4,645 razones: La desobediencia  que nos mira

 

Por Juan Carlos Rodríguez/Especial para En Rojo

El momento decisivo del acto fotográfico siempre está preñado de incertidumbre. Hay que tomar tantas decisiones simultáneamente que apenas nos da tiempo a capturar lo sucedido en su momento decisivo. Por eso es que lo decisivo, en la fotografía, es siempre una aproximación al instante preciso que atrajo nuestra mirada. La única certeza del acto fotográfico es la sensación de que no podemos salir de aquel instante fugaz sin esa imagen. Tenemos que disparar antes de que ella nos dé la espalda y desaparezca. 

La urgencia de aquella imagen, que he titulado 4,645 razones, en honor a las razones que la motivan, no solo radicaba en la posibilidad de su evanescencia. Fue tomada el miércoles 17 de julio de 2019, al calor de las protestas suscitadas por los RickyLeaks y el chat de Telegram. Aquella imagen era urgente pues andaba ligada al reclamo de un movimiento amplio de nuestro pueblo que repudiaba al gobierno colonial de turno y pedía la renuncia del gobernador Ricardo Rossello. Su urgencia también estaba ligada al reclamo urgente de miles de personas que perdieron la vida durante el huracán María, en medio de la impotencia de quienes no pudieron socorrerles, a pesar de que lo intentaran y lo desearan con todas su fuerzas, con todas sus razones. Aquellas miles de personas habían perdido la vida a causa de la indiferencia de una razón estatal perversa, que se había traicionado a sí misma y se había conformado con su nulidad absoluta, hasta el punto de transformar su propia defunción en la muerte forzosa de otros. 

Aquella imagen era y es urgente, porque tiene hambre de justicia. Y no se ajusta a la justicia que pueda pedir una imagen para sí misma, pues su hambre es el hambre de una desobediencia que nos mira. 

Por eso me pregunto cuántas razones tenemos hoy, es decir, en el preciso momento en que nos enfrentamos a la imagen de esta mujer que nos implica en su reclamo y nos recuerda que tenemos 4,645 razones para exigir la renuncia. Y me lo pregunto precisamente ahora, cuando ya se ha consumado la renuncia reclamada por tantas y tantas razones. 

Hay razones visibles e invisibles. Y hay razones asesinas. Sin embargo, me niego a creer que esa razón estatal, reducida al cálculo oportunista del propagandeo político, haya dado fin a las miles de razones que encarnaban y seguirán despertando a nuestros difuntos. Cuando nos tocó repudiar la desquiciada razón de estado que, asistida por la razón algorítmica de un chat desvergonzado, se burlaba de nuestros muertos del huracán María, allí también estaban las miles de razones de quienes han partido demasiado pronto.

En medio de esas miles de razones invisibles están a la vista otras miles de razones. Han sido encarnadas por los cuerpos de quienes fueron convocados a salir a la calle y dar la pelea por nuestros difuntos, por nuestros retirados, por las escuelas cerradas, por nuestras comunidades LGBTQ, por los que nos fuimos y los que no se quitan, por los que se dejan y los que no se dejan. Esas razones plurales y numerosas también dan la pelea contra la deuda, contra la normalización de la violencia machista, contra la corrupción, contra la impunidad, contra la manipulación en los medios noticiosos–que, como rezaba un grafiti pintado en el vehículo de Noticentro, “Nos mean y dicen que llueve”–, contra la sin razón más austera y descarada que es la junta colonial. Son esas miles de razones las que han dado la pelea contra los policias que tanto temen el cuestionamiento de la razón de estado que justifica sus habichuelas. Como pudimos comprobar, las fuerzas de ley y orden carencen de razones, ya sea por defecto o por lo poco que les convence el sistema que los oprime, y no son capaces de otra cosa que no sea caerle a palos a los manifestantes, o tirarle gas pimienta y balas de goma a los residentes y visitantes del Viejo San Juan. 

Esa multitud de miles de razones que se enfrenta a la policia es la que verdaderamente nos cuida, en medio de los gases lacrimógenos, pues nos limpia los ojos con mezclas de agua y brebajes anti-acidos, para que podamos ver mejor por donde nos lastima el enemigo, para que podamos ver mejor la patita rota de los espejuelos, para que podamos ver muchos mejor por donde cojean nuestras visiones. Esas miles de razones han dicho presente contra todas aquellas sinrazones que fingen tener un monopolio de la razón estatal. 

Estamos ante una razón multitudinaria, visible e invisible, anónima y callejera, silenciosa y afligida, parlanchina y sonriente, que se reparte en cada rostro encapuchado y descubierto, una razón que mira a todos lados para no acabarse nunca, pues no cabe ni siquiera en la fotografía que intenta registrarla. Esa razón colectiva ha desafiado la frontera que divide la vida de la muerte. Se niega a desaparecer. Esa es precisamente la desobediencia que nos mira. 

Si sumáramos las miles de razones invisibles a las miles de razones a la vista, y restáramos, cuantas veces sea necesario, todas las razones buitre del mal gobierno, la deuda y la junta colonial, razones que andan mendigando un cadaver para alimentar a sus cuervos, tendríamos muchas más de 4,645 razones. A estas alturas del juego, tan incalculables son las miles de razones que hasta un mero error de cálculo se convierte en un acierto político y, a su vez, en una clave para asumir nuestro dolor. Al equivocarse, esta mujer ha tenido toda la razón, ha dado con el número preciso, en un momento tan decisivo que el mismo se desborda más allá del acto fotográfico, más allá de la renuncia y las sucesiones bochornosas. Al recordarnos que tenemos 4,645 razones, ese número finito nos ha dado a ver, en su ver y no ver, una cifra impostergable: las innumerables razones de los vivos y los muertos.        

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