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Topografías: Moncho Reyes, el Breve

Emmet Montgomery Reily
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Por Carlos R. Alberty Fragoso

Publicado: martes, 19 de junio de 2018

Toda ocasión es buena para aprender. En la trama de nuestra historia, a comienzos de la década del veinte, destaca por su particular “encant–o”, difícil de definir, el episodio del gobernador Emmet Montgomery Reily a quien Iglesias Pantín rebautizara como “Moncho Reyes”. Y así ha quedado en los anales. Tal vez con el cambio de nombre el líder obrero quiso ayudar al personaje acercándolo a nuestra cultura, pero no tuvo suerte. Moncho no tenía remedio. 

Desde antes de llegar, Reily había hecho declaraciones a un periódico en Kansas en las que criticaba al Partido Unión, de mayoría en la isla, dirigido por Antonio R. Barceló. Acá los del Partido Republicano (la minoría) celebraban su nombramiento y lo saludaban como el “strong man” que habría de ser su aliado. Acá también el presidente de la Cámara, C. Coll y Cuchí, arremetió en un discurso contra Reily. Visto desde hoy, se veía claro que había guerra anunciada desde antes de la llegada del susodicho.

Dicen que de tal palo tal astilla. En aquel entonces (1921) el presidente de EE UU era Warren G. Harding, un corrupto, rodeado de amigos corruptos, que llegaron a ser conocidos como la Ganga de Ohio. Luego de su muerte (se ha dicho que hasta lo envenenaron) explotaron los escándalos. Por ejemplo, se supo que había permitido enriquecerse a amigos suyos en la administración mediante la concesión de permisos –con pago previo de soborno– para la explotación de reservas petroleras. Pues bien, Harding nombró a Montgomery el 6 de mayo de 1921 y ya el 14 de febrero de 1923 este le presentaría la renuncia. Qué día de corazones.

Reily, el breve, llegó a la isla el 29 de julio de 1921. Al día siguiente, en su primer discurso, la emprendió contra los independentistas.

En su libro Panorama del periodismo puertorriqueño, José A. Romeu (págs.130–131) nos regala una de las bellezas que Moncho dijo : 

“Ha llegado hasta mí que la agitación de independencia procede en gran parte de extranjeros. Si eso es así, deseo que sepáis claramente que no hay sitio en Puerto Rico para ningún extranjero que no esté dispuesto a sostener y apoyar nuestro gobierno establecido. Tampoco hay simpatía alguna, o esperanza posible en los Estados Unidos para la independencia de Puerto Rico, procedente de ningún individuo o de ningún partido político. No permitáis que ningún hombre o periódico os engañe . . . Tampoco, amigos míos, hay sitio alguno en esta isla para bandera alguna que no sea la de las franjas y estrellas, y jamás lo habrá”. 

Como es lógico, tales palabras no fueron del agrado del Partido Unión que todavía incluía en su programa la opción de la independencia. (En febrero de 1922, en una jugada pragmática no exenta de mentalidad colonial, el Partido habría de eliminarla.) 

Y pronto empezó el forcejeo. El Senado –presidido por Barceló– rechazaba los recomendados por el gobernador para formar su gabinete pero él insistía en nombrarlos como quiera. Además, Reily despedía funcionarios y jueces sin justificación, vinculados al partido de mayoría. Una de las bajas en ese fuego cruzado fue Nemesio Canales, despedido de su trabajo en el Departamento de Justicia. Así los ánimos, en 1923, podría decirse que la Asamblea Legislativa terminó por irse al paro pues “recesó en protesta por las acciones inconsultas del Gobernador Reily” (Néstor Rigual, Reseña de los mensajes de los gobernadores de Puerto Rico 1900–1930 p. 187) 

En lo económico, Reily fue objeto de investigación por un Gran Jurado que recomendó se le enjuiciara pues había utilizado dinero del pueblo para sus gastos privados. Finalmente, al presidente Harding no le quedó más remedio que pedirle la renuncia a su amigo que convenientemente se enfermó o se fingió atacado por el mal de culebrilla. Se fue al norte en busca de salud y jamás volvió. Según escribe N. Rigual: “Fue la primera vez que la culebrilla ganó cartel de enfermedad política.” (p. 187). 

Veamos de cerca ciertos detalles de la trama. 

Afortunadamente, disponemos del testimonio de Martín Travieso, uno de los actores claves en la negociación con el presidente Harding. Travieso fue el primer puertorriqueño en el cargo de Secretario de Estado, gobernador interino en 1917, senador por el Partido Unión de 1917 al 1921 y alcalde de San Juan de 1921 a 1923. También ocuparía el cargo de Juez Presidente del Tribunal Supremo entre 1944 y 1948. 

En su recuento del 27 de diciembre de 1922, Travieso relata que el 13 de noviembre de 1922 y el 3 de junio se reunió con el presidente Harding con el propósito de sacar a Reily de la gobernación. En el segundo encuentro, que duró más de dos horas, le solicitó a Harding que lo suspendiera “hasta que fuese juzgado de los cargos presentados” en su contra. El presidente, en cambio, le propuso un arreglo. Y el puertorriqueño accedió. Este último intervendría para que el “Attorney General” (así lo escribe M. Travieso en su testimonio) o Secretario de Justicia no presentara los cargos contra el Gobernador. Si tal cosa ocurría, el presidente, por su parte, se comprometía a sacar a Reily de la gobernación. Curioso pacto. Harding no quería el escándalo de un juicio contra su designado pero sí estaba dispuesto a quitarlo del cargo. Antes, el presidente le había propuesto a Travieso que usara su influencia para exonerar a Reily de los cargos. Travieso le dijo que no podía hacer eso pero sí podía intervenir para que no se procediera con la acusación. He ahí el curioso arte de la negociación. Pero el arreglo no funcionó porque el “Attorney General” se negó a toda componenda pues hay base para las acusaciones. (“Martín Travieso recuenta al presidente Harding los cargos contra el gobernador E. Mont Reily en Puerto Rico.” Cien años de lucha política, documentos recopilados por Reece B. Bothwell González.)

El testimonio invita a pensar en el cruce de caminos de la ética y la política, del espíritu y el poder. ¿Por qué decirle al presidente Harding gran parte de lo que él ya sabía? Una posible respuesta es: Travieso no le escribía solo al presidente, también su destinatario era la “Historia”, el “Futuro”. Acaso consciente de la corrupción espiritual y práctica del presidente y el gobernador, el abogado boricua jugó el juego protegiéndose y creando las evidencias necesarias para que el porvenir pasara juicio de la situación o encerrona politiquera. Me pregunto cuántos asuntos peliagudos de la historia habrán pasado por trámites semejantes. Tal vez sea un trance parecido a este de ahora por el que están pasando los administradores coloniales en sus relaciones con la Junta de control. Pero hoy, es preciso recalcar, debemos saber más que ayer, gracias a la historia. 

La historia, si leemos con arte, siempre es ocasión de sabiduría. Y debemos aplicarnos el cuento. De lo dicho, lo importante es no caer en la encerrona colonial. No aceptar nunca que el imperio tenga derecho sobre nuestro país. Que la Junta de control, al igual que Moncho Reyes, se vaya por donde vino. Con o sin culebrilla. 

 

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