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La cátedra sin enjundia de la profesora Macarrulla

El bosque-mentiras, de Jorge Pineda
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Por Ana Teresa Pérez Leroux

Publicado: miércoles, 26 de julio de 2017

“Yo quiero ser llorando el hortelano

de la tierra que ocupas y estercolas.” 

Miguel Hernández, poeta y pastor de cabras.

 

 

En el año 1981, sentada en el banco de ladrillo que daba al jardín interior, estilo mediterráneo, de la casa de campo de los profesores Macarrulla. Viche y Meche, ingeniero y arquitecta, profesores universitarios, compañeros y grandes amigos de mis padres desde los años terribles después de la revolución del 65. “Es que Amiro es como mi hermano”, solía decir.

Grabadora en mano, me disponía a hacer la primera entrevista de mi vida. No he hecho muchas, pero siempre me ha cautivado ese momento poderoso en el que se encuentran quien se apresta a contar el cuento de su vida, con quien lo escucha con atención perfecta. 

Yo acababa de tomar el curso de estética con el profesor Pedro Mir, quien adivinando que tengo mente más narrativa que poética, me aconsejó escribir una novela. Mi familia apoyaba la idea; ponte a eso, que das para contar cuentos. Con mis diecinueve años de inexperiencia, sabía que no tenía mucho que contar. Tener amor por la palabra precisa y el ojo atento a la partícula de polvo que destella dorada en la última luz de la tarde, no es lo mismo que escribir Cien Años. Hay que tener una historia. 

Así que fui a sentarme en ese patio interior, entre los geranios, a escuchar a doña Melia Sabater contar la historia de su vida y de la llegada de su familia a Santo Domingo. Con ese español hermoso que sólo hablan los catalanes educados me contó de la guerra civil, cómo los barrios anarquistas de Barcelona resistieron hasta el último momento la invasión de la falange. Doña Melia y don Poncio dejaron las niñas, Mercedes y Melita, bajo la protección de un familiar adinerado y de derechas. Acabaron pasando varios meses en un campo de refugiados en Francia, hasta que recibieron visa para ir a Dominicana. Trujillo les dio asilo a muchos republicanos que se escapaban de la España que pronto sería la de Franco. No lo hacía por instinto humanitario, sino porque le servía para su campaña de blanquear el país y sabía que en el terror absoluto de su régimen a esa gente no se le iba a ocurrir hacer política. 

Así llegaron a Santo Domingo, como a México, Caracas, Buenos Aires, La Habana y San Juan, una oleada de maestros, intelectuales, ingenieros, y escritores. A los nueve meses llegaron las dos niñas. Acostumbradas a dormir en sábanas blancas de hilo bordado en la Barcelona bona, nunca habían visto nada como ese cuarto escuálido, cerca del club de los chinos de la Avenida Mella. Medio siglo más tarde, explicaba la tía Meche (así la llamábamos siempre, durante varias décadas de fiel amistad, con el único justificante de parentesco) la alegría pura de yacer en el colchón en piso que sus padres habían puesto por falta de cama; el alivio de tenerlos cerca, en lugar de aquellos parientes que las habían obligado a rezar antes de ir a dormir, para expiar las culpas políticas de sus padres “Recen. Porque a las hijas de los rojos, se les abre la tierra y viene el diablo a pincharlas con un tridente y llevárselas al infierno.”

Los Sabater echaron raíces sólidas en Santo Domingo, cobrando en respeto y afecto de generaciones de estudiantes, lo que no cubrían los sueldos de maestros refugiados. Levantaron cuatro hijos que lograron afluencia y honores. Meche heredó de los padres el amor a la educación y el talento docente. Enseñaba la física con pasión y destreza, y logró mucho en sus gestiones de funcionaria universitaria. Tenía el porte dramático de una actriz de París, que usaba con elegancia en el salón de clase y en las reuniones de la facultad, y al que daba rienda suelta en las discusiones de política en las tertulias de domingo, donde con cocacola y ron, se acababa con el gobierno de Balaguer y se construía un futuro distinto. Cuando se mudaron de la casa de campo a un amplio apartamento frente al mirador, la costumbre de años pudo más, y los amigos siguieron diciendo, “este domingo vamos a cenar en el campo”.

