Aunque de vidrio…

Por Zahira Cruz Gómez / Especial para En Rojo

Siempre me he interesado por los sujetos marginales, por los disidentes, por los heterodoxos. Aquellos de los que no se sabe exactamente si la sociedad les ha dado la espalda o si ellos se la han dado a la sociedad. Da igual. Tal vez venga a ser casi lo mismo. Por un lado parecería que la sociedad se vengara de ellos: como no eres como yo, como no haces lo que quiero, como no te ves como nosotros, como no vas a los mismos lugares ni te entretienes igual, como no piensas igual, pues quédate ahí afuera —diría que a jugar con el perro si ahora no fuera tan ‘chic’ jugar con el puto perro—, mientras nosotros jugamos al Monopolio y comemos helado de pétalos de rosa o simplemente un mofonguito con caldo de pescao y una piña colada. 

Y está bien, cada cual ha de hacer lo que mejor le parezca. Pero en realidad, no los culparía de haber sido al revés, si en lugar de la sociedad haberles dado la espalda, ellos, los raros, los diferentes se la hubiesen dado a la sociedad diciéndole: no juego contigo porque no me interesa vivir bajo tus reglas, porque tus formas me parecen excesivamente tribales y burdas, porque me quieres controlar a tu antojo y conveniencia, porque rehuyes lo que no conoces, lo que se sale de tu redil. Porque eres opresiva aunque tengas el descaro de encubrirte con el manto de la democracia y lucir altivamente la máscara de la soberana desencia que tu iglesia, promulgadora de linchamientos, te ha hecho creer que mereces solo por militar en sus filas. Porque lo mismo llevas la corona que la gorra de plato, lo mismo el cetro que la macana y vestida de reina o policía siempre la mueca burlona entre las cejas y el juicio mezquino y feroz entre dientes. 

Quizá esto ni se trate de un ejercicio de voluntad, o sea adrede, sino de algo que por naturaleza sucede, algo relacionado a lo animales que somos, algo que tal vez tenga que ver con la ley de conservación de las especies no menos que con las leyes del mercado y las instituciones de poder. Pero esto es debatible, como todo. Algunos dogmáticos, ortodoxos pensarán que, precisamente por no acomodarte, por no condicionarte a las normas, al orden establecido es que eres más animal que ellos y mereces el desprecio, el repudio y el juicio. Porque tratas de ser libre aunque sea una utopía, y ni el intento se perdona. Porque no controlas tus pasiones, porque te rebelas contra el yugo esclavizante de la razón —y sabemos que lo que es racional se decide, casi siempre arbitrariamente, según la verdad hegemónica—; porque, ¿cómo alguien en su sano juicio, un ser racional puede cuestionarse y oponerse a esta verdad? Sólamente un ignorante salvaje. Entonces, recuerdo que el pintor Francisco Goya, dijo con uno de los grabados de su serie Los Caprichos, que “El sueño de la razón produce monstruos”. Yo conforme me hago mayor creo ir entendiendo esto mejor, porque al igual que el licenciado Vidriera —personaje de la novela ejemplar El licenciado Vidriera, de Miguel de Cervantes—, “aunque de vidrio, no soy tan frágil que me deje ir con la corriente del vulgo” (Ed. Cátedra; p. 69).