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Puerto Rico no será Macando: Fragmentos de una conversación con Domingo Marqués

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Por Rafah Acevedo

Publicado: martes, 19 de junio de 2018

En La hojarasca de García Márquez el narrador plural nos habla de una comunidad en la que el caos ha creado “ un pueblo diferente y complicado, hecho con los desperdicios de los otros pueblos”. De la misma forma se construye y reconstruye el pueblo en La mala hora: “Y esos desperdicios, precipitadamente, al compás atolondrado e imprevisto de la tormenta, se iban seleccionando, individualizándose hasta convertir lo que fue un callejón con un río en un extremo y un corral para los muertos en el otro, en un pueblo diferente”.

A Domingo Márqués cosas similares se le agolparon en los ojos. Lo contactó el ejército apenas días después de que el Huracán María destruyera la isla de Puerto Rico. Necesitaban a alguien dirigiendo un equipo de personas especialistas en el manejo de desastres. Síndrome post traumático, estrés, ansiedad, ataques de pánico. Con ellos, con soldados acostumbrados a esos duros escenarios, estuvo dos meses en barrios y comunidades desde la costa a la montaña, desde Yabucoa a Utuado. Helicópteros, todoterrenos, desesperación. A los pocos días, en Utuado, cayó un aguacero. Donde minutos antes había una carretera ahora había un río que amenazaba llevárselo todo, incluyendo el vehículo militar. Hojarasca, mala hora.

En la montaña vio desolación. Adjuntas, Villalba, Utuado. Puentes inservibles, destrozados con marcas de inundaciones a niveles bíblicos. La paradoja: familias sobreviviendo sin agua. O bebiendo agua contaminada a veces por los cuerpos putrefactos del ganado. Y por supuesto, familias sin electricidad, sin comida, sin medicinas. Mujeres al final de sus embarazos sangrando, sin posibilidad de atención médica. 

Y todo eso y más, como en los cuentos de García Márquez, unido a “un intrincado frangollo de verdades y espejismos”. Sin embargo, aclaremos. Domingo Marqués, nombre de resonancias literarias, no es un personaje de alguna novela del realismo mágico. El Dr. Domingo Marqués es profesor del Programa de Psicología Psy.D. en la Universidad Carlos Albizu. Es Director del Dialectical Behavioral Therapy and Research Program en la Escuela de Medicina de Ponce. Además es parte de la junta editorial de la Revista Puertorriqueña de Psicología. Actualmente es investigador principal en estudios de investigación sobre psicoterapia para personalidad limítrofe (borderline), auto lesiones no suicidas y estigma en personas viviendo con VIH.

Por su formación académica y su experiencia, fue contactado para acompañar al ejército en patrullas de salvamento y apoyo. Luego de unos dos meses en esa labor, en diciembre de 2017, comienza la labor de preparar el estudio que ha causado sorpresa en algunos. Se ha hecho llamar el “estudio de Harvard”. De ahí viene el número aproximado de 4645. Esa aproximación es desde hace unas dos semanas, metáfora de una catástrofe nacional.

Desde septiembre a diciembre, Marqués y su equipo de trabajo repartieron medicinas, víveres, agua, lámparas solares. Cuando se retiró el ejército luego de un tiempo muy breve, ellos se convierten un grupo de apoyo solidario en los barrios más necesitados de la montaña. Cerca de la Navidad repartieron juguetes, llevaron parrandas. La casa de Marqués se convirtió en un centro de acopio. Recibía suministros en el aeropuerto. Y eso debido a que muchos sospechaban del modo en el que se distribuían las ayudas. 

De modo que cuando se inicia el estudio que culminó en publicación ya había conocimiento en el terreno. No se encontraban en un laboratorio de investigación mirando al techo. Estuvieron desde septiembre en el fango. El estudio se genera desde la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard. Contactan al equipo de Marqués en la Universidad Carlos Albizu para que colaboren con ellos. Ya tenían fango en los zapatos. Muchas imágenes en los ojos. Mucho dolor en el pecho. 

