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Poesía de Rubén Ramos

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Publicado: martes, 19 de junio de 2018

Telefónica

A mis veintiséis

estaba seco de la generosidad con que el mundo me aburría.

No perdía ocasión de pasar queja entre cervezas

a quien no me preguntaba y brindar descontento la mala compañía

con cerveza tibia. Todo cuanto tenía

pecaba de pausado, lo tenido todo estático,

detenido en la tenencia de una lenta paz.

Golpe tras golpe. El estado financiero

Encontrar una polilla en el armario era guerra bienvenida,

algo con que estrechar la brecha que cañón se extendía

en la sala de empleados.

La pandemia de ruido y silencio que gobernaba el aire acondicionado,

cuyo imperio se extendía cubriendo de sudaderas los cúbiculos

que sudaban próximos a ventanas que derretidas desmentían

el calor afuera y que a su vez explicaba

el porqué del subsidio patronal de dos máquinas de café.

Entre el discado a potenciales clientes

mentí por primera vez para un salario,

sugiriendo que el paquete de la compañía era mejor oferta.

No me perdono las docenas de ventas exitosas

que me mantuvieron alimentando culpas por siete meses.

Me parió el trabajo mejor persona, me aseguro,

sin saber más de la vida de quienes accedieron al cambio,

no teniendo pista sobre el alcance de mis acciones,

si tal vez hubo ahorro y encontrarnos

fue fortuito para ambos. La compañía

se fue hace tres años del país

ante la poca demanda de servicios de telefonía residencial.

Me cuesta admitir que aun se

gran parte del discurso de ventas que me hicieron memorizar

como si fuese a ser imprescindible alguna vez al entender de algo

cuya pendencia en mi quedó al recobro de aquel último cheque

de treintaisiete dólares que nunca pasé a buscar.

 

Fronda

La ciudad de Petra quería sábados su consecuencia.

El manojo y sus vástagos examinando

la roca paciencia de sus pasillos.

Dada a la artritis desafiaba

para promesas de turismo la producción de almuerzo,

su dócil arreglo de arroz espulgado.

El cuece del grano tinto, el confitar de presas,

llamaban a mesa al segregado entinte de su prensa,

la variedad de sepias que calcaban su perfil.

Un bodegón de manzanas celaba la mesa

a la que nos reunía encampanada el hambre,

macerados para desespero.

La sala tensa a olores que desbordaban

sobre el balcón peleando asiento

para tripular el televisor.

La custodia de sonrisas en nuestros retratos,

colgados sobre el bazar olivo del mueble,

ensardinados al desmaye esperando comer.

A salud el tiempo, acabado el llamamiento

repatriaron sus hijos las cenas a sus casas,

celaban ahora en sus museos reliquias del yacimiento.

Lo que no colgaron para visitas lo pasaron a álbumes

dónde mastica el plástico los colores

ensalivando nuestras láminas.

La pienso y levanto mi casa sin recordar su cara,

puntal al pórtico resiliente.

Lástima preservar para nadie

el hervor de rostros que reclama el gas.

 

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