Celestino y el paracaídas

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Una tarde, cogí mi paracaídas y dije: «Entre una estrella y dos golondrinas.»
He aquí la muerte que se acerca como la tierra al globo que cae.
Altazor, Vicente Huidobro

 

Celestino quería encontrarse con su destino. Y no lo lograría en su pueblo. A 40 metros del nivel del mar, el Atlántico. Un pueblo al este de una isla en el Caribe. Corriendo en dirección a la Sierra de Luquillo -Fajardo es casi todo una llanura- Celestino siempre pensó en la altura. En la cima de la montaña más alta. En esa vista panorámica desde más allá de las nubes. Sin embargo, es difícil imaginar un futuro glorioso en un pueblo cuyas únicas glorias -según mister Seguí, maestro de historia de la escuela intermedia- era haber sido amenazado dos veces con ser bombardeado por el ejército más poderoso de la tierra.

La primera vez fue en el 1824. Un oficial norteamericano había recalado en el puerto buscando provisiones para continuar la persecución de los últimos piratas que cometían sus fechorías por estas aguas. Había sido maltratado de palabra por el funcionario insular. A su regreso al barco informó el suceso. Entonces, el comodoro Porter envió aviso al alcalde del pueblo. O se excusaba o desaparecía el pueblo a cañonazos. El alcalde se excusó y le ofreció hasta una finca y la administración de un faro cerca de las Cabezas de San Juan con una bahía luminiscente incluida. Celestino no recordaba la fecha dictada por mister Seguí porque se imaginó volando en un dirigible hacia el barco enemigo.

La segunda vez fue en Julio de 1898 cuando el general Miles estaba listo para desembarcar por la laguna cuando un espía le mostró un mapa y lo convenció que era más cómodo invadir por el sur. Esa fecha, más cercana, más célebre, la tenía bastante clara.

Celestino, adolescente, tenía aquellas historias en la mente junto a las noticias sobre la guerra en Vietnam. ¿Qué mejor oportunidad para la gloria que ponerse el uniforme y saltar en paracaídas en el mismo centro de Hanoi?, pensó. Él quería ser paracaidista como había visto en alguna película en el cine Ideal que todavía conservaba el eco lejano de una presentación de Gardel antes de que Celestino naciera. Así que no bien aparentaba la edad suficiente Celestino, como quien dice, tomó un automóvil sentimental y una tarde, soñando con paracaídas murmuró «Entre una estrella y dos golondrinas.» sin pensar en la muerte que se acerca como la tierra al globo que cae. En otras palabras se hizo voluntario y fue a parar a Vietnam.

La selva era similar al monte. Era la sierra de Luquillo sin vista al mar. Otra diferencia era olor a muerte. Ahí estaba cargando un fusil, caminando sobre el fango, pensando en que hay que sobrevivir. Pensando en lo que había en la mesa de su casa en las tardes.

En casa, decía, siempre había arroz y habichuelas. Y plátano. Y café. Y algún pollo o carne de cerdo. No siempre. Pero casi siempre. Allá, en Vietnam, contaba, mis c rats favoritas eran jamón y revoltillo y jamón con habichuelas blancas. La carne condimentada tampoco estaba mal. A mucha gente le enviaban salsa Tabasco desde casa para animarlos un poco y darle sabor a la comida. El agua de la cantimplora con pestañas de halazone sabía horrible, explicaba, así que también nos enviaban paquetes de Cool Aid. Para calentar las comidas uno hacía lo de siempre. Buscar madera seca y usar los fósforos. Pero a veces la humedad y la lluvia hacían que aquello fuese difícil. Afirmaba que algunos que ya estaban locos usaban explosivos C-4. Podías pellizcar un pedacito y encenderlo. Como al principio de la guerra yo no fumaba, cambiaba cigarrillos por salsa Tabasco y Cool Aid. Hasta que comencé a fumar yo también. Cualquier cosa. Y las anfetaminas de los kits de salvamento de los pilotos también las conseguía usando el viejo trueque, confesaba. Les dábamos a los niños vietnamitas los dulces, las galletas y los paquetes de chocolate caliente que venían en algunas raciones. Mi unidad siempre estaba en el campo, recordaba, por lo que recibíamos una comida caliente al día la mayor parte del tiempo. Cuando no era así, ahí estaban las C rats para las comidas y un poncho de goma como techo. Cuando te mataban, el poncho también era tu mortaja. Por poco muero una vez, afirmaba sin saber que habría otra vez.

