Autoretrato como retrato colectivo sobre un dibujo de Antonio Martorell

Por Efraín Barras/Especial para En Rojo

Este que ves, engaño colorido,

que del arte ostenta los primores,

con falsos silogismos de colores

es cauteloso engaño del sentido…

—Sor Juana Inés de la Cruz

 

 

El impacto y la influencia de la cultura mexicana en Puerto Rico es fácil de evidenciar.  Esa influencia y ese impacto fueron en el pasado muy fuertes y obvios, especialmente durante los años de apogeo del cine mexicano, cuando muchas de las películas que se veían en nuestro país nos venían de México.  La llamada Época de Oro del cine mexicano nos abrió una gran ventana a ese país hermano, aunque la imagen de México que se nos ofrecía por medio del cine fuera marcadamente estereotipada.  Por ello y no por casualidad es que la voz narrativa de La guaracha del Macho Camacho puede caracterizar efectiva y rápidamente a la China Hereje, en su avatar de la Madre, con una sola oración: “La Madre ha visto mucho cine mexicano.”  El comportamiento del personaje como la progenitora y protectora del Nene queda claramente definido con esa escueta oración.  Y es que el cine mexicano enseñó a comportarse – a amar como madre (Sara García), como amante (María Félix), como coate (Pedro Infante) – a varias generaciones de puertorriqueño que definitivamente vimos mucho cine mexicano como la Madre de La guaracha….

Por ello, cuando, por medio de la directora de la revista Inundación Castálida, Moramay Herrera Kuri, la Universidad del Claustro de Sor Juana en Ciudad de México invitó a Antonio Martorell a decorar para festejar el día de los muertos el altar mayor de la que entonces fue la capilla del convento de las jerónimas, donde vivió Sor Juana Inés de la Cruz, y ahora es su sala de conferencias principal, el artista puertorriqueño no titubeó ni un minuto y decidió que su altar celebraría el cine mexicano que tanto lo impactó a él también.  

Llegué tarde a Ciudad de México, pues cuando estuve en noviembre pasado ya la instalación de Martorell había sido desmantelada.  Pero visite la universidad de todas formas y por una breve entrevista que se puede ver en línea (https://www.youtube.com/watch?v=2glSe-QgIYc), por fotos, por comentarios de personas que sí tuvieron la suerte de ver la instalación y, sobre todo, por los dibujos creados por Martorell para la misma he podido hacerme una idea bastante fiel de lo que el artista llamó la “ofrenda puertorriqueña al cine mexicano en blanco y negro”.  

El centro de la instalación era una pantalla donde se proyectaban escenas de clásicos del cine mexicanos y que parecía salir de las manos de un esqueleto gigante que estaba colocado sobre la misma.  Pero las escenas de las películas que se usaban en la proyección estaban intervenidas de tal forma que ciertas imágenes se disolvían y se convertían en la de los dibujos de Martorell donde se reproducía la imagen proyectada pero donde, en la misma pose, los actores se transformaban en calaveras.  Así y por ejemplo, una imagen icónica de un clásico del cine mexicano como la que toma de María Candelaria (1943), el gran filme de Emilio Fernández, el Indio Fernández, con Dolores del Río y Pedro Armendáriz, se transforma en un magnífico dibujo de Martorell.   (Figuras 1 y 2)  En el fondo y aunque así no se diga, el juego de transformación de la imagen cinematográfica al dibujo es un homenaje a Fernández, a del Río y a Armendáriz, pero, sobre todo, a Gabriel Figueroa, el genial camarógrafo que desde detrás del lente de su cámara trasformó en iconos las caras y los cuerpos de las actrices y los actores, hasta de los extras y del paisaje, para crear imágenes que ya son clásicas y que ahora Martorell juguetonamente transforma en calaveras.

Detrás de esa transformación se esconde una larga tradición mexicana que tiene sus raíces en las culturas prehispánicas, en los “tzompantlis”, altares públicos donde se exhibían las calaveras de los enemigos muertos en las grandes ciudades mesoamericanas.  Estos altares servían para advertir al visitante que había que tener cuidado pues se entraba en un recinto poderoso donde este podía hallar la muerte.  Paul Westheim (1866-1963), el historiador del arte de origen alemán que se escapó de los nazis y vivió por años en México, donde contribuyó a colocar el estudio del arte mexicano en un amplio contexto cultural, nos ofrece en su libro La calavera (1953) una amplia visión de la representación de la muerte en el arte de México y en el del arte europeo.  En este excelente libro el “tzompantli” mesoamericano queda enlazado a vieja tradición medieval de la danza de la muerte, tradición que tiene su mejor expresión visual en los grabados de Hans Holbein, el Joven (1497-1543), pero que tiene múltiples expresiones en la pintura y la gráfica europeas.  En México, tras pasar por un fecundo periodo en la época virreinal en cuyo arte se plasman visiones crudas y chocantes del dolor y de la muerte, esas calaveras alcanzan su cima gloriosamente en la gráfica de José Guadalupe Posada (1852-1913), donde adquieren un aire juguetón, satírico y hasta cómico.

