Alberto Rodríguez Santana

“Una cosa es hablar de Puerto Rico y otra cosa
es vivir en Puerto Rico. Hablar de la colonia y vivir
en la colonia es muy diferente, pero me encanta.
Yo nunca he estado más pobre en mi vida y más feliz, porque esto espiritualmente-y a mi esposa y mi hijo- nos encanta.
En este barrio nosotros somos los nuevos, todo el mundo que vive aquí, ha nacido aquí. Han vivido aquí toda su vida. Trabajadores, muchos de ellos retirados. Desgraciadamente, como en muchas partes de la isla, muchos de los jóvenes se han ido a Estados Unidos, mayormente después del huracán. Lo que hay aquí son personas mayores
y niños pequeños pero
son muy pocos la gente de 20, 30 años”.

 

 

Por Cándida Cotto

ccotto@claridadpuertorico.com

“Yo nunca he estado más pobre en mi vida y más feliz”. Ríe y mira a su alrededor, sentado a la sombra de un frondoso árbol del patio de su modesto hogar en el campo Almirante Sur, sector Miranda, en el pueblo de Vega Baja. Así dice sentirse Alberto Rodríguez Santana, otro de los prisioneros políticos puertorriqueños excarcelado en el 1999.

Hace 20 años, Alberto, al igual que Alejandrina Torres-otra de las miembros de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN)- no regresó de inmediato a la isla tras su excarcelación. Los primeros 13 años permaneció en Chicago, en donde nació y se crió en el barrio Boricua. “Quería estar cerca de mis hijos que había dejado cuando caí preso, una hija de cinco y un niño de dos”, expresó, a la vez que reconoció, en tono de broma, que ya a las edades que tenían cuando salió de prisión, 21 y 18 años, los jóvenes no quieren estar con viejos, “pero yo quería estar con ellos lo más que pudiera”. Al presente, su hijo Ricardo tiene dos niños y vive en Tampa, Florida, y su hija Jazmín vive en Juncos. “Odio Florida pero me encanta ver a mis nietos, así que voy dos veces al año”.

Esos primeros meses fueron difíciles. “Mucha gente quería hablar conmigo pero nadie quería darme trabajo”, recordó. Alberto narró que, a diferencia de los compañeros que regresaron a Puerto Rico, los ex prisioneros políticos que permanecieron en Chicago estuvieron sujetos a una supervisión más rígida por parte del Buró Federal de Libertad Bajo Palabra. “Los oficiales nos trataban bien rígido, iban a la casa y nos amenazaban con devolvernos a prisión. Pero aquí, primero los oficiales eran puertorriqueños y ellos saben el recibimiento que se les dio (a los prisioneros políticos), que estaban bregando con alguien diferente. Allá en Chicago les tomó un tiempo para ellos reconocer quiénes éramos nosotros. Después de eso soltaron un poquito”.

No fue hasta el 2003 que vino a la isla por primera vez. “Les dije que quería venir a casarme, y ahí de inmediato me dieron el permiso”. A los seis meses -en Chicago- comenzó a trabajar en el bufete de ‘People´s Law’. Primero fue oficinista y luego paralegal, un trabajo que le gustó mucho. Alberto no deja pasar por alto y distinguir la solidaridad que este equipo legal les brindó a todos los miembros de la FALN desde el primer momento de su arresto hasta que salieron. “Nadie en Estados Unidos ha hecho ese tipo de trabajo”, dijo sobre People´s Law, que este año cumplió 50 años de fundado.

Esa primera visita en el 2003 la compara a cuando en su juventud, allá para la década de los ‘70, venía de visita a la isla, al campo, ya fuese a Cabo Rojo con los familiares maternos o a Ponce, con los paternos: “Tú estabas en el campo, no había Walgreens, no había Mac Donald´s, nadie hablaba inglés, tú estabas en otro mundo. Eso ha cambiado. Donde quiera que uno entra a un pueblo, la bienvenida es un Walgreens”.

