Batista llega a diciembre

 

Por Francisco (Pancho) Velázquez

En la calle la Paloma, por la Loíza, hay un elemento que acepta apuestas y da buen precio en peleas clandestinas, de hombres y de gallos, beisbol de las mayores y, últimamente, del asunto cubano. 

Se la pasa de once de la mañana a cuatro de la tarde en el balcón de la casa esperando pendejos…

Bajo a pie desde mi casa. Hace fresco y pasear a mi aire me sienta bien. He dejado el ron y el cigarillo y ya no me resulta tan trabajoso caminar cinco kilómetros en la ciudad, con propósito, sin parar en cafetines a darme un palo de quince de a cono, y chuparme un limón. 

Llego y me parecen familiares sus señas. Me conoce de oídas y en el decursar de la conversación sé que también de vista. Me invita a subir, me convida a una copita de Cinzano, dice: 

—Yo lo veía a usted hace veinte años por aquí, repartiendo galletazos. Se le notan los años.

 —Era policía raso entonces.

—Y yo truhán; robaba bicicletas y tapabocinas. Era amigo del Orejón Armenteros que se murió del corazón bastante joven. Un juez me dio a escoger entre la cárcel y el ejército que resultó ser la misma cosa. Fíjese, me crié aquí mismo, donde estoy sentado. Cerré el círculo.

—La cárcel por robar bicicletas…

—Y otras menudencias. Un amigo mío y yo nos robamos la ofrenda de San Mateo. Fueron setenta pesos. Nos vio el sacristán y nos delató. Le cuento esto porque sé quién es usted y cómo evolucionó en la vida. Santo no es, por si aún le quedan mañas de policía y le da por pasar juicio.

—No. Le pregunté por curiosidad. Recuerdo vagamente lo de la ofrenda. Se sospechaba del sacristán.

—A mi que él se la iba a robar pero dimos alante. El cura la guardaba en el sagrario, al fondo en una cajita bajo llave. Quería llevarme el copón que era de oro pero Momo Saldaña me dijo que no, que tenía hostias consagradas que habían sobrado. Forzó la cerradura con una ganzúa. Eran setenta pesos pero eso fue en 1938, domingo de Ramos.

—A Momo lo mataron en el 48 escalando una ferretería. Era bueno reventando cajas de caudales. 

—Me enteré. Estaba en el Japón y mi mamá me escribió dándome el recado. Diciéndome que le diera gracias a dios y al juez…

—Y lo de las hostias era embuste. El cura se come el sobrante en la última misa. Hay gente que hace porquerías con hostias consagradas; misas negras y así.

—Y hacen porquerías con la leche también. Por eso hay que usar gomitas.

—Y comérselas también. No regar ni gota.

Se ríe con ganas. Rellena el Cinzano.

—Hay que tener cuidado con las mujeres, nacen con el doble pensamiento–, reflexiona.

—Mire, yo recuerdo un hombre de alta hechura en Ponce. Era muellero y en un dos por tres rebajó como cincuenta libras y tenía que recostarse del seto para poder hablar. Arrastraba los pies y era un negro joven. Fue a médicos y nada. Entonces le recomendaron a doña Teté, una vieja que trabajaba la obra violeta en Puerta de Tierra. Dicen que ella lo olió por encima y le dijo que le habían hecho un trabajo de leche.

—¿Pero Teté lo curó?

—Se echó seis meses. Pero volvió a los muelles. Eso fue en el 46. Yo vivía a dos puertas de Teté y lo recuerdo. Lo trajeron en la caja de una camioneta con techo de lona, tirado en una colchoneta, desde Ponce. Recuerdo al chofer que era primo suyo gritándole, “te lo dije, pendejo”. 

—Coño.

—Había sido una mujer de ocasión que él visitaba con alguna frecuencia y se había hecho grandes imaginaciones con él. Pero una vez lo vio con otra en el cine y averiguó que era casado. Cuando él la visitó a las dos semanas ella le pidió que se lo metiera a pelo. Fue cosa de mojar el regalo con algodones y llevárselos a una señora de Carolina.

Asiente con la cabeza; pregunta:

—¿Pero no revirtió?

—Lo hizo peor. Conservaba la camisa que ella le había regalado y que llevaba puesta el día que le robaron la leche. Estaba sin lavar, en una funda entre sus cosas. Una mañana se la puso sin lavar ni planchar, como se la quitó, y fue al trabajo de ella en la panadería Rizal en la calle Frontispicio en Ponce. Ella lo vio y entendió el mensaje. No cruzaron palabra. El hizo dos gestos seguidos en pantomima; prender un fósforo y luego llevarse un bocado. Dio media vuelta y se fue.

