Fiel en cautiverio

         

 

 Por Mari Mari Narváez/Especial para En Rojo

 

Something touched me deep inside

The day the music died

So

Bye, bye Miss American Pie

Drove my Chevy to the levee but the levee was dry

And them good ole boys were drinking whiskey and rye

Singin’ this’ll be the day that I die

This’ll be the day that I die

DonMcLean

 

 Guánica

Aquella vez nos amanecimos viendo unos grupos de rock en español hasta las tantas, en un lugar a donde solo he ido una vez en mi vida y no sabría cómo volver. Al otro día fuimos a la concentración contra los Cien Años de la Invasión. 25 de julio, 1998. Si no sabes lo que es “la invasión”, será que no eres de aquí. Aquí tú dices “la invasión” y la gente sabe. Bueno, mucha gente, tampoco toda. Fuimos a la vigilia y al otro día llegamos a la protesta. Mi memoria de aquel día es borrosa: el mar de gente y aquel sol violento, uno de los calores más siniestros de mi vida. Nosotras amanecidas pero prestas, impetuosas, avanzando contra la ola de calor. Arrastradas por la multitud, casi levitábamos a veces entre tantos cuerpos. Recuerdo detenernos a observar el caballo de Troya de los artistas. Y que era imposible llegar al templete ni encontrarse con alguien entre aquellas cien mil gentes en un embudo.

El aire parecía fuego. Esto era el suroeste en julio, es realmente temible estar ahí en esa fecha. Excepto si estás en el agua. Pero esto no era el agua. Esto eran miles de cuerpos recordando su legado de colonización y explotación, exigiendo lo básico: independencia.

Sufrí un leve desmayo y tuve que detenerme. Yolanda me auxilió un poco con una botella de agua que me echó por encima y me dio de tomar, pero alrededor suyo no me gustaba exhibir mi debilidad. Ella era impasible, varias veces la vi literalmente tragarse las lágrimas por dolores de todo tipo, así que me parecía inapropiado extenderme en el desfallecimiento frente a ella y por eso me reincorporé como mejor pude. Tuvimos esa relación de imperturbabilidad y resistencia extrema siempre. Mi amiga me llevaba casi una década, aunque no llegaba a los 30. Yo no sabía ni hacer café en una greca aún pero eso no viene al caso. De regreso al carro, después de caminar no sé cuántas millas bajo ese sol, ya yo preguntaba para dónde íbamos. Mi espíritu estaba incólume.

“A Boquerón”, me dijo. “Fiel toca”. Eso significaba que, lo que fuera, se iba a llenar. Decidimos no ir a buscar dónde dormir, para poder guardar un estacionamiento privilegiado, y ahí nos quedamos, en el carro, esperando el momento. Allá nos encontramos con Gama y otras amistades. Gama, cantautor, murió por un cáncer maldito hace pocos años. Nunca querré reponerme del vacío que nos dejó tan temprano. Dicen que el mundo está hecho de palabras y Gama escribió las suyas. Las escucho cada cierto tiempo y es como sacarle el corazón con un cuchillo a esos momentos de nuestros veinte años: varados adrede en Boquerón, sometiéndonos a la voluntad del bullicio, cantando “dame un momento pa’ probar de qué estoy hecho”, bailando y bebiendo cerveza con los amigos. La felicidad.

 

La Habana

Tito Auger

Conocí a Tito Auger, a los demás muchachos de Fiel a la Vega y a su primo Emilio en La Habana, en 1997. Ya en ese entonces estaban super pegao’s en Puerto Rico pero yo no los conocía bien, porque en los años que empezaron a hacerse bien famosos en nuestra isla, yo estaba en Estados Unidos. Pero en 1997 yo ya vivía en La Habana y coincidí con ellos, no solo en una actividad sino en el barrio, porque se hospedaron con mis vecinos. Esa noche, sin saber que estos muchachos ya eran unas estrellas del rock, nos amanecimos conversando en el balcón de Pedro Julio y Nancy en El Vedado y, a partir de ese día, coincidimos montones de veces, casi siempre en el Festival de Claridad. El furor por Fiel a la Vega era antológico, inédito tal vez, y alcancé a unirme a él una vez me regresé a San Juan. Como composiciones, prefiero temas más subestimados como Solamente, Encontrarte es una historia que hoy deberían publicar, Cositas asíy Canción para Vieques. Pero El Wanabí, Salimos de aquí, Hay un pueblo durmiendoy su interpretación de Boricua en la luna se volvieron temas de despertar para mi generación. Una vez, en un Festival de Claridad, por los atrasos típicos de esos jolgorios, les tocó subir a tarima casi a las 4:00 de la madrugada. A esa hora, aquello estaba completamente lleno de muchachitas y muchachitos con banderas de Puerto Rico, listos para darlo todo como si fueran las diez de la noche. Esa noche supimos que este grupo ya era histórico. Una cosa como esa jamás ha vuelto a ocurrir en el Festival.