Problemas de salud de Alberto no permitieron que él y su esposa, Lin Ivette Velázquez, y el hijo de ambos, Julián, pudieran establecerse en la isla hasta hace siete años. Ya establecido en Almirante Sur en Vega Baja, donde vive la familia desde su regreso, el ex prisionero político reflexiona:

“Una cosa es hablar de Puerto Rico y otra cosa es vivir en Puerto Rico. Hablar de la colonia y vivir en la colonia es muy diferente, pero me encanta. Yo nunca he estado más pobre en mi vida y más feliz, porque esto espiritualmente-y a mi esposa y mi hijo- nos encanta. En este barrio nosotros somos los nuevos, todo el mundo que vive aquí, ha nacido aquí. Han vivido aquí toda su vida. Trabajadores, muchos de ellos retirados. Desgraciadamente, como en muchas partes de la isla, muchos de los jóvenes se han ido a Estados Unidos, mayormente después del huracán. Lo que hay aquí son personas mayores y niños pequeños pero son muy pocos la gente de 20, 30 años”.

Llegaron a ese sector que no conocían por medio de un amigo ya fallecido. Contó que, a principio, los vecinos creían que como venía de EEUU, tenía que ser millonario. Les llamaban “americanos” o los ‘gringuitos’. “Es increíble que yo nací en los Estados Unidos, viví 60 años en Estados Unidos, asistí a la universidad, iba a la escuela pública, trabajé en la comunidad, trabajé en la política electoral, estuve preso por 16 años y nunca, nunca, alguien me llamó americano. El mito aquí de que nosotros somos ciudadanos, y que uno va a Estados Unidos y eso te da un privilegio es mentira, no te da ningún tipo de privilegio. Aunque yo nací en Nueva York, ellos miran esto”, dice mientras se toca la piel para significar el racismo que existe contra los boricuas.

Poco a poco ha podido ir educando a sus vecinos sobre la realidad de la diáspora, y de que no es como mucha gente cree. Expresó cómo tras el paso del huracán María hace ya dos años, como en muchas áreas de la isla, en su comunidad unió a la gente. “Nosotros teníamos que estar juntos para sobrevivir. Estábamos aislados por la carretera y estuvimos sin agua y luz por siete meses”. Alberto y su familia compartieron con la comunidad los comestibles que familiares y amigos les enviaban del exterior, y explotó su vieja guagua “pickup” buscando agua, entre otros menesteres. Dijo que, tras el huracán, después de un par de días comiendo de lata le subió la presión.

Integrado de lleno a la cotidianidad fuera de la prisión, una tarea que ha incorporado a su vida es la de educar por medio de “home schooling” a su hijo Julián, quien ya tiene 15 años. “Eso toma tiempo, la preparación y la clase. Era más fácil cuando era menos joven y tomaba todo lo que uno decía como la verdad, pero ya está mayor y lee, y me cuestiona, por lo que tengo que estar bien claro de lo que le voy a enseñar. Es más trabajo, pero me encanta. La idea es ser facilitador. Me encuentro increíblemente satisfecho de poder hacerlo porque no pude estar con mis otros hijos. Ellos eran niños cuando me fui y ya eran adultos jóvenes cuando salí, por lo que cuando se presentó esta oportunidad- aunque es fuerte- lo hicimos y ha sido bello. Ya solo me quedan como dos años más”.

Alberto señaló que este método (el “home schooling”) ha crecido en Puerto Rico como una alternativa, debido al deterioro de la escuela pública. En el caso de la comunidad Almirante, cerraron tres escuelas y pusieron a los estudiantes de todos los niveles en un mismo plantel. “Todos los niños aquí van a esa escuela, todos los niños aquí necesitan ayuda”, lamentó. De hecho, su esposa Lin, después del huracán tomó la iniciativa de establecer el proyecto del Huerto Maravilloso, dirigido a niños de siete a 12 años. El grupo se reúne cada martes en la tarde. Durante el verano, el grupo de niños y niñas organizó una manifestación en el parque de la comunidad en la que se unieron al reclamo de “Ricky renuncia”.

El verano de 19

Para el ex prisionero político, que estuvo 16 años en prisión, el levantamiento del pueblo de Puerto Rico durante este pasado verano lo considera una revolución civil. Aunque repara que, para muchos en la izquierda, no lo consideran así porque se llegó a una sola meta. “Pero, considerando que nosotros hemos sido colonia durante tanto tiempo- desde los taínos, primero de España, y después de un imperio tan fuerte como Estados Unidos- el más fuerte del mundo. Después de todos estos años, ¡que un pueblo pueda levantarse y botar el ‘nene lindo’ de los colonialistas! Y mira los símbolos que se usaron, que fueron los de los independentistas. La bandera, no se vio una bandera de Estados Unidos en ningún sitio, porque era un movimiento puertorriqueño. Yo tengo muchas esperanzas, yo siento que yo llegué a Puerto Rico en un tiempo, aunque difícil, increíble porque en el tiempo en que yo he estado, he visto la destrucción del ELA, los ideales políticos, todo se agotó. Existe el nombre y los políticos están peleando por quién administra el negocio. Los candidatos que los dos partidos nominan lo demuestran. Estamos viendo el desgaste, el fin de esos partidos”, afirmó.

