Cinco minutos con Walter

Por Talia Rivera

Con el tiempo, supe que lo primero que Walter dijo de mí cuando me encomendaron asignarle el trabajo principal de ilustración de un libro escolar de Estudios Sociales fue algo así como: “¿Y a esta…, de dónde la sacaste?”. Así fue como arrancamos con buen pie. Yo era una veinteañera especialmente novata y temblorosa —eso no se me quita; lo de veinteañera sí, pero no lo otro—, y ya él era un artista luminoso en un medio complicado: el taller de ilustración en cualquier sitio, pero, sobre todo, en el circuito editorial del país. Complicado más que nada por escaso, aunque la dificultad ahí no se agote.

Definitivamente, la brega con Walter no era ningún mamey. Detestaba el paño tibio; era más que su oficio —atravesaba los textos porque era un formidable lector: si no eran buenos, los desdeñaba sin tapujos o, en última instancia, los acataba bajo protesta—; y te lo dejaba claro: no ibas a ganártelo con ñeñeñés. O ibas donde él curtido o te harían curtir. Te disparaba esa respuesta del fight or flight. Ahí nos toreamos. Por entonces, yo no tenía constancia de su trayectoria, pero no era tan imbécil de no intuirla en su trabajo. O en su impaciencia.

Las suyas eran obras de arte que se resistían a someterse al encargo. Entendía muy bien los límites en que se movía: los plazos, las prisas, el marco dispuesto en una página ya con elementos gráficos, el elemento gráfico que constituía en sí mismo el texto, y luego, para más, los contenidos (que son otras formas). ¡Y cuidadito con pedirle redundancias sobre el texto!, porque te arriesgabas a sus ojos virados y al reclamo de «…pero, mija, si eso ya está dicho».

Ante todo, tenía un sentido muy propio de lo razonable. No se le escapaban las restricciones de la encomienda; te cumplía, trascendiéndola… o despachándola, si no le daba para más lo que le pedías, y aun así, con genio. 

Últimamente —y martilla—, se me quedan cosas en el tintero muy a menudo; cosas que me tocaba hacer con gente que ya no puede: les da por morirse. Pequeñas enormes cosas, como esa vez que me dijo que fuéramos a un ciclo de cine extraño que pasaban en el Ateneo, que él me buscaba. ¡Y yo, en los agobios y sin saber lo que hacía, decliné! O que quedara inédito el sublime manuscrito de una Blanca Nieves dark que concibió en imagen y texto; lo mismo que ese manual bestial suyo de dibujo. Ingrato medio, el nuestro.

Comoquiera, conseguimos hacer cosas juntos. O cuando menos, estando yo en las inmediaciones. Como la de amigarnos trabajando. Al grado de que, cuando el zarpazo de iniciación le tocó a otro, solo podía reír para mis adentros: «Mira, brega, que te toca».

 A Walter lo incluyeron en la segunda edición del Catálogo Iberoamérica Ilustra (2011), cuando presentarse ahí todavía costaba a los que no radicaran en México, Argentina, Colombia o España. (Todavía cuesta). Figuró en el Diccionario de Ilustradores Iberoamericanos presentado en Bogotá en el Segundo Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil (CILELIJ, 2013), de la Fundación SM. 

Con SM, fungió de ponente; tallerista de chicos y de grandes; jurado del Premio El Barco de Vapor (2017-2018); y lúcido comentador de las novelas que ilustró: las obras juveniles Viaje a Isla de Mona, de Mayra Montero (II Premio El Barco de Vapor de Puerto Rico, en alianza con el Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2008), e Indóciles, de Arlene Carballo (2018). Asimismo, animó el personaje de Gabriel Comelibros (2008), una idea de Hilda Quintana y Maty García Arroyo para, desde temprano, quitarles estigma a los lectores empedernidos. Y muy recientemente, trabajó una crónica de Tere Marichal sobre la brava comunidad Las Mareas para la antología literaria conmemorativa del huracán María, Cápsulas del tiempo (2018).

Iluminó, además, incontables textos literarios en libros escolares.

Menester es reconocerle y agradecerle que fuera un ferviente y combativo opositor de las changuerías, los adoctrinamientos y el «todo se vale» en la literatura; en especial, la que prefigura a un lector chico o joven. Y este que hago, lo aclaro, no es un inventario exhaustivo. 

Antes de terminar, comparto el mensaje que le destina mi colega María Mercedes Grau, más veterana que yo en los tratos con Walter, solo por precoz:

¿Alguna vez te conté que cuando pienso una ilustración lo hago inspirada en tus trazos? ¿Te acepté alguna vez que me ganaste la batalla sobre los taínos? Es que tú sí que eres —me resisto al «eras»—… culto, buen investigador y, además, editor paralelo. Te preparas intensamente con referencias históricas, sociales y ambientales, so lector empedernido, y luego interpretas. Tu mundo de imágenes viene acompañado de esa sólida búsqueda intelectual. Me mandaste al Museo de Antropología de la UPR para darme por la cabeza. Nuestros antepasados se adornaban mucho, hacían lindos collares, narigueras y otras preciosidades. No solo el cacique llevaba símbolos como el guanín. Ellos eran mucho más, y los libros de texto no debían reproducir esa visión simplista de nuestra cultura. Creo que nunca te recordé otra cosa. Una vez, hace muchos añitos…, me dijiste: «Me gusta ese texto que escribiste porque no ningunea a los niños». Durante mis años de editora, esa frase me inspiró. A la gente hay que darle su lugar y su respeto. ¿Alguna vez te dije que te quiero mucho? Sí. Hoy te lo digo otra vez. Te quiero, amigo.

Esto me mandó decirle Marimer.

Y ahora sí, acabo citando un correo electrónico del Walter nuestro. Decía el asunto: Esto no es un tributo póstumo, nada parecido… Y adentro, un lúcido comentario elegíaco por Michael Jackson, lo que llaman «un estudio cultural», titulado como el documental: This is it!

Pero seguimos. 

Talía Lierca Rivera González es editora ejecutiva de Literatura Infantil y Juvenil SM Puerto Rico