residenciales que ahora definen Juana Matos. Sentimos la “anoxia” –la falta de oxígeno, de aire a los órganos–, la humedad, el calor y encerramiento claustrofóbico del mangle hasta que finalmente abren las persianas y el aire fresco de la noche entra para dejarnos respirar y refrescarnos de nuevo. 

Es solamente por un rato, porque la encerrona regresa para agarrarnos, ahora acompañada por una luz proyectada intrusiva y violentamente sobre los ojos y cuerpos miméticos de las danzantes y nosotros como si fueran las fuerzas destructoras de los focos de puercas y “diggers” trabajando por la noche para desahuciarnos al próximo día.

Cómo contar sin narrar, sin representar; cómo transmitir experiencias y cuentos cuerpo a cuerpo, nervio a nervio; cómo imaginar, danzar, fiscalizar el diario vivir a través de gestos y el movimiento. Beatriz Irizarry, Cristina Lugo y Marili Pizarro –las danzantes de La Trinchera– encuentran las formas de cada una ser tanto partera como mujer dando a luz, de ser madres, abuelos, hijas, padres, abuelas, hijos, pero casi sin género, de lavar ropa, tenderla para secar, de subir a las vigas del segundo piso de la Casa Ruth para enganchar y colgarse como la ropa, de traer, ensamblar, manejar y mudar sillas y sillones viejos. Sus actos reclaman al mangle como un espacio siempre mojado pero recuperable y vivible, como maneras de sostener redes de vivencias compartidas, de sufrir y morir pero principalmente de sobrevivir.

Las actoras-danzantes se exprimen hasta quedar exhaustas, repitiendo, repitiendo, forzando, forzando, otra vez, otra vez, otra vez hasta que la vida ya se ve claramente como una pelea constante contra los elementos de agua, sol, vegetación y pestilencia, por un lado, y la intromisión violenta del “progreso”, por otro.

En el calor de la claustrofobia experimentamos un proceso de aprendizaje y compartimos memorias que no son precisamente las nuestras pero sí también son parte de nuestros pasados y presentes. Qué orgullo tener talentos, mentes y cuerpos así expresivos y entrenados trabajando en el teatro actual. Gracias a La Trinchera, Joaquín Octavio y sus colaboradores por hacernos sentir incómodos y deleitarnos a la misma vez.

Comencé esta reseña pensando en escribir sobre “Privada” de Teresa Hernández que estrenó (14 – 18 de julio) en La Beckett (café, teatro, cine), también en Río Piedras, una semana antes del estreno de “Anoxia”. Existe un doble enlace entre las obras, el primero siendo el pueblo de Río Piedras como centro teatral, como era en la década antes de 2011, cuando cerró el teatro-estudio Yerbabruja. 

El segundo, y más importante, es la noción de escribir desde el cuerpo y el espacio teatral. 

Ese tipo de escritura corporal ha caracterizado el trabajo de Teresa Hernández al crear varias de las obras puertorriqueñas más impresionantes de los últimos 25 años. “Isabela diserta”, “Acceso controlado”, “La nostalgia del quinqué . . . una huida”, “Salve la reina”, “Nada que ver” y “Coraje” sirven de ejemplos de la trayectoria de la dramaturga-performera más destacada del teatro puertorriqueño actual (ver: hemisphericinstitute.org/hemi/fr/modules/itemlist/category/341-thernandez). 

Yo diría que “Anoxia” cae dentro de la secuela general de las obras de Hernández y sus colaboradores desde los años noventa. La creación de la vida discursiva y visible exterior y, en contra-distinción, la vida interior o “Privada” de Lázara-Teresa, Teresa-Lázara, mujer, si entendí bien, puertorriqueña-cubana de 52 años que nunca ha vivido fuera de Puerto Rico pero que ha mudado de lugar en lugar cuidando su abuela, continúa la trayectoria de acciones agudas, atrevidas e incisivas de Hernández.

Sin embargo, y a pesar de la abrumadora evidencia crítica, sigue siendo necesario defender la estatura artística e intelectual de Hernández. Encuentro esa situación ser de gran interés crítico y cultural y escribiré tanto de ella como de la obra “Privada” próximamente.

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