De todas esas fuentes ha bebido Martorell y ha bebido muy abundante y sabiamente.  Nuestro artista es un hombre con una gran cultura visual, literaria, musical; en fin, Martorell es un intelectual familiarizado con su mundo natal, con el mundo en general y con la cultura mexicana muy en particular.  Recordemos que vivió en México por casi diez años y que allí se empapó de la gran cultura de ese país, especialmente de sus artes visuales.  El productivo contacto con todos los aspectos de la vida mexicana y su amor por México lo lleva a llamarse a sí mismo con un nombre que otros boricuas que también han vivido en México y que aman a ese país han acuñado: “borimex”.

No me cabe duda de que este autorretrato, que lleva el significativo título de “Autorretrato borimex de año viejo 2019”, hay que colocarlo dentro del contexto del proyecto del altar del día de los muertos para la Universidad del Claustro de Sor Juana.  Es una gran pena que la instalación completa no se haya conservado intacta.  Pero al menos tenemos los dibujos que se usaron para la cinta cinematográfica intervenida y que sirvieron de marco, como fotos de una cinta imaginaria, para la pantalla central de la instalación.  Como en estos, en el autorretrato el carbón es el medio para crear la imagen y los rasgos del dibujo recalcan la naturaleza del carbón que, a la vez, nos remite a la técnica del cine mexicano de la Época de Oro, cine en blanco y negro que recalca los rasgos gráficos de la imagen ya que en él no hay color.  En ese sentido, entre otros, los dibujos de Martorell hacen eco y sirven de homenaje a la fotografía de Gabriel Figueroa quien a su vez usa la ausencia de color para crear imágenes que rememoran el gran arte del muralismo mexicano.  Notamos también que en algunos de los dibujos, como el basado en María Candelaria y que ya he usado como ejemplo de esta serie, hay una tendencia a poner un fondo creado con rasgos gráficos aguados y algo curvos que van de la esquina derecha superior a la izquierda inferior, creando un horizonte arqueado, no plano.  Así se crea un fondo que recrea las tomas de Figueroa y, me atrevo a decir, que el fondo de los paisajes de los cuadros del Dr. Atl (Gerardo Murillo, 1875-1964). Este importante pintor mexicano representaba el horizonte con una curva y este se convirtió en un rasgo definitorio de su pintura.  Gabriel Figueroa fue impactado por el arte paisajista del Dr. Atl y, creo, por ello Martorell crea esos fondos algo curvos en algunos de estos dibujos, en los que se pone énfasis en el paisaje.

Contrario a la serie de dibujos para el altar del día de los muertos, su homenaje al cine mexicano en blanco y negro, el “Autorretrato borimex…” tiene algunos elementos de colores, colores vivos que nos hacen pensar en el arte popular mexicano.  Es en esos colores primarios que Martorell escribe la palabra “borimex” y es también en esos colores que dibuja la calavera que define la mitad de su cara.  Tenemos en el arte mesoamericano piezas escultóricas, especialmente en cerámica, donde se presenta una cabeza dividida en una cara normal y en una calavera.  Esas piezas obviamente representa la dualidad de vida/muerte y vienen a reforzar – como si necesitáramos reforzarlo – que la idea y la representación de la muerte es parte integral de la vida en la cultura y el arte mexicanos.  Esa media calavera colorida en el autorretrato de Martorell así como el incorporar la fecha emblemática de su creación – año viejo 2019, postrimerías – recalcan la conexión de la obra de nuestro artista a todo el mundo mexicano donde, como él mismo apunta en el video sobre el altar del Claustro de Sor Juana, la muerte es parte integral de la vida y por ello hay que pintarla en colores vivos que contrastan con el blanco y negro.

“Autorretrato borimex…” es una declaración de amor a la vida, a la muerte y a la cultura mexicana de un puertorriqueño que mucho ha aprendido de la cultura y el arte de ese país hermano.  Muchos nos sentimos identificados con esa declaración de amor de Martorell y la queremos hacer nuestra.  Por ello su autorretrato es, en verdad, un retrato colectivo de los que amamos a México, de nosotros que también somos “borimex” aunque no hayamos vivido por diez años allí. 

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Gainesville, Florida

10 de febrero de 2020