Al advertir que no quiere ser “criticón”, en cuanto al independentismo dijo que hay cosas positivas y negativas. “Cuando voy a actividades y veo a los asistentes de mi edad y más, no me siento muy positivo. Me siento como en un club de viejitos. Las varias veces que pude ir a San Juan a las protestas y veía a esa juventud fajá, eso era increíble. Muchos de ellos, independentistas sin saber que lo son, porque el colonialismo ha hecho un lavado de cerebro. Ser independentista es difícil”, admitió.

Una vez más, Alberto, quien demuestra una actitud sencilla y pausada, señala que mucha gente de su edad, (nació en el 1953)- los “baby boomers”- a veces se olvidan de que cuando estaban haciendo su revolución en los ‘70 “estábamos haciendo ‘do your thing’ a su manera, la música, la vestimenta. Criticar a los jóvenes porque no hacen las cosas como nosotros, no está bien. Tú no vas a movilizar a nadie criticándolo. Critica al enemigo. Hay gente que son populares, que son penepés, que aman a Puerto Rico, y nosotros tenemos que llegar a ellos”. Y agregó, “para mí, una de las cosas que me llenó de esperanza una de las noches frente a la Fortaleza, fue haber visto a un grupo de jóvenes bien entusiasta y a su lado un grupo de homosexuales. Esa lucha rompió esquemas. En los ‘70, eso no se hubiese dado. Lo que yo vi me llena mucho de esperanzas y la cuestión es: ¿cómo le damos seguimiento, si va a ser a través de las elecciones o no”?

Me arrestaron por bobo

Al cabo de un poco más de 35 años, a preguntas de CLARIDAD sobre la lucha que le llevó a prisión, Alberto toma a broma la forma en que lo arrestan. Narró que se encontraba en la Northeastern University, en Illinois, donde trabajaba como consejero. “Me cogieron de bobo. Un FBI- pensándolo bien, ahora debí ver que no era un estudiante. Entró un blanco a la oficina donde yo estaba con un estudiante, y tenía un pedacito de papel con el número de mi tablilla. Dijo, ‘mira yo choqué un carro en el estacionamiento, un Nova azul’. Yo fui a mirar y al lado había otro carro que estaba casi tocando el mío. De momento, la puerta del carro estaba abierta y veo a un hombre blanco. Pienso que era un ataque racista y empiezo a echar para atrás. Le vi como con un bate, pero era un arma. Ahí, él grito: ¡FBI! Y me apuntó a la cara”. Sonriendo rememoró que él había salido molesto porque le chocaron el “carrito” pero que- pensándolo bien- lo que tenía que haber hecho era excusarse para ir al baño, y desaparecer.

Antes de concluir nuestra entrevista, Alberto Rodríguez quiso tomar la oportunidad para darle las gracias a CLARIDAD. “Yo pude sobrevivir 16 años en una penitenciaría federal, bajo las condiciones más estrictas, porque yo sentía- no en términos abstractos, sino real- el apoyo. Luego de los primeros 10 años preso, uno deja de existir, ya uno tiene la rutina del preso. Solo se quedan las dos o tres amistades políticas, CLARIDAD, mi familia”.

Sobre el País reiteró; “Yo me siento bien positivo de lo que está pasando aquí. Veo una nueva generación que quiere no solo una independencia política. Quiere una libertad de género, su sexualidad, la economía. Los jóvenes que se tiraron a la calle este verano no son los que piensan irse. Poniéndolo en el contexto del colonialismo, Estados Unidos no es un imperio como el de los romanos, al que solo había que pagarle el tributo. Estados Unidos aquí trató de cambiar la cultura, el idioma. El plan de ellos era destruir la nación puertorriqueña, y ahora -120 años después- aquí estamos”.