En política, Meche sólo admiraba a Juan Bosch, otro descendiente de catalanes, quien supo mejor contar el país que guiarlo. Cuando a Papá lo nombraron Secretario de Salud en el gobierno de Jorge Blanco, Tía Meche se sorprendió cuando se apareció a la misma hora de siempre a cenar la noche después de la toma de posesión. Le pareció de mucho calibre que alguien subiera a tan alta posición y prefiriera pasar su tarde de domingo con viejos amigos. Cuando se invirtieron las fortunas, y fue el partido de ella el que tomó turno en el poder, devolvió el gesto, y las cenas de domingo siguieron sin interrupción por décadas, cada vez más pobladas por las generaciones siguientes. Los mosqueteros de la tertulia fueron menguando: David Masalles, otro catalán, profesor de química, fue el primero en irse, de cáncer, temprano, antes de su tiempo. Chunchi López, también temprano, también de cáncer, dejando niños pequeños. Carlos López sucumbió muchos años más tarde. Viche murió ya en la senectud, y más tarde Regina, la viuda de David, mujer de alma hermosa y profunda. Papá duró más, y siguió yendo en domingo hasta que la desmemoria fue tal que ya no sabía donde estaba.

Una noche hace muchos años, Tía Meche nos contaba airada que había asistido a un homenaje que le hicieron en la universidad, con motivo de que cumplía un bojotal de años de servicio y docencia. ¿Pero cuál es el problema, Meche?, le preguntaban los amigos. Bueno, es que dieron unos discursos larguísimos y aburridísimos. Sí, pero si son siempre así, los discursos universitarios, no podías esperar otra cosa. Los abundantes elogios habían sido otorgados con mucha elaboración, pero poca elocuencia; pero lo que la había exasperado era que el organizador, al llegar a la conclusión del acto, dijo que lo que más admiraba era la enjundia de la profesora Macarrulla. “¿Cómo se atreve? ¿Será que no sabe que la palabra enjundia significa verbosidad? Si el enjundioso era él. ¿Qué crees tú, que ese hombre es un ignorante, o tal vez quería insultarme? Hazme otro ron con cocacola, Viche. Y a los amigos también, para que discutamos esto.”

En los últimos años la vejez y sus indignidades del cuerpo le habían quitado mucho: la salud, la visión, el oído, la energía para estar en pie. Siempre religiosa, se peleaba a diario con Dios, a quien quería y quería entender. Batallaba consigo misma y su fe, persiguiendo el frágil balance entre la gratitud por la querida familia que la rodeaba y por los éxitos cumplidos, con el pesar de las otras cosas, de la fea banalidad de los golpes de la vida. La vi por última vez en enero, hace seis meses, en un acto en el Museo de la Resistencia, honrando las acciones de los luchadores políticos del siglo veinte. Después de las intervenciones oficiales, Tía Meche dijo que quería compartir unas palabras. Se levantó con dificultad, apoyándose con la ayuda de manos queridas. Al comienzo, la voz frágil de anciana, mentando los recuerdos tristes y dignos del amigo cuyo homenaje nos reunía esa noche. Y con cada frase, se iba enderezando de a poquito, con cada frase la voz poniéndose más sonora y más profunda. Así fue aumentando de tamaño, hasta reencarnarse a sí misma, de pose erguida y gesto de Edith Piaf, para recordarnos aquello que sostuvo toda la vida: que sólo la juventud es capaz de forjar un futuro; que la amistad, la esperanza y la rectitud son fuerzas poderosas, incomprensiblemente capaces de darle forma a nuestras vidas. “Muchachos, cada uno de nosotros puede aportar su granito”. Así, con voz de sirena y de sibila, y sin enjundia alguna, dictó la profesora Macarrulla su última cátedra.

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