A punto de caer

A veces escribir no esclarece. Una se empeña,
pero acaba el cansancio por rendirla.
Tendrá que ser suficiente escribir para atestiguar imágenes a un tiempo perturbadoras y conmovedoras y confiar que registrarlas hace algún homenaje al
Puerto Rico que a una le tocó vivir, ese volcánico
azar objeto para mí de una gran pasión.

Beatriz Llenín Figueroa  /Especial para En Rojo

Son dos los caminos que pueden llevarme de la casa al trabajo. En cada uno, hay una máquina doméstica fuera de contexto, puesta al borde de un país al borde. 

El primer caso es una lavadora de ropa empotrada en un cuadrado que, al parecer, fue hecho especialmente para alojarla. El cuadrado, ubicado entre dos ventanas en el lateral de una casa de madera, le roba ese espacio al interior. La casa, a su vez, está construida junto a la angosta carretera que atraviesa una colina frente a la costa. 

Vista desde esa carretera que recorro en las mañanas, la máquina de lavar ropa aparece casi suspendida en el aire, a punto de caer. A pesar de mi cotidiano empeño en descifrarlo, aún no encuentro el modo en que las personas que interactúan con la máquina pueden hacerlo, salvo por un angostísimo pasillo que creo haber divisado en la fugacidad del ajoro matutino. Lo cierto es que nunca he visto –a ninguna hora del día– una persona echar o sacar ropa de la máquina. Sin embargo, la lavadora se ve bastante nueva, lo que me hace suponer que no se trata de un abandono.

La casa de madera estuvo más de un año con toldos azules, pero la máquina de lavar ropa se salvó del embate mariano. La mañana en que divisé el resplandor del sol chocando contra las nuevas planchas de zinc en la casa empotrada en la colina, fui muy feliz. 

El segundo caso es un televisor análogo –con todo y abultamiento posterior– empotrado en una silla de ruedas. El televisor pareciera la antítesis de la lavadora, tomando en cuenta que la capacidad de interacción humana-máquina está multiplicada por virtud de la ingeniosa movilidad de la última. Pero, invariablemente, veo el televisor estacionado en el mismo lugar, al borde de los blíchers de una cancha de baloncesto comunal, haya o no juego. 

Siempre ruego que el semáforo que está frente a la cancha me toque rojo para contemplar por unos minutos el baloncesto de nuestra muchachería tenaz, aviso de futuros, pero, sobre todo, para ver el televisor en todo su esplendor, lanzando su programación local mientras un señor que, a la distancia, juzgo de más de sesenta años, lo mira. No son pocas las veces que allí están el televisor y el señor, en la oscuridad de la noche y en el silencio de la ausencia, porque esa noche no hay juego o porque ya se acabó. La noche en que confirmé que la cancha y los juegos de baloncesto se mantuvieron en pie tras María, fui muy feliz.

¿Por dónde ir con estas dos imágenes recurrentes? Una podría discutir la historia diferenciada de cada una de las máquinas, así como las implicaciones sociales, económicas, imaginativas y hasta políticas del régimen del televisor y del fin aparente de los lavados en el río. Una podría también hacer la asociación sencilla que nos permite la sinécdoque: estas máquinas fuera de sus contextos habituales son una muestra del todo, del país descalabrado. Una podría, del mismo modo, discutir las relaciones de género que la maquinización de la vida refuerza y ahonda. La lavadora de ropa es una máquina para mujeres (esto es comprobable incluso en la historia de su invención y difusión) que, de paso, asiste al capital a asegurar la entrada más robusta de las mujeres a “la fuerza de trabajo” y que no debe ocupar una posición central en las casas, sino más bien marginal, escondida si posible, como las vidas de las mujeres que han de usarla. Mientras, el televisor es una máquina para “toda la familia,” supuestamente democratizadora de la información y que, por ello, debe tener en el hogar –o en la oficina médica, en la agencia de gobierno, en la barra, en el restaurante o dondequiera– un espacio preferencial. Mas, al interior de la domesticidad heterosexual, tiende a generar incontables anécdotas sobre el “hombre de la casa” que monopoliza el control remoto. 

Se confirman estas aseveraciones con la inaccesibilidad –e incluso el peligro– que supone usar la lavadora de nuestra casa de madera, mientras el televisor de nuestra cancha comunal puede llegar en su silla de ruedas a cualquier parte para ocuparla preferencialmente. Se confirman también porque a la lavadora nunca la he visto con persona. Al televisor, en contraste, nunca lo he visto sin hombre.

Aunque sería posible encabullar todo lo anterior, nada me anima a volver a tirar. Al ver la lavadora y el televisor cada día que me dirijo hacia o regreso de nuestra universidad pública a punta de pistola del poder, se me aloja en la garganta una piedra cuya materia desconozco, aunque intuyo que no es análisis lo que precisa. He llorado por su causa. Sospecho que mucho se relaciona la piedra con el modo en que esa lavadora al borde de un precipicio de casa de madera y ese televisor que podría ir a cualquier parte, pero solo va a la cancha comunal, nos dicen mucho, muchísimo sobre la pobreza que María no ha hecho más que desvestir en este asediado grupito de islas. 

A veces escribir no esclarece. Una se empeña, pero acaba el cansancio por rendirla. Tendrá que ser suficiente escribir para atestiguar imágenes a un tiempo perturbadoras y conmovedoras y confiar que registrarlas hace algún homenaje al Puerto Rico que a una le tocó vivir, ese volcánico azar objeto para mí de una gran pasión. Si alguna mañana bordeando la casa me encontrara el cuadrado vacío, o alguna noche ante el semáforo rojo me topara con la desaparición del televisor, seguramente lloraría una inmensa pérdida.