Aquella vez, la primera, fue una tarde -el sol anaranjado comenzaba a esconderse-. Iba en un jeep conduciendo. En Vietnam aprendió a guiar standard. Y a volar. Voló por los aires en cámara lenta. No escuchó el trueno. No escuchó la explosión. Vio como se levantaba por encima del jeep y caía lentamente junto a tres soldados más, cada uno por su lado. Era como viajar en un extraño paracaídas. El que iba de pasajero a su lado derecho había perdido el rostro y sin embargo parecía dirigirle una mirada cada vez que daba una vuelta en el aire, una, dos, tres veces. Él sintió como algunos arbustos lo rasgaban hasta que cayó al suelo. Cuando abrió los ojos estaba en un hospital en Japón.

Estuvo dos semanas entre la inconsciencia y el delirio. Para él, el vuelo desde el Jeep al suelo habría durado dos semanas. Como si hubiera flotado con un paracaídas invisible y una voz lejana le susurrara al oído una nana en lenguas angelicales. En realidad todo duró apenas unos segundos. En algún momento escuchó las hélices de un CH-46 Sea Knight. Fue lo último que recordó de aquel encuentro con la muerte. Luego supo, mientras aprendía a olvidarse del dolor que era el único sobreviviente. Solo había perdido un poco de visión por el ojo izquierdo y algo de movilidad en su pierna derecha. Pero así volvería a casa. Un año de hospitalización después.

La Sierra de Luquillo todavía estaba allí. Él decidió ir al otro lado de la montaña. San Juan. Se fue a la universidad tan nervioso como estaba. Lejos ya de los escenarios de la guerra llegó a estudiar a Río Piedras en medio de las protestas contra el servicio militar obligatorio. en la que meses antes había estado hasta volar por los aires. Y a Celestino le parecía bien que algunos de sus amigos del pueblo estuvieran en contra de aquella atrocidad pero él estaba en otro asunto. Demasiado fresco el recuerdo. Escuchando música. Fumando de la buena. Evitando pasar por el ROTC, aquel edificio que remedaba un castillo de juguete.

Eran las ocho y treinta de la noche de aquel día de marzo cuando Celestino casi muere por segunda vez. Aquella tarde, cuando comenzó la refriega entre estudiantes, cadetes y policías, él ya estaba en su hospedaje en los altos de la Óptica Sixto Pacheco. Tranquilo, pero hasta allá sonaron los tiros y los gritos. Mientras subían estudiantes a refugiarse Celestino salía de su cuarto y se asomaba al balcón. En el balcón, en la calle, la luz parpadeante del neón que anunciaba la Óptica Sixto Pacheco convertía a las figuras en fantasmas blanquecinos, luego en oscuras siluetas. Abajo, en la calle, unos policías de la fuerza de choque apaleaban a un muchacho. Celestino se colgó del balcón entre el letrero de neón y una muchacha. Se unió al coro de voces mira cabrón, abusador. El joven oficial que respondió a los gritos los invitó a pelear abajo, en la calle. Entre el parpadeo distinguieron al policía más agresivo. Fuerte, joven, negro. Mira, allá no quieren a los morenos y tú aquí defendiéndolos. El oficial no habló mas. Se volteó un poco hacia su derecha. Apuntó su arma directo al balcón y disparó. La bala pasó caliente por el cuello de Celestino. Era como estar en una película. Todo el mundo al suelo. Se sintió volando en medio de una estrella y dos golondrinas y así llegó a su habitación para buscar un paño con el que detener el sangrado. La decena de personas que lo acompañaban estaban ya de pie, gritando, pidiendo ayuda. Un cuerpo aún estaba aún en el suelo.

