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Selección de Cartas desde la cárcel de Antonio Gramsci 3

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Publicado: martes, 11 de julio de 2017

[Parte de una selección de las Cartas desde la cárcel de Antonio Gramsci, editadas y traducidas por Manuel S. Almeida para Claridad.]

 

5.

21 de diciembre de 1926

 

Queridísimo amigo,1

Recibí tu carta del 13; en vez, no he recibido todavía los libros que me anuncias. Te agradezco muy cordialmente la oferta que me has hecho; ya escribí a la Librería Sperling y he hecho una orden bastante considerable, seguro de no ser indiscreto, porque conozco toda tu gentileza. Estamos en Ustica unos 30 prisioneros políticos: hemos iniciado ya toda una serie de cursos, elementales y de cultura general, para los distintos grupos de confinados; iniciaremos también una serie de conferencias. Bordiga dirige la sección científica, yo la sección histórico-literaria; he aquí la razón por la cual he pedido determinados libros. Esperamos así transcurrir el tiempo sin embrutecernos y ayudando a los otros amigos, que representan toda la gama de partidos y de preparación cultural. Conmigo está Schiavello y Fiorio de Milán; de los maximalistas está también el exdiputado Conca de Milán. De los unitarios está el abogado Sbaraglini de Perugia y un magnífico tipo de campesino molinelense. Un republicano de Massa y 6 anarquistas de composición moral compleja; el resto son comunistas, o sea, la gran mayoría. Hay 3 o 4 analfabetos o casi; el resto tiene una preparación diversa, pero con una media general muy baja. No obstante, todos están contentos de tener la escuela, que es frecuentada con gran dedicación y diligencia.

La situación financiera es todavía bastante buena: nos dan, a nosotros los confinados políticos, 10 liras al día; la paga de los reos comunes en Ustica es de 4 liras al día, en las otras islas a veces es incluso menor, si existen posibilidades de trabajo. Nosotros tenemos el derecho de vivir en casas privadas; seis personas (yo, Bordiga, Conca, Sbaraglini y otros dos) vivimos en una casa por la cual pagamos 90 liras al mes cada uno, todos los servicios incluidos. Contamos con organizar una cocina colectiva, de modo que se pueda satisfacer las necesidades de alimentos y alojo con las 10 liras diarias de la paga. La comida naturalmente es muy poco variada: no se encuentran huevos, por ejemplo, lo que me molesta mucho porque no puedo hacer las abundantes pastas marinaras. El régimen al cual estamos sujetos consiste: en retirarse a la casa a las 8 de la noche y no salir de la casa antes del amanecer; en no sobrepasar los límites de lo habitado sin un permiso especial. La isla es pequeña (8 kilómetros cuadrados) y tiene una población de 1600 habitantes, de los cuales cerca de 600 son reos comunes: existe un sólo grupo de habitaciones. El clima es óptimo, no ha hecho frío hasta ahora; pero la correspondencia llega irregularmente porque el barco hace el recorrido 4 veces a la semana, no siempre logra superar el viento y las mareas. Para llegar a Ustica tuve que pasar por 4 intentos del recorrido, lo que me cansó más que todo el traslado de Roma a Palermo. Sin embargo, he permanecido en óptimas condiciones de salud, maravillando grandemente a todos mis amigos, que han sufrido más que yo: fíjate que incluso he engordado un poco. En estos días, sin embargo, acaso por el cansancio atrasado, acaso por la comida que no me ha sentado bien con mis hábitos y mi constitución, me siento muy ido y exhausto. Pero espero aclimatarme rápidamente y de acabar definitivamente con todos los males pasados.

Te escribiré a menudo, si eso te dará gusto, para sentirme que estoy todavía en tu grata compañía. Te saludo afectuosamente, 

Antonio

 

6.

19 de febrero de 1927

 

Queridísima Tania,

Hace un mes y diez días que no recibo noticias tuyas y no me lo puedo explicar. Como ya te he escrito hace una semana, al momento de mi partida de Ustica, el barco no había llegado desde hacía casi diez días: con el barco que me transportó a Palermo habrían debido llegar a Ustica al menos varias de tus cartas que me las habrían debido retrasmitir a Milán; en vez, en la correspondencia que he recibido aquí de regreso a la isla, no he visto nada tuyo. Queridísima, si ello depende de ti y no ya (como es posible y probable) de algún obstáculo administrativo, debes evitar de dejarme en ansias así por tanto tiempo: aislado como estoy, cada novedad y cada interrupción de la normalidad llevan a pensamientos insoportables y penosos. Tus últimas cartas, recibidas en Ustica, eran verdaderamente un poco preocupantes; ¿qué son estas preocupaciones sobre mi salud, que logran ponerte físicamente mal? Te aseguro que he estado siempre bastante bien y que tengo en mí las energías físicas que no son fácilmente agotables, independientemente de las apariencias de delicadeza. ¿Crees que no haya significado nada el siempre haber llevado una vida extremadamente sobria y rigurosa? Me he dado cuenta ahora qué cosa ha querido decir no haber nunca tenido graves enfermedades y no haber sufrido en el organismo ninguna herida decisiva; puedo cansarme horriblemente, es cierto; pero un poco de reposo y de alimentación me hacen recobrar rápidamente la normalidad. En fin, no sé qué escribirte para que estés tranquila y sana: ¿tendré que recurrir a las amenazas? Podría no escribirte más, sabes, y hacerte sentir también a ti lo que significa carecer completamente de noticias.

