Belkis Ramirez

Creía que el Valle Sagrado de los Incas, en el Cuzco, era el valle más bello del mundo hasta que Belkys me convenció de visitar el Valle de Napa, en California.

Por Chiqui Vicioso

Estábamos en Puerto Rico, apoyando la exposición de un amigo mutuo y su entonces compañera nos invito a visitar San Francisco. Recuerdo nuestra decepción ante el Golden Gate…(es tan chiquito) y nuestra felicidad frente a la arquitectura que era lo que Belkys, artista y arquitecta, realmente quería ver.

Empero, su gran objetivo era ir el Valle de Napa, porque Belkys era una gran conocedora de vinos y ya tenía su listado de los viñedos que quería a visitar. Ambas creíamos que el wine tasting era gratis y, para nuestra decepción, descubrimos que había que pagar por cada copa como si estuviéramos en un Bar.

 

Ahí se nos ocurrió, como siempre se nos ocurría, montar una pequeña obra de teatro. Ella sería la probadora experta en vinos y yo una importadora que la había contratado para que me asesorara.

Recuerdo que planificando nuestra estrategia nos reíamos a mares, y cada vez que lográbamos nuestro objetivo volvíamos a reírnos hasta que el estómago lo permitiera.

Así era todo con Belkys y su inmensa capacidad para ver el lado risueño de la vida, y para armonizar las tensiones y conflictos propios de artistas asediados sino por el desamor por la lucha por dar a conocer y echar a volar sus obras.

Así era todo con Belkys. Era convencerla, como en el caso de Julia de Burgos y un libro común enorme que solo la locura de artista de Miguel Cocco, y el sacrificado esfuerzo de Fidelio, buscando los materiales, consiguiendo al sastre que habría de coser cada libro, nos permitió realizar. Así era Belkys, donándole a Puerto Rico la mejor imagen de Julia de Burgos, un bello rostro con el mundo de la mujer en la cabellera. Así era Belkys, apoyando mis esfuerzos editoriales y los de Julia Álvarez, con su Cafecito Story, grabados donde plasma con gran maestría la vida del campo.

Así era Belkys. Con una risa franca que retumbaba en el malecón, lugar de nuestras reuniones, espacio que colonizamos Pura, Lourdes, Henry, Pascual, Jorge, Tony Capellán, siempre con un par de botellas de vino y el serenos de la noche y el oleaje, y más tarde Tulio y Antonio y tantos otros que se iban sumando, como si el malecón fuera un anfiteatro de nuestra exclusiva propiedad.

Así era Belkys. Inmensa en su pequeñez física. El Eneas de este Benitín que ahora andará con ella al lado, en un diálogo risueño solo nuestro, porque los que se van, ya lo sabemos, se quedan.