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Airbnb

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Por Jaime Lluch

Publicado: martes, 19 de junio de 2018

La plataforma de internet Airbnb es una variante de la nueva “economía colaborativa” y al igual que Uber es una tecnología nueva que tiene sus luces y sombras. Igual que Uber puede representar un ahorro para el consumidor en ciertas horas del día, Airbnb puede representar un ahorro sobre todo para familias o grupos grandes que viajan. Pero plataformas como Airbnb también pueden presentar riesgos, asimetrías, y desbalances. En otras palabras, Airbnb es un fenómeno multidimensional pero no es ni un virtuoso de la modernidad ni sus detractores son fósiles del Pleistoceno. Estamos en la nueva economía del siglo 21 pero esta no puede ser reglamentada usando el esquema regulativo del siglo 19 del laissez faire: hay que considerar el lado social de la nueva economía colaborativa.

En Puerto Rico hemos visto una proliferación de apartamentos turísticos para alquiler de muy corta duración a través de la plataforma. En algunas de las economías más desarrolladas del mundo, Airbnb presenta un problema serio para la vida urbana y para el sentido de comunidad. Airbnb puede subir demasiado los precios de alquiler en un vecindario, puede generar un circuito de dinero negro y una competencia desleal para las licencias hoteleras. La presencia de torbellinos de turistas puede aumentar los costos de limpieza, seguridad, y transporte a nivel municipal. Pero hay un elemento todavía más importante: el constante ir y venir de inquilinos cambiantes puede destruir el sentido de comunidad de una calle, un vecindario, o un condominio. Imagínese que Usted vive en una calle o un condominio donde 20% ó 40% de las unidades se han convertido en alquileres turísticos de muy corta duración a través de Airbnb. Aquí en Puerto Rico siempre hemos valorado el sentido de comunidad, el conocer a sus vecinos, y tener buenas relaciones con todas. Airbnb convierte su calle o su condominio en un lugar que tiene el ambiente rarificado de una congregación amorfa de desconocidos, no de una comunidad de vecinas y amigas. 

Las ciudades más importantes del mundo están intentando regular Airbnb de diversas maneras. En Berlín, el pasado mes de junio un tribunal reafirmó la prohibición de facto de alquileres de corta duración tipo Airbnb. En San Francisco, la gente ha protestado por la Airbnbanización de sus comunidades y lo acusan de destruir viviendas asequibles para inmigrantes, pobres, y la clase media baja, etc. En Barcelona los dueños de unidades tienen que registrarla con la oficina de turismo, obtener una licencia, y tienen que cobrar el impuesto turístico municipal. En las Islas Baleares se pasará de prohibir el alquiler de vivienda para uso turístico en bloques de pisos, a exigir una licencia y el permiso del resto de los vecinos. Ámsterdam acaba de prohibir el anuncio a través de Airbnb de los pisos turísticos en el centro histórico de su ciudad, y dónde sí se permite el máximo de días de alquileres de corta duración será 30. Además, quieren impulsar otra plataforma que se llama Fairbnb y quieren evitar la “Disneyficación” del centro histórico.

 Luc Ferry ha distinguido dos visiones sobre lo que serán las nuevas plataformas como Airbnb y Uber. Una es benévola: son la tercera revolución industrial que nos ayudará a trascender el Estado y el Mercado. 

La otra es un llamado a la cautela: esta es una revolución que acarrea una desregulación decimonónica: un regreso al viejo laissez faire extremo. Veremos la Uberización del trabajo y nuestras comunidades se Airbnbanizarán.

Otra economía colaborativa es posible: una economía social.

 

El autor es Catedrático Asociado UPR-RP.

 

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