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A sesenta y ocho años de la invasión de Puerto Rico por las fuerzas armadas de Estados Unidos cabe preguntarse cuáles fueron las lecciones que aquel acontecimiento debió enseñar a los puertorriqueños. En esta nota, señalo algunas de las más importantes.

Documentos a CARA o CRUZ

Supongo que a estas horas se estará leyendo, a instancias de los desorientadores profesionales, por muchos lugares de Puerto Rico, la tristemente célebre proclama del general Miles. Tal y como ha tenido mucha publicidad aquel documento ha recibido por contraste consistente ocultamiento el otro histórico documento que es el reverso de esa proclama: en sinceridad ya que no en decencia. Me refiero a las instrucciones secretas dadas por su gobierno al general Miles para la invasión de Puerto Rico. Toda la hipocresía militarista queda al desnudo al compararse ambos documentos. La proclama de Miles hechizó amplios sectores del pueblo, huérfano de los beneficios que las sabias rectificaciones de un liderato responsable debió haberle dado. Una vez conocidas las instrucciones secretas éstas mismas debieron servir de pauta para una oposición general en todo el frente a que éstas habían dado lugar. Comparar ambos documentos equivale a señalar la primera experiencia, a tal grado de gravedad, que Puerto Rico debió aprender y no ha aprendido: a distinguir entre la propaganda y su conveniencia. Que no lo ha hecho está a la vista en toda la vida puertorriqueña. Pero, sobre todo, en este hecho sangriento (el adjetivo no es caprichoso, puesto que ha servido de base par imponer el servicio militar obligatorio): la propaganda norteamericanizante convence a substanciales sectores que sus amigos o sus enemigos, internacionales son también los de Puerto Rico. De ahí que los puertorriqueños hayan sido cómplices (en forma de carne de cañón) de todas las guerras predatorias de los monopolistas yanquis a partir de 1917.

Esta lección no ha sido aprendida todavía.

Los extranjeros

En las instrucciones secretas a que nos referimos (Nota de marzo de 1898, Departamento de la Guerra, Oficina del Subsecretario; Wáshington, D.C.) se orienta así al general Miles: “Respecto a Puerto Rico, ésta es una adquisición que deberemos hacer y conservar, y será fácil, porque el cambio de soberanía les traerá más ganancias que pérdidas a los intereses allí creados, ya que son más cosmopolitas que españoles”.

La realidad salta a la vista. Para fines de siglo había en Puerto Rico grupos de extranjeros, ligados principalmente a la agricultura y el comercio, y, vía este último, a intereses económicos norteamericanos. El intercambio comercial había crecido según avanzaba la segunda mitad del Siglo XIX a medida que nuestro café ganaba mercados exteriores. A tiempo que nuestro mercado interior se transformaba en un aperitivo para el apetito norteamericano, los intereses comerciales europeos (franceses, ingleses, holandeses) y norteamericanos mismos, establecidos en Puerto Rico, convertíanse en avanzadillas de la futura invasión norteamericana. No sólo ellos. Intereses comerciales puertorriqueños, frustrados en su natural camino hacia el manejo de los destinos patrios, y ciegos como les corresponde cuando un liderato político no los guía eficazmente hacia dicho objetivo, fueron también cómplices en abrirle las puertas a los invasores de Miles.

De entonces acá las puertas de Puerto Rico han estado en manos de las autoridades yanquis de inmigración abiertas de par en par a extranjeros dispuestos a ayudarlos a destripar nuestro país. Y al día de hoy los sectores puertorriqueños cuyas propiedades e intereses son saqueados siguen tan cruzados de brazos como en 1898.

Fragmento del artículo de Juan Antonio Corretjer: “Las lecciones del ‘98’” publicado originalmente en El Imparcial, Julio 23, 1966: Tomado de Re: 1898-1998. 21 textos para 100 años de lucha. Casa Corretjer, Ciales, 1998.

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