 

San Juan

Pedro Arraiza. foto Félix Cordero

Hace un par de años fuimos de nuevo a un concierto de Fiel a la Vega. Habían pasado veinte años pero seguimos siendo rockeros (o eso nos creemos). Mucho había cambiado desde aquellos días de ser la banda del momento. Desde todo aquel furor, no pasó demasiado tiempo antes de que la radio comenzara a ignorar las canciones de Fiel. Ellos hicieron frente a la invisibilización comercial pero, con el tiempo, los muchachos tuvieron que ir regresando a otras tareas y profesiones, y la banda a extender sus tiempos entre presentaciones aunque nunca por completo. Tito, sin embargo, se convirtió en un cantautor de compromiso político a gran escala. Volvió solo, con su guitarra, a los bares y conciertos pequeños pero también a la gestión patriótica. Canción para Vieques, con la participación de artistas internacionales, fue de los primeros proyectos que recuerdo. Cada vez se fue envolviendo más. En la lucha por la liberación de Oscar López hizo aportaciones clave como fue el disco y conciertoLa lucha es vida toda. Ahora también toca con la Banda Acústica Rodante.

Las grandes bandas dejan siempre el legado de una gran canción en la que generaciones completas pueden observarse. Tito probó “de qué estaba hecho” aunque no sé si exactamente como lo proponía aquella canción. A veces pienso que nuestra generación se formaba para el triunfo y para la paz, casi totalmente ciega ante lo que se nos venía encima. Nada de eso encontramos. La adaptación a este mundo brutalmente distinto al que se nos prometía y para el que se nos educó, ha sido lenta y feroz para algunas de nosotras. Para otros creo que no ha habido adaptación, que todavía hay un desfase rígido entre el mundo para el cual se formaron y el mundo convulso, salvajemente desigual, el mundo muriente y profundamente autoritario en el que vivimos. Como si así pudiera borrarse la brecha insalvable entre nuestras aspiraciones de terrazas y sillas plásticas y barbacoas y niños que llevar al mundo mágico de Disney, y un mundo que hace años nos explota en la cara, literalmente con su propia muerte. Sé que es extraño pero en ese concierto de hace dos o tres años en el Choliseo, me di cuenta. No sé si pueda explicarlo cabalmente pero, cuando entré allí, no me encontré en esa generación de cuarentones a cuyos límites pertenezco. Me di cuenta de que una buena parte de ellos y ellas son esas familias, esos trabajadores profesionales, padres y madres de dos niños, propietarios pujantes pero “satisfechos”, bebedores de fines de semana en sus terrazas, las familias para las que nos “formó” el Estado Libre Asociado. Cuando Fiel a la Vega cantaba sus canciones más políticas, la gente se esgalillaba con mucha emoción. Levantaban puños, brazos, tomaban el video de la noche. Todos y todas serían “borincanos aunque nacieran en la luna”. Estuve gran parte del concierto observando insoportablemente a mi alrededor. Este ejercicio incluía observar a las personas que me acompañaron al concierto y, por supuesto, examinarme yo también. Y pensar si de verdad era tan distinta del resto como me imaginaba cuando entré esa noche allí.

 

En cuarentena (ya la ciudad es irrelevante)

Debe haber sido el encierro. Era sábado en la noche y no teníamos “planes”, fuera de lo que ya venimos haciendo todos los fines de semana de esta cuarentena extendida: volver a hablar, tomarnos y comernos algo desde nuestras sillas de plástico en la terraza. Pero vimos que había un concierto “Live” de Tito Auger y nos echamos en el sofá a disfrutarlo, como quien da con un tesoro escondido el día menos pensado.

Miraba a Tito, el mismo muchacho de ojos cristalinos (tímidos y pícaros a la vez), cola de caballo, mahón y camisa negra, que siempre ha sido. Lo escuchaba cantar sus canciones de siempre y se me activaba algo que no logro descifrar. Algo en la memoria y en el corazón acuchillado. Me preguntaba si todos aquellos cuarentones del concierto estarían viéndolo también desde sus terrazas y sus sillas de plástico y tal vez unos palos extragrandes mezclados con cranberry y china como se estilaba antes.

Esa noche, en eso que se me activó y que no sé nombrar, me di cuenta de que estas canciones tienen más de veinte años. Una cosa que sucede y no se dice deja de existir, perece, he leído varias veces. Volví a pensar en las canciones de Fiel, de mi generación, en lo que nos presagiaron desde siempre: “Oye maestro, si es que eres cierto, yo te exijo tiempo… Y es difícil admitir un fracaso y después venir a hablarnos de salvación. Yo solo quiero hacer bien lo que hago y dejarme ya de tanta conversación. Tú y yo sabemos que lo único que queda aquí es morir de pie. Padre Nuestro no se me aflija, lo que nos queda por ahora es darnos compañía. Y contar historias y reírnos de nuestra confusión. O de hijo a padre, baja de esa gloria y por favor, échanos tu bendición. Como sea… La noche es larga y los tragos van por mí”.