Te imagino seria y abrumada, sin ni siquiera una sonrisa pasajera. Quisiera animarte de algún modo. Te contaré unas anécdotas, ¿qué te parece? Por ejemplo, como intermedio a la descripción de mi viaje en este mundo así grande y terrible, te quiero decir algo sobre mí mismo y mi fama, muy divertido. Yo no soy conocido más allá de un grupo bastante reducido; por eso mi nombre es distorsionado de todas las formas inverosímiles: Gramasci, Granusci, Grámisci, Granísci, Gramásci, hasta Garamáscon, con toda suerte de tipo intermedio más bizarros. En Palermo, durante una espera por la inspección del equipaje, me topé en un almacén con un grupo de obreros turineses dirigidos a prisión; junto a ellos estaba un formidable tipo de anarquista, ultraindividualista, conocido con el nombre del “Único”, que se niega a confiar sus detalles personales a nadie, pero especialmente a la policía y a las autoridades en general: “soy el Único y basta”, he ahí su respuesta. Entre la muchedumbre en la que esperaba, el Único reconoce entre los criminales comunes (mafiosos) a otro tipo, siciliano (el Único debe ser napolitano o de más abajo), arrestado por diversos motivos, entre políticos y comunes, y pasó a las introducciones. Me presentó: el otro me miró un rato y después preguntó: “¿Gramsci, Antonio?” Sí, ¡Antonio!, respondí. “No puede ser, respondió, porque Antonio Gramsci debe ser un gigante y no un hombre así de pequeño”. – No dice más nada, se retiró a una esquina, se sentó sobre un instrumento innombrable y allí permaneció, como Mario sobre las ruinas de Cartago, a meditar sobre las propias ilusiones perdidas. Evitó muy cuidadosamente hablar conmigo incluso durante el tiempo en el que permanecimos hasta en el mismo camerino y no me saludó cuando nos separamos. – Otro episodio similar me sucedió más tarde, pero, creo, todavía más interesante y complejo. Estábamos por partir; los carabineros de escolta ya nos habían puestos las esposas y las cadenas; estaba atado de una forma nueva e incomodísima, porque las esposas me retenían los pulsos rígidamente, estando los huesos de la muñeca afuera de las esposas y dando contra la misma esposa de forma dolorosa. Entró el jefe de la escolta, un superintendente gigantesco, que al pasar la lista se detuvo en mi nombre y me preguntó si era pariente del “famoso diputado Gramsci”. Respondí que ese hombre era yo mismo y me observó con una mirada compasiva y murmurando algo incomprensible. En todas las paradas lo escuchaba hablar de mí, siempre refiriéndose a mí como el “famoso diputado” en los grupos que se formaban alrededor del vagón (debo añadir que hizo que me pusieran los hierros de forma más soportable), tanto que, dado el ambiente que se respiraba, pensaba que, más allá de todo, podía recibir incluso alguna paliza de algún exaltado. En cierto momento el superintendente que había viajado en el segundo vagón pasó al que me encontraba yo y comenzó a hablar. Era un tipo extraordinariamente interesante y raro, lleno de “necesidades metafísicas”, como diría Schopenhauer, pero que lograba satisfacerlas del modo más raro y desordenado que se pueda imaginar. Me dijo que siempre se había imaginado mi persona como “ciclópea” y que estaba muy desilusionado desde ese punto de vista. Todavía leía un libro de M. Mariani, el Equilibrio degli egoismi, y apenas acababa de leer un libro de un tal Paolo Gilles, de refutación al marxismo. Yo me cuidé bien de decirle que Gilles era un anarquista francés sin ninguna calificación científica o de cualquier otro tipo: me gustaba oírlo hablar con gran entusiasmo de tantas ideas y nociones disparatadas e inconexas, como puede hablar un autodidacta inteligente pero sin disciplina ni método. En un punto comenzó a llamarme “maestro”. Me ha divertido un mundo, como te podrás imaginar. Y así ha sido mi experiencia con mi “fama”. ¿Qué te parece?

Ya casi acabo el papel. Quería describirte detalladamente mi vida aquí. Lo haré esquemáticamente. Me levanto a las seis y media de la mañana, media hora antes de lo requerido. Me hago un café calientísimo (aquí en Milán está permitido el combustible “Meta”, muy cómodo y útil). Hago la limpieza de la celda y me aseo. A las siete y media recibo medio litro de leche todavía caliente que me tomo enseguida. A las ocho salgo afuera, o sea el paseo que dura dos horas. Me llevo un libro, paseo, leo, fumo algún cigarrillo. A mediodía recibo el almuerzo de afuera y e igual a la noche recibo la cena. No logro comer todo, aunque como más que en Roma. A las siete de la noche voy a la cama y leo hasta cerca de las once. Recibo durante el día cinco periódicos: el Corriere, la Stampa, el Popolo d’Italia, el Giornale d’Italia y el Secolo. Estoy suscrito a la biblioteca, con suscripción doble y tengo derecho a ocho libros a la semana. Todavía compro alguna revista y el Il Sole, periódico económico-financiero de Milán. Así leo siempre. He leído ya los Viajes de Nansen y otros libros de los que te hablaré en otra ocasión. No he sentido ningún malestar, más allá del frío de los primeros días. Escríbeme, querida, y mándame noticias de Giulia, de Delio, de Giuliano, de Genia y de todos los otros: y noticias tuyas, noticias tuyas. Te abrazo,

Antonio

 

La carta anterior y ésta están sin timbrar porque olvidé comprarlos en las horas hábiles.

 

Notas

1 Piero Sraffa (ver nota en carta núm. 4).

 

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