Fueron a 104 barrios por toda la isla en apenas seis semanas. Muchos de esos barrios ya los habían visitado en los meses anteriores. De manera anecdótica ya sabían que la cantidad de muertos no era 16, ni 64. Bastaba con haber visto al país con mirada objetiva y compasiva. Bastaba ir a Vieques y Culebra. “En Culebra no hay farmacia”, repite el doctor Marqués. “Ni antes ni después del huracán”. Esto significa que allí, por ejemplo, si usted sufre de hipertensión y no tiene sus medicamentos, usted se encuentra en una situación muy peligrosa. Quizás mortal. Sí, al día de hoy, y desde antes, se depende en la isla municipio de los familiares y amigos que vengan de Fajardo.

Cuando comenzó el trabajo para el estudio, ya habían visto que en lugares muy apartados de la montaña la comida era escasa. Cuando llegaba la comida de los suministro militares era alimento muy alto en sodio o azúcar. No es el tipo de alimentación recomendada para hipertensos o diabéticos. A esta misma conclusión llegó la George Washington University con respecto a los alimentos que repartió FEMA. Las cajas contenían alimentos altos en sodio, grasas saturadas y dulces. ¿recuerdan los Skittles? 

Para Domingo Marqués el colapso del estado y sus agencias es algo que tiene que entenderse. La magnitud del huracán es incontestable. Era de esperarse que cayera la producción de energía y el colapso de las comunicaciones. La pregunta es ¿pudieron prepararse mejor? La prioridad es ¿aprendimos la lección? Al equipo de trabajo le consta que profesionales de la medicina, enfermeras, caminaron de sus casas a hospitales. Que muchos dieron lo mejor de sus esfuerzos. Que los que tenían en sus propias casas algún medicamento o material médico lo pusieron a la mano. Si bien en ocasiones parecería que el secretario del departamento de Salud había desaparecido, los profesionales del Colegio de Médicos, o el Colegio de Trabajadores Sociales estaban en la calle.Sin embargo, ¿quién podía ayudar a un médico en Jayuya? ¿Cómo hacerle llegar suministros?

Escucho al doctor Marqués y las narraciones son de dolor. Por supuesto, existe la solidaridad. Sin embargo, está claro que la carencia, la soledad, dominaron el paisaje. Si algo se percibió fue el desplazamiento. La gente joven, entre 20 y 29 años se fue de la montaña. La mitad se dirigió al área metropolitana. La otra mitad se fue del país. Texas, Nueva York, Florida. En la montaña quedó la población mayor. Los viejos solos. Los padres solos. Con sus achaques. Sobreviviendo, si es que aguantaron el empuje de los vientos y el agua. Muchas casas abandonadas. Muchos barrios cambiando el rostro por el desplazamiento y por la soledad. Eso y el agua y el viento. Y no, no estaban mejor en el campo o en la montaña porque allí hay frutos y viandas. La tempestad se lo llevó todo, incluyendo el ganado. Como si lo pudiera narrar García Márquez: “Se desempedraba el cielo en unas tempestades de estropicio, y el norte manaba unos huracanes que desportillaron techos y derribaron paredes, y desenterraron de raíz las últimas cepas de las plantaciones”.(Cien años de soledad)

Pero, ¿será esto inevitable? En Puerto Rico, ¿los estragos serán una catástrofe de la que no nos repondremos? ¿”Una anticipación del viento profético que años después había de borrar a Macondo de la faz de la tierra”? (Cien años de soledad).

Creo que nos corresponde evitar ser borrados. Nos corresponde la memoria y la reconstrucción desde la idea de qué necesitamos por encima de qué es lo que queremos. Queremos agua, energía renovble, limpia. Seguridad. Respeto y trato digno. Eso aún cuando : “La versión oficial, mil veces repetida y machacada en todo el país por cuanto medio de divulgación encontró el gobierno a su alcance, terminó por imponerse: no hubo muertos, los trabajadores satisfechos habían vuelto con sus familias, y la compañía bananera suspendía actividades mientras pasaba la lluvia” (Cien años de soledad). Queda que no desterremos de la memoria de nadie a los que han fallecido, no desterrar de la memoria de nadie lo que hemos aprendido: la solidaridad nos salva.

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