—¿No me queda claro, qué tiene que ver el fósforo y el bocado?

—Es el mensaje, es como se revierte. Quemas una prenda que llevabas cuando te hicieron el maleficio, mezclas las cenizas con aceite de oliva y te las comes. Eso lo pasa a la persona que lo promovió.

—Tuvo suerte que no encontró el calzoncillo que llevaba puesto. A lo mejor tenía un cohete. 

—El fuego purifica, veterano. Hasta la mierda.

Añado:

—Dicen que se envenenó con verde parís. La mujer. El despecho es cosa seria. 

—Me contó mi mamá cuando vine de pase en el 49, mi mamá que la conocía, yo de pasada nada más , que Teté se hizo un sueño y despertó delirando diciendo que el mundo se iba a acabar. Hablaba de gente derritiéndose y fuego por todas partes y que el sol había bajado a la Tierra. Vinieron a su casa espiritistas importantes, leían lo que ella escribía en trance, trataron de que volviera a sus modos pero se le quitó solita en dos semanas en las que apenas comió y bebió. Los allegados se preocuparon mucho porque recordaban la asamblea espiritista en Río Piedras y que ella llegó a la puerta del local, se santiguó y dio media vuelta. Le dijo al ayudante que la llevaba y la traía que allí iba a entrar la muerte. Coño y me contó mi mamá que en medio de la asamblea un orador dio el paso.

—Paso adónde?

—Al otro mundo. Cayó muerto de un infarto, muerto antes de la cabeza dar con el suelo.

Entonces, ya repuesta, modificó la visión. Dijo que era un sol grande con forma de hongo y ni tres meses después tiraron la bomba atómica y según se supo después, detalló al pelo lo que pasó en el Japón.

Se hace fácil la tarde. Se nota que no tiene con quien hablar fuera de sus negocios. Esto pasa mucho en San Juan, la gente llega de la isla y tratan de ir tirando pero muchos terminan en Nueva York y los de tu crianza o se han muerto o han mejorado sus circunstancias y dejan el barrio. 

Las dos guerras han limpiado bastante el perraje. Los truhanes de ahora son de poca monta salvo uno que otro forajido y la mafia de las vellonerras. No bien se hacen hombres se van a los estados dejando a los viejos con la hermana menor para que los cuide. Las verónicas hacen lo que pueden pero se le aflojan las carnes y se mueren los viejos y se quedan solas. El país es duro para la mayoría y queda poca gente de hace veinte años. 

El gobierno dice que la esperanza de vida va en ascenso pero cuando yo nací, y el veterano, era de cuarenta años. Ahora, está solito y habla a tontas y a locas, saltando de tema en tema, tratando de subrayar su relevancia en la vida. 

Todavía no tocamos a lo que he ido allí. Noto que aun lleva los zapatos del ejército y las identificaciones de metal colgadas del cuello. A veces se le vacía la mirada. Problemas de reajuste, quizás.

Hiato en la conversación. Sorbo la copita de Cinzano. 

—¿Y usted es veterano?

 —Todos somos veteranos. 

—Yo le metí veinte. Salí en abril. Compré la casa que mamá alquilaba. La puse al día. Ahorré un dinerito y ahora soy financiero. 

—Bueno, banquero de apuestas.

—Modo de ver. Pero, dirá usted…

—Vengo por lo de Cuba.

—El libro está en pausa hasta diciembre, Como van las cosas…

Al fondo había un Zenith de onda corta, un par de bohemias regadas y ejemplares atrasados del New York Times. 

—Llegué a dar cinco a uno hasta mayo. Ahora está en tres a uno.

—¿Tres a uno a qué?

—A que Batista llega a diciembre.

—¿Eso es muy elástico. Llegar cómo?

—Que no se cae.

—Caerse en muchas cosas. Uno se cae de una bicicleta, andando borracho por la acera.

—La precisión es que no llega a enero. Golpe de estado, asesinato político, asilo en la embajada americana. En fin, que su pie no pisa Cuba en enero. Vivo, por supuesto.

—En diciembre dos, pago o cotizo para enero.

—Yo digo que llega a enero.

—En ese caso doy 12 – 1 y en descendiente hasta diciembre del 59 que vuelve a emparejarse la apuesta. 

—¿La apuesta mínima es…?

— Mil dólares.

—Y la máxima?

—Mil dólares. Ayuda a la contabilidad….   

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