La bala que había calentado el cuello de Celestino fue a alojarse en la cabeza de una muchacha que ni siquiera había abierto la boca. Ahora estaba en el suelo. El se acercó, volteó a la muchacha pensando que estaba muerta. Parecía mover los labios y los ojos. Trató de entender acercando el oído. Pensó entonces que eran puros reflejos involuntarios. Entre cuatro la cargaron por las escaleras hasta la calle. Los policías, se lo buscó, no hicieron gran cosa. Caminaron con ella. Celestino sangraba pero que importaba eso a un muchacho que había volado por los aires en Vietnam. En la esquina de la avenida Gándara pidieron ayuda. Justo frente a la universidad volvieron a pedir ayuda. Esta vez un patrullero se apiadó de ellos y los llevó al hospital más cercano. Una hora después, quizás dos horas, la muchacha dejó de respirar. Días después fue que Celestino entendió que había escapado otra vez de la muerte.

A lo que no pudo escapar, en los meses siguientes, fue a la prensa. Lo dieron por loco. Había declarado como testigo en vistas en alzada y en los periódicos. Había contado todo lo que vio entre las luces de neón de la Óptica Sixto Pacheco. También testificó su siquiatra, el siquiatra del estado, un sicólogo, que estaba nervioso, que estaba muy tenso, que tenía un diagnóstico de esquizofrenia. Por supuesto que estaba nervioso. Apenas hacía dos años había volado por los aires junto a otros muertos y ahora recordaba haber visto un aeroplano lleno de escamas y caracoles mientras flotaba y volaba y lo llevaban a Japón a sanar sus heridas. Apenas hacía un mes había muerto su hermano. Y ahora él recibía un balazo en el cuello en la Avenida Universidad y había cargado a una muchacha moribunda con un tiro en la cabeza. Razones tenía para estar nervioso. Alterado. Razones para beber su ron con anís y fumar su pasto. Y así estuvo dos años en un viaje.

Razones tenía para asistir al Festival de Mar y Sol dos años después de aquel balazo. No importó que se conmemorara aquella semana la entrada a Jerusalén, la última cena, el viacrucis, la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. A fin de cuentas, Celestino había resucitado dos veces. Había escapado de la muerte dos veces. Nadie como él podría haber cantado entre murmullos un poema viejo apenas conocido. La vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú quieres creer. La vida es una mina que estalla y sobrevives. Un año en un hospital en Japón y sobrevives. Un disparo cruel, injustificado en tu cuello y sobrevives. Una muchacha que sangra con un tiro en la cabeza cargada en tus brazos y ella no sobrevive. Tú sobrevives.

Y llegó temprano al Festival, el primer día. Junto a Vanesa. Un muchacho de Saint Croix, Gilligan, estaba allí con los primeros mil. Le llamó la atención que el muchacho, ¿cómo se llamaba? había hecho una caseta con los restos de un paracaídas. Y Celestino le contó, le explicó, le hizo reír, hablándole de su corta vida como paracaidista. Y como no había demasiado pasto probaron cualquier cosa y vamos cayendo, cayendo desde el punto del hemisferio celeste situado sobre la vertical del observador -por algo me llamo Celestino, es mi destino- al punto más bajo, más bajo bajo mis pies mientras miro la esfera celeste. Y eso fue el viernes, quizás el sábado, Y al pronunciar mi nombre queda el aire manchado de sangre para que se envenene el olvido.  Celestino no supo que Christopher, Gilligan era su apellido, había muerto el mismo viernes a manos de un muchacho que salió de allí cargado por sus amigos mientras cantaba Billy Joel. Amanecía el ´sábado, quizás el domingo ¿ya había cantado Alice Cooper? Adentro de ti mismo, fuera de ti mismo, Vanesa ven, vamos a bañarnos en el mar, flotas buscando el aire en el desaire, porque ése es tu destino, tu miserable destino. Ah, mi paracaídas, azul celeste, que me viene a buscar desde el fondo del mar, para llevarme a lo más alto. Entonces esa tarde, quizás fue en la madrugada, mientras Alice Cooper lanzaba una bomba de humo en el escenario, Celestino se convirtió en el paracaidista que surcaba el cielo por encima del faro y la bahía. Quizás para siempre o nunca. Vanesa, la pobre, se fue con él.

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