Apuntes desde casa

 

 

Por Sofía Irene Cardona/Especial para En Rojo

Esta mañana en Hato Rey juro que había más pájaros entre los árboles. O al menos se escuchaban más. Dos guacamayos se peleaban con una banda de pitirres por la copa de un árbol de mangó. Al rato los vi huir hacia un punto más alto, escandalizando como gallinas. Por fin podían disfrutar de la mañana de un miércoles sin competir con las escandalosas avenidas.

 

CONFESIÓN

Al día siguiente de llegar de Roma, el lunes 24 de febrero, di mi tres clases en la Universidad. Esa tarde me invitaron al cine y compartí el espacio con media docena de jubilados que prefieren la tanda de los lunes. Por la noche tenía un poco de tos seca. No presentaba ningún otro síntoma, me sentía bien, y le achaqué la tos al plafón caído sobre mi escritorio esa mañana. Debe ser la cachispa que siempre suelta, me dije.

Aquello resultó solo un catarrito bobo, pero según fueron pasando los días y me enteraba de los asintomáticos y los enfermos leves de Covid-19, me aterrorizó pensar que fuera silenciosa portadora del virus fatal. Empecé a hacer distancia, y mis vecinas – enteradas de mi viaje a Italia y de las últimas noticias del coronavirus – empezaron a evitar mi compañía. No las culpo, yo hubiera hecho lo mismo.

Vivir en un edificio en tiempos de hecatombes tiene sus ventajas y desventajas. Cuando el huracán, se convirtió en el mejor lugar para pasar un desastre. No nos faltó conversación, lamparitas, invitaciones a cenar, ayuda para enchufar las neveras a la planta comunal, tertulia para las tardes largas. Ahora no veo a nadie en el pasillo. La poca gente que aparece a veces se pega a las esquinas del ascensor y no hacen contacto visual ni por pienso. Hablan bajito como para no despertar el virus. “Bns trds.” El virus debe ser una bestia con oído de tísica. Y entonces yo me acerco para escuchar mejor, y el vecino da un respingo. La puertas por fin se abren, y el hombre sale presuroso y aliviado de dejarme. Buenas tardes para usted también.

DICEN QUE…

Dicen que esta cosa llegó para quedarse, como la tuberculosis. Dicen que es fácil de propagar y cubrirá toda la tierra. Dicen que debemos quitarnos los zapatos para dejar al virus fuera. Dicen que debemos lavarnos muy bien las manos. Dicen que basta con cantar Happy Birthday mientras nos enjabonamos. Dicen que las mascotas contagian la enfermedad. Dicen que es embuste, que no la contagian. Dicen que debemos aprender a no tocarnos la cara.

Dicen que ya se están inventado maneras de monitorear todos nuestros movimientos, para futuras pandemias globales. Dicen que los cielos y las aguas se han limpiado mientras estamos en cuarentena. Dicen que de esta crisis saldremos más habilidosos en nuestras facultades cibernéticas. Dicen que se perderán millones de empleos. Dicen que habrá crisis global. Dicen que se harán más ricos los ricos, más pobres los pobres. Dicen que la gente entenderá por fin el importancia de un sistema de salud público.

Dicen que todo esto es mentira, un truco, una conspiración, un acto de terrorismo. Dicen que esto es verdad y que no tiene vuelta atrás, que es el primero de muchos, que no se puede perder la calma, que hay que prepararse.

Dicen que dijo que dicen.

LA NARRATIVA DEL APOCALIPSIS

Últimamente hay cierta afición a las narrativas del apocalipsis. Nos inquietan y producen escalofríos, sobre todo porque ya hemos experimentado algunos síntomas: crisis fiscal, huracanes, precariedad, terremotos, para no contar nuestras calamidades personales.

El Apocalipsis tiene, sin embargo, su atractivo. Que nos cuenten que el mundo se está acabando en la oscuridad del cine, es bien chévere. Lo hemos visto mil veces representado. Entre los personajes, suele haber gente mezquina y vil, y gente generosa y – sobre todo – talentosa, que triunfa al final de la historia. En las narrativas del apocalipsis se prueba el valor individual y las capacidades del colectivo, se exhiben las virtudes que el establishmentfavorece. Resulta que en la ficción ese mundo que peligra, con todos sus defectos, está bien hecho, como si siempre se auto regulara para la vida.

