Apuntes para no fomentar el turismo en tiempos de pandemia

Por Rafael Acevedo/En Rojo

 

Antilla, vaho pastoso

de templa recién cuajada.

 Trajín de ingenio cañero.

 Baño turco de melaza.

 Aristocracia de dril

donde la vida resbala

sobre frases de natilla

y suculentas metáforas.

Estilización de costa

a cargo de entecas palmas.

Idioma blando y chorreoso

-mamey, cacao, guanábana-.

En negrito y cocotero

Babbitt turista te atrapa;

Tartarín sensual te sueña

en tu loro y tu mulata;

sólo a veces Don Quijote,

por chiflado y musaraña,

de tu maritornería

construye una dulcineada.

 

Cuba -ñáñigo y bachata-

Haití -vodú y calabaza

Puerto Rico -burundanga-

 

“Canción festiva para ser llorada”, Luis Palés Matos.

 

            Poco antes de la invasión norteamericana un viajero auspiciado por Kodak, tomó fotografías, como buen espía, de las carreteras más importantes y de los cuerpos nativos (James D. Dewell, Down in Puerto Rico with a Kodak,1898). Los niños desnudos y descalzos fueron parte importante de esa mirada de Dewell. Vestirlos sería una gesta civilizatoria.  Preparaba al ojo continental para este paisaje. Aderezado de burda ideología y supremacismo blanco, el modo en el que el espacio y sus habitantes es mostrado a los nuevos colonizadores no es más que un anejo a la expansión imperialista. Dewell es nuestro primer turista de las Apalaquias y su lente es una mediación intercultural y política, disciplinadora. También habrá de presentar el exótico territorio como parte del mercado: su tierra, sus cuerpos de agua, sus carreteras, las condiciones para el desarrollo económico según los intereses del “visitante”.

             En los pasados días “los turistas” han sido tema de discusión. Desde un adorador de las armas que se atrevió a presentarse en una actividad de conmemoración de la cultura y presencia afrodescendiente, hasta un buscabulla con delirios de inversionista que alegadamente escupió a un empleado de una empresa que le invitó a seguir los protocolos de sanidad. En ambos casos les salió mal la jugada.

           Lo cierto es que el turismo ha sido un elemento de conflicto desde el llamado cambio de soberanía. Los hermanos Behn -sí, los del puente- ya habían puesto en venta los terrenos heredados en el Condado para el desarrollo de la industria del ocio. Sin embargo, el asunto se comienza a organizar mejor en 1935 cuando el presidente de EEUU nombra como gobernador de la isla al militar de carrera, Blanton Winship.  Aparte de la brutal represión que ejerció, vino con la encomienda de fortalecer esa industria turística. Como en los imperios clásicos, ordenó un impuesto sobre la sal, dinero que ayudarían a la creación del Fondo para la Promoción del Turismo y Publicidad. La imagen de Puerto Rico ya era un negocio lucrativo. Este paraíso caribeño a los ojos del invasor, se convierte en un plan de explotación capitalista: uso y control del espacio y control de la propiedad con operaciones de compraventa.Para fomentar el negocio habría cineastas pagados, publicistas entrenados, colonialistas nativos.

Elisha Francis Riggs

¿Cómo se limpiaba el paisaje para que estuviese en paz y listo para los viajeros? ¿Qué tal usar a la Policía Insular, militarizada por Francis Riggs, para masacrar nacionalistas? 

            En ese “clima” ideológico Palés publica su libro, Tun tun de pasa y grifería en el que el turista en las Antillas es visto como el preludio al inversionismo y los desmanes de la banca. Belaval publica sus Cuentos para fomentar el turismo justo cuando Winship ya ha montado su agencia de promoción. Ambos, Palés y Belaval llevan casi una década advirtiendo sobre los peligros del asunto. 

            ¿Hay hoy, entre la compleja mirada crítica al turismo en tiempos de pandemia, visiones conservadoras, clasistas y racistas? Por supuesto. Y las hubo en el período de Winship.

Traigo a colación una caso de 1940. Pueblo v. Torregrosa, 57 P.R. Dec. 775 (1940) Dec. 18, 1940 Supreme Court of Puerto Rico Núm. 8336 57 P.R. Dec. 775.  En este caso, el señor José Luis Torregrosa fue denunciado por los delitos de injuria y calumnia. Declarado culpable fue multado  y obligado a pagar $25 dólares. Apeló. ¿Cuáles fueron las injurias y calumnias que alegadamente cometió Torregrosa?

 

. . . Que los marinos de los barcos de guerra eran unos presidiarios y que hacían de nuestras mujeres unas prostitutas llenando los cabarets en San Juan; que cuando venía un barco de turistas a Puerto Rico, se veían las turistas desembarcar casi desnudas con un pañuelo por vestido y que eran tan hábiles que de un pañuelo hacían un vestido; que eran unas prostitutas y que él lo podía probar; que el coronel de la policía Sr. Enrique de Orbeta y el Jefe de la Policía de Ponce Sr. Felipe Blanco se habían cruzado telegramas planeando la massacre y asesinatos de Ponce; que más tarde fué sancionado por el Gobernador de Puerto Rico Sr. Blanton Winship, premiando los guardias asesinos y aumentándoles el sueldo; que el verdadero terrorista de Puerto Rico era el Gobernador Blanton ‘Winship porque había premiado los asesinos, aumentándoles sueldos y ascendiéndolos.’ ’

        He subrayado las citas en las que se refiere a turistas. Torregrosa, alegadamente, ve la integridad física y moral de nuestras mujeres amenazada por la presencia de marinos. El apelante también, se alega, llama prostitutas a las turistas por su manera de vestir. Como es fácil notar, la mirada perversa del apelante se refiera a las mujeres y a las turistas. No hay hombres ahí. Los marinos no son responsables. Una mirada conservadora y misógina en la que se castiga el cuerpo femenino que se exhibe más allá de unas reglas de decencia pública que solo existen en una perspectiva falologocéntrica. Les ruego me excusen la palabra tan larga, pero divídanla en tres falo, logos, centro, y nos ahorramos un párrafo.

