Andrea Evangelina: Obra teatral colaborativa

Por Lowell Fiet/En Rojo

(dramaturgia, co-dirección y producción, Chiqui Vicioso La Sala Ravelo, Teatro Nacional, República Dominicana, 2 – 5 de mayo de 2019)

Durante la semana pasada tuve la ocasión de pasar cuatro días muy satisfactorios en la Feria Internacional de Libros de la República Dominicana. Es la feria de libros más grande del Caribe y, diferente a años anteriores, en la edición 2019 –la 22nda– se dispersaron todos los pabellones, exposiciones, presentaciones, lecturas, quioscos y ventas, como si fuera un laberinto esperpéntico, a través de los extensos espacios de la zona colonial de Santo Domingo. Fue mi privilegio ser parte de la delegación de Isla Negra Editores y presentar mi libro An Archipelago of Caribbean Masks en Santo Domingo. Comentaré mis impresiones generales de la Feria como tal en una próxima edición.

En este primer escrito quiero enfocar en el hecho de que la Feria también incluye un programa de teatro y otro de cine, además de otras actividades auxiliares para proveer todos los días funciones y proyecciones artísticas esparcidas en la zona colonial y sus alrededores inmediatos. 

Aunque no como parte oficial de la programación de la Feria Internacional, la obra “Andrea Evangelina” (2015) de la poeta nacional y dramaturga Chiqui Vicioso se remontó en la Sala Ravelo del Teatro Nacional para coincidir con la Feria. Asistí a la obra por invitación de la autora, a quien conozco por más de dos décadas a través de sus obras “Whiskey-Sour”, “Salomé U: cartas a una ausencia”, “Desvelos (diálogo entre Emily Dickinson y Salomé Ureña)” y “Perrerías”, sus estudios sobre Eugenio María de Hostos y Julia de Burgos e intercambios tanto en la Universidad de Puerto Rico como Casa de las Américas en La Habana. 

Yo esperaba estar impresionado por la obra, pero lo que no anticipé fue la profundidad del impacto temático y de la huella dejada por el estilo más danzado que actuado, más basado en movimiento y acción visceral que en el texto hablado. La historia de la doctora Andrea Evangelina Rodríguez Perozo (1879-1947) se cuenta en etapas. Primero vemos la niña brillante pero huérfana, pobre y negra estudiando y vendiendo gofios en las calles. Después conocemos la estudiante de medicina cuya tesis doctoral queda ignorada y detenida por seis años. Finalmente se gradúa como la primera médica de la República Dominicana y viaja a Francia para estudios avanzados en su especialidad en Pediatría y Ginecología. Rechaza un puesto en Francia para regresar a su pueblo de origen, San Pedro de Macorís, donde abre un consultorio para mujeres pobres, crea un banco de leche, promueve programas de salud para prostitutas y trabaja con la planificación familiar y la educación sexual. 

Como consecuencia, su práctica médica y su política sexual-personal chocan con el régimen trujillista. Vemos a la mujer arrestada, encarcelada, torturada y violada; pierde su profesión, su título de “doctora” se borra del registro de médicos y termina como una vagabunda enloquecida, abandonada y olvidada. 

Ruth Emeterio encarna a Andrea Evangelina como actora, co-directora y colaboradora de la dramaturgia con un balance entre precisión cincelada y pasión embrujada. Está en movimiento continuo dentro de cada etapa de las transiciones de joven a mujer estudiante, a médica graduada, a investigadora y a doctora practicante y activista. 

Un gesto particular define cada aspecto de su travesía: el manejo de la bandeja de gofio, el caminar en círculos alrededor del elevado rector universitario mudo y el bailar a “La vie en rose” de la Piaf. El gesto teatral más memorable es Andrea Evangelina como médica en San Pedro de Macorís corriendo con una lata grande de leche fresca debajo de cada brazo. Recibe preguntas de tras bastidores: ¿por qué es la leche materna mejor que la leche de vaca? Para, deja las latas, responde, agarra las latas de nuevo, corre, otra pregunta, para, deja las latas, responde, agarra las latas, corre, otra pregunta, etc., etc., etc.

Los últimos dos gestos enfocan en la violencia y la locura. El cuerpo de esta mujer brillante se trata como trapo, como forma inerte e insensible para atacar, golpear, patear, violar; el verdugo sigue órdenes de su “jefe” pero el político y el violador son el mismo actor, el mismo hombre Jano de doble cara, el mismo abusador enfermo. La última visión que tenemos de Andrea Evangelina es cuando se mueve a través del público en ropa rayada y con una canasta que sostiene sobre su cabeza con la imagen de la virgen con un@ niñ@ de cuna. El trabajo de Ruth Emeterio al crear todo esto me dejó boquiabierto suspendido en asombro. 

Ella no actúa sola. En cada etapa de la obra existe un personaje masculino: el profesor amable que reconoce su potencial intelectual, el rector impenetrable, el buen médico francés, el doble personaje del jefe-político y verdugo-violador y el pobre vendedor de periódicos que anuncia la peregrina loca que aparece tanto en el prólogo como el epílogo de la acción. Actuando los papeles masculinos, la energía y fuerza de los gestos de Santiago Alonzo balancean con y refuerzan los de Ruth Emeterio. Su horripilante juego entre la cara fría oficial y la brutalidad queda grabado en la memoria. Pero con la excepción de los actos de violencia, sus papeles son más fijados y emblemáticos: pienso del rector-cura-estatua de la universidad que ignora por seis años las rondas que Andrea Evangelina hace a su alrededor con su tesis.

Hay una figura más: con máscara neutral de látex, una manta de pelo rizo y un largo y amplio vestuario de tela roja, la locura cruza entre humos de lado en lado del escenario como prólogo y epílogo a la acción. Su movimiento llena el comprimido espacio vacío del escenario. Esa compresión de la acción contrasta con la larga visión al fondo de una calle de San Pedro de Macorís. Utilizan la técnica descubierta al principio del Renacimiento Italiano de pintar sobre paneles laterales y un trasfondo para crear, como en la pintura, la ilusión de profundidad, de perspectiva, de tres dimensiones. En “Andrea Evangelina” este arte antiguo permite un enfoque en una acción histórica del abuso político-sexual de la primera mitad del siglo 20 que continúa siendo real, actual, contemporánea. 

0Este fornido gesto teatral capta la violencia de nuestro diario vivir. El desarrollo de la acción en etapas y gestos, la falta de diálogo como tal y el contraste anacrónico entre una visión clásica renacentista y la actualidad nos evidencian la noción de un teatro épico todavía evidente en el Caribe. De esta manera, “Andrea Evangelina” de Chiqui Vicioso y colaboradores, por su estilo que intercala texto, movimiento, baile y música, me recuerda mucho de dos obras recientes del teatro puertorriqueño: la primera, Coraje II de Teresa Hernández (con co-dirección de Miguel Rubio) y la segunda, “Hij@s de la Bernarda” de Rosa Luisa Márquez y Jeanne d’Arc Casas. Muy buena compañía.