En estas historias muere mucha gente, menos los personajes principales, a menos que se muera con estilo, en un gesto poético que, gracias a una de esas maromas artísticas, nos deje pensando en la capacidad humana para la sobrevivencia, en la belleza de la que somos capaces.

A APERTRECHARSE Y ATRINCHERARSE

En caso de hecatombe, asegurémonos de tener cerca a alguien con conocimiento médico y nociones de ingeniería, enfermería y botánica, alguien que pueda escalar ruinas, destrancar puertas, usar clave morse y cosas por el estilo.

En estas historias del final sobreviven los mejor apertrechados. Por eso la gente se apertrecha. Por eso la gente acapara. En algunas casas esta semana hay una gran estiba de agua, clorox, jabón bactericida, vicks, mucho vicks, vitaminas, kleenex, y comida en lata.  Y una nevera extra para guardar lo perecedero. Y una planta eléctrica para esa nevera. Y candungos de diesel para la planta. Y las puertas bien cerradas.

Y yo pienso: ¿de qué sirve sobrevivir si los demás no están? ¿Qué clase de mundo es el que vendría luego?

¿Saldremos de esto mejores seres humanos? pregunta W. en el Facebook, y yo respondo, siempre optimista: No es esta la primera de las hecatombes en la Historia de la Humanidad, y posiblemente todo lo bueno que podamos ser hoy, se deba a las muchas ocasiones en las que la gente lo ha intentado en el pasado.

GENERACIONES

Dicen que este virus es darwinista y neomalthusiano. Hay mucha gente vieja, así que a por ellos. Si la cosa madura como pinta, toda la generación del boom concluirá su jornada sobre la tierra dentro de los próximos diez años. Primero se llevará a los más vulnerables, los que ya sufren de alguna condición – fumadores, pacientes de cáncer, débiles de hígado y pulmones – y con ellos, desaparecerá la tarea de cuidarlos, el gasto de atenderlos. Las aseguradoras suspirarán aliviadas. ¡Se fueron! ¡No están! Los países envejecidos como el nuestro, se despoblarán. Quedarán los más jóvenes. Entre ellos habrá de los memoriosos, otros preferirán el borrón y cuenta nueva – miren el mundo porquería que nos dejaron, se repetirán una vez más. Otros no sabrán nada del pasado, ni malo ni bueno. Hay quien dice que esos cometerán más errores. La pena es que siempre sabrán cómo reproducir las malas mañas; esas son inmortales, esas quedarán. Esto digo y me pregunto si de verdad soy tan optimista como me creo.

Los viejos que sobrevivan serán los más fuertes. O los mejor cuidados. O los más aislados. Los jóvenes vivirán con culpa. Después de todo, les encantaba esta actriz, este cantante, les caía simpático aquel ex jugador de pelota.

Los viejos serán como los osos panda, una especie protegida.

Como yo pienso sobrevivir a esta debacle (ese es mi plan) seré de las viejas que conservará los viejos modos y toda la memoria que me permita mi encogido cerebro. A menos que entre todos conspiren para lanzarnos al mar, y empezar de nuevo.

LOS CISNES DE VENECIA

Nunca habíamos visto una reacción tan dramática y fotogénica: ciudades desiertas, centinelas armados, personal médico completamente oculto tras protecciones de astronauta. Todo lo vemos a toda hora en nuestras pantallas y pensamos: ¿a dónde iremos a parar? Ahora mismo circulan las imágenes de una Venecia de aguas cristalinas. Los cisnes se pasean gráciles por los canales, las aguas transparentes fluyen calmadamente pobladas de peces de colores, los delfines chapotean juguetones en los puertos. El mundo respira aliviado sin nosotros, todo gracias al virus cruel que se ha ensañado con la humanidad esta primavera.

Recordé el día que le dije a Fritz que su casa en el bosque de Indiana estaba rodeada de conejos; se sorprendió: “Debe ser que estás sola este verano y, como no escuchan el griterío de las niñas, se acercan.” Seguramente por la misma razón hay delfines ahora jugando en los puertos de Venecia. El mundo parece que sana porque el verdadero virus, ese que pisa fuerte, inclemente y venenoso, por fin se quedó en casa.

 

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