            Sobre ese particular Torregrosa, a través de sus abogados, alegó que: “las palabras referentes a los marinos y a las turistas no constituyen delito ni causa posible de injuria y calumnia, ya que no se hace referencia a ninguna persona natural o jurídica, y debido a que los nombres de los presuntos perjudicados no pueden relacionarse con las imputaciones generales que contiene la denuncia”.

            En torno a la participación del esbirro Orbeta y el genocida Winship en la Masacre de Ponce el asunto era otro. La masacre sí había ocurrido. Era un hecho discutido en la prensa. Pero la “acusación” de que ambos habían cometido delito no era una prueba establecida. Es decir, había ocurrido la masacre pero nadie había sido acusado de ser responsable de la misma. El juez en el caso de Torregrosa, el señor Travieso, dictó lo siguiente:

            No existe duplicidad en la denuncia. Desestimada como lo fué por insuficiente la parte referente a los marinos y turistas, la denuncia imputa al acusado un solo delito, el de haber imputado falsa y maliciosamente a tres personas distintas la comisión de hechos constitutivos de un delito. El Pueblo v. Collazo, 20 D.P.R. 203, y El Pueblo v. Vázquez, 20 D.P.R. 361.Hemos examinado la prueba y a nuestro juicio ella es suficiente para justificar la sentencia.

El recurso debe ser desestimado y confirmada la sentencia – apelada.

Blanton Winship

             Hoy, en medio de la pandemia, se desborda el áureo niágara de turistas en medio de una burundanga administrativa. El aumento peligroso de contagios con el coronavirus es alarmante. Nada de eso ha detenido la llegada de miles de turistas, ni ha obligado al estado a establecer protocolos efectivos para rastrear contagiados o evitar que viajen a la isla sin precauciones. No me inventé el concepto de neocolonialismo del espacio. Tampoco inventé ese relato que narra cómo el administrador más brutal y genocida, Blanton Winship, fue un gran propulsor del turismo en Puerto Rico. Llueven los especuladores. Desde 1898. De Winship al Paulson. Es esa catarata de especuladores la que pone en peligro no solo el espacio que habitamos, sino nuestros cuerpos.  Y cuando el paraje en el que los pescadores son adorno y las playas se van convirtiendo en “destino turístico” se llenan de consumidores del ocio, los especuladores se mueven a otros espacios prístinos.

            Es bastante simplón y por eso peligroso que defendamos ese esquema como nuestra industria más importante. Es vergonzoso defender en tiempos de pandemia la actitud prepotente, violenta e irrespetuosa de consumidores de espacio y ocio que no se ven afectados por las restricciones impuestas a los nacionales y que son los que tienen que quedarse aquí, pendientes a evitar contagios, arriesgándose, para continuar produciéndole al patrono.

            No. El turismo impulsado por Winship es hoy vergonzoso, atrevido. No porque alguna turista muestre el cuerpo sin empacho -lo cual es un ejercicio liberador- sino porque esa industria NO produce progreso sino desequilibrio económico, contaminación y conflicto. La desnudez de los cuerpos, el pañuelo que incomodaba a Torregrosa, la corbata de la clase política, el gistro de Iris Chacón, todo eso nos remite a un cierto comportamiento, a una cierta interface entre el cuerpo y la mirada de ciertos intereses particulares de la sociedad. En El proceso de civilización, N. Elias (1939) hace énfasis en la orgullosa autoconciencia que tienen los occidentales de ser civilizados”. Pero aún estas formas de comportamiento consideradas típicas del hombre civilizadooccidental no han sido siempre iguales.  Son resultado de un complejo proceso histórico en el que interactúan factores que han dado lugar a transformaciones en las estructuras sociales y políticas y el comportamiento de los individuos. El Caribe tiene sus propios modos de crear esa interface entre cuerpo y sociedad. Hay razones históricas y ambientales para andar como andamos. El que se incomode con los cuerpos que se muestran -¡sobre todo los cuerpos de mujer!- ¿de dónde le viene el afán civilizatorio? ¿Del discurso religioso católico español? ¿De la moral protestante norteamericana? Porque no.  El problema no está en mostrar el cuerpo. Quizás, me atrevo a sugerir, es que la libertad con la que los turistas se separan de sus anfitriones -ah, porque todos estamos en la industria de servicios ante el colonizador en camisa hawaiiana- choca con las restricciones y normas de la comunidad en medio de la pandemia. Se trata de una situación asimétrica, injusta y peligrosa. Tanto como el racismo y el prejuicio de clase.Habría que estar alertas a que se cumplan los protocolos de sanidad en medio de la pandemia. Pero esas miradas civilizatorias, de moralidad perversamente blanca, no son parte de los modos de vencer la propagación de un virus con capacidad letal. Son más bien modos de contagiar las redes con prejuicio y torpes juicios que son, en realidad, confesiones.

            Y en otro momento tendremos que hablar de Palés y de Belaval. Sus miradas. Los cuerpos.

 

 

 

 

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