Editorial: América Latina y la lucha de clases

La abismal desigualdad entre las clases, y la falta de acceso de las grandes mayorías a la riqueza y a los servicios básicos que las personas necesitan para poder crecer y sobrevivir, constituyen el marco en que convergen las luchas sociales contemporáneas.

América Latina, nuestra América Latina, la que comienza en México y acaba en el Océano Antártico, pasando por El Caribe, es un conjunto de pueblos y culturas que han sido maltratadas hasta el horror. Por siglos, España, Portugal y Francia (y añadimos ingleses, holandeses, daneses y toda suerte de piratas venidos de Europa) sometieron a sus poblaciones originarias al saqueo, al expolio, a la explotación, a los trabajos forzados, y a una crueldad tan intensa que terminaron por decimar sus fuerzas y sus esperanzas, y en ciertos casos, como el de Puerto Rico, en su exterminio total. Las matanzas de indígenas en América Latina fueron el símbolo más cruel de una conquista sangrienta y feroz que ha pretendido ser justificada por los conquistadores como “misión civilizadora” tras el llamado “descubrimiento”.

En muchos de nuestros pueblos, la mano de obra indígena diezmada fue sustituida por hijos e hijas originarios de África que fueron traídos como propiedad de los conquistadores bajo el ignominioso régimen de la esclavitud. Así se parió la historia de nuestra región, parto del cual nacieron las aguerridas naciones que hoy la pueblan y que siguen luchando por sus reivindicaciones, al cabo de más de 500 años de historia.

En esta nueva era, con el imperialismo estadounidense a la cabeza de sucesivas guerras y apropiaciones, y utilizando nuevos métodos y tecnologías, las grandes potencias del mundo se siguen repartiendo entre ellas las riquezas que debían corresponder a todos y todas los habitantes del planeta. Continúan aumentando sus fabulosas riquezas en un espiral infinito, dejando al margen del progreso y el desarrollo a la mayoría más pobre y desposeída de la población.

Esta es el devenir de la lucha de clases, una lucha milenaria, y sin cuartel, entre los que arrebatan y acaparan riquezas a costa de los que las trabajan y las producen. Esa lucha de clases está hoy multiplicada e internacionalizada por el capitalismo neoliberal que ha trastocado las economías de las naciones concentrando las riquezas en cada vez menos manos. También ha contribuido a las mutaciones y deformaciones en la fibra social y anímica de los pueblos, sumergiendo a tres cuartas partes de la población del mundo en la más abyecta pobreza.

La abismal desigualdad entre las clases, y la falta de acceso de las grandes mayorías a la riqueza y a los servicios básicos que las personas necesitan para poder crecer y sobrevivir, constituyen el marco en que convergen las luchas sociales contemporáneas. Es la lucha contra la explotación del trabajo, y de los recursos naturales y patrimonios de los pueblos. Es la lucha contra las oligarquías, las dictaduras, el militarismo agresor, las fuerzas policíacas abusadoras de los derechos civiles y humanos. Es la lucha para exigir un trabajo digno y bien remunerado, para reclamar servicios básicos, tales como salud, educación y vivienda, para exigir agua y aire limpios. Es la lucha contra los regímenes y sociedades corruptas, que se ceban de la pobreza de otros, y que sirven de parapetos al capital extranjero y depredador porque se benefician de la depredación y el robo.

Hoy cuaja en nuestra América un nuevo activismo. Nuestros pueblos son, en este momento, el escenario más álgido y punzante de la lucha de clases en todo el mundo. Por eso, la sombra nefasta del gobierno de Estados Unidos promueve el caos y la inestabilidad en nuestra región. No quieren ceder su traspatio. Quieren seguir teniendo acceso irrestricto a las riquezas y recursos de nuestros países. Y por eso, enfilan su ferocidad hacia nosotros. En los países con gobiernos de corte popular, promueven la histeria, la desinformación y el desorden civil. Cuando se les antoja, con la ayuda de sus fotutos de la OEA, establecen gobiernos paralelos que carecen de legitimidad y apoyo real entre sus pueblos. Hostigan, sancionan y pretenden estrangular a Cuba, Venezuela y Nicaragua. Son la fuerza sigilosa tras el golpe de estado en Bolivia. Respaldan material y militarmente a los gobiernos de derecha, y entrenan en tácticas de represión y persecución a milicias, policías y servicios secretos en dichos países.

Los pueblos de nuestra América han sufrido mucho pero han aprendido de las lecciones de la historia. Por eso, en cada uno de nuestros países existen y persisten fuerzas muy vivas que no están dispuestas a rendir sus conquistas ni aplazar sus reclamos. Lo mismo en las urnas que con el activismo en las calles, nuestros hermanos y hermanas latinoamericanos se vuelcan en acciones concretas y decisivas por sus derechos y su futuro. Está ocurriendo en Argentina y en Brasil; en Ecuador y en Chile, y también en el indigenismo vivo y militante de Bolivia que se levanta contra el golpe de estado perpetrado contra su gobierno legítimo, y su líder, Evo Morales- el gran sindicalista indígena, de humilde disposición y laboriosidad incansable- que le devolvió al pueblo boliviano pobre el poder político, la fuerza y la esperanza.