Acotaciones para el fin del mundo  (¿o será el comienzo?)

 

Por Beatriz Llenín Figueroa / Especial para En Rojo

Supongamos que aparece por la derecha, rapidito, rapidito, una figura vieja, más bien anciana, reusándose a mirarnos.

Supongamos que emerge por la izquierda, despacito, despacito, una figura joven, más bien niña, mirándonos obsesivamente.

Imaginemos que, tras las dos figuras, solo cuelgan en el espacio escénico las cortinas oscuras que sacan la escena del tiempo y de la historia, del espacio y de la geografía. Podrían ser una anciana y una niña, en cualquier momento, en cualquier lugar. Pero una nos ignora, siempre a frenético paso, mientras la otra nos inquiere, a lentísima velocidad.

Las dos actitudes son consistentes, penetrantes, y se sostienen por lo que parece un tiempo inacabable. Las figuras no cesan de desplazarse, a sus respectivos ritmos, sin proferir sonidos, haciendo grandes y pequeños círculos en diferentes planos con diversas partes de sus cuerpos, vestidos de un negro nítido, reluciente. Ninguna parece ser consciente de la presencia de la otra. No se miran entre sí. No se tocan. No se encuentran.

Tras una larga, larguísima espera, reforzada por los estornudos, la tos, los cuchicheos y las risas nerviosas del público, las figuras transgreden el imaginario cordón que las divide de nosotras. 

Hubo quienes no se percataron de la rebelión de las figuras, acomodados como estaban en la quimérica seguridad que les prestan la distancia de las cosas raras o la distracción de las pantallas.

Pero, de golpe, la ausencia se impone como lápida, impeliéndonos, sin exactamente proponérnoslo, a mirarnos entre sí, en el más absorbente silencio. Buscamos las figuras perdidas porque, después de todo, eso es lo que aprendimos que se hace en el teatro: fijar los ojos en quien actúa, váyase a donde se vaya. Habría que confesar que tememos no tener quién nos dirija. Una y otra y otra vez, sin embargo, solo nos topamos con las figuras propias y las desconocidas. A las perdidas no las encontramos.

Sentimos ahora, en esta indagación desesperada que se expande no sabemos por cuánto tiempo, más incomodidad que durante el periodo inicial de la pieza. Mucha más. Cada vez más.

Al silencio inicial lo corta ahora el sonido de una respiración asfixiante, propia de las búsquedas, que, poco a poco, va tornándose –o, al menos, eso nos parece– multitudinaria.

“¡Es la realidad!” 

Se escucharon así retumbar las primeras palabras. Pero nunca supimos quién las gritó. 

Apagón.