Claridades: Grito de Lares

La Revolución de Independencia que estalla en Pezuela y proclama nuestra República en Lares el 23 de septiembre de 1868 ocurre cuando la economía colonial de España en Borinquen ha cerrado el ciclo que empieza con el hato realengo y concluye en la finca de familia. Sus ejecutantes son gente de campo: estancieros, peones, esclavos, pequeños comerciantes campesinos, desempleados. La “aristocracia” criolla, la gente de galones y de letras, brilla por su ausencia en este momento de nuestra vida histórica, el más sublime y entero, el de mayor volición y más alcance revolucionario.

Lares aparece preñado de ideología demoliberal. Es que Lares es el estallido, localizado, aislado, de una revolución de liberación nacional inspirada ideológicamente en las fuentes más puras y directas del demoliberalismo a través de sus inspiradores y dirigentes remotos, a lo que hubo de añadirse una espontaneidad ideológica producida por la composición social de los ejecutantes en el momento de la acción que, en ciertos puntos, trascendió su contenido ideológico inicial. En verdad, la ideología liberal ha prendido en Puerto Rico. No es artificiosa y desnaturalizada importación, simiesco remedo ideológico de Francia y Estados Unidos. Es signo nacional: ha aparecido, aún cuando en inicial estado embrionario, una burguesía.

Así en Lares afloran, de una vez y en su mejor forma, voluntad y mentalidad nacionales. Aquella voluntad que sacude a Guilarte, y hace nacer una República, para crear, destruye; aquella inteligencia que afirma todo un futuro, también niega.

Antes de Lares  es decir, desde la derrota taína en Yaguecas hasta el Grito de Pezuela ha habido levantamientos en Borinquen: alzadas de indios, revueltas de esclavos, motines militares, tentativas separatistas. “No hay una página en la historia de Borinquen”  -escribirá Hostos- “en donde la libertad no protesta contra nuestra vida de colonos”. Todas ellas se dan cita en Lares. Lares es, pues, una síntesis. Y, como en la forja de toda síntesis, dialogan en sus entrañas una voz que niega y otra voz que afirma.

Cuando nos alzamos en Lares repudiamos la feudalidad en que la Monarquía dominante quería mantenernos. Afirmamos, aún más reafirmamos, aquellos valores que, en nuestro desarrollo histórico, habíamos arrebatado a la nación colonizadora. Pongamos, por ejemplo, el idioma. No es, en nosotros, la lengua, simplemente lo que se ha dado en llamar, regalo, herencia española. Vencedora sobre los borinqueños, Espana se asentó en nuestra tierra. El español  -altivez de soldado victorioso- no aprendió el idioma de los taínos, ni el de los africanos que trajo luego esclavizados a esta tierra.

Al pensar hoy en la creación de la República Puertorriqueña, la de Lares ha de servirnos de ejemplar signo histórico. Así como el pueblo puertorriqueño conservó, al separarse del estado monárquico de España, todas las conquistas que había ganado para sí en su larga lucha por integrarse frente al Imperio Español, los derechos individuales que hoy, limitadamente, Puerto Rico disfruta, porque los ganó, porque los arrebató, en una lucha muchas veces cruenta, siempre intensamente dramática, peleando por mantenerse integrado frente al rapaz imperialismo yanki, las mantendrá, extendiéndolas hasta su capacidad máxima, en su constitución republicana. Y a ese cuerpo íntegro de derechos individuales añadirá el cuerpo de los derechos sociales colectivos que los pueblos de la tierra han ido ganando y añadiendo, a su vida en forma de derecho estatutorio. Pero nosotros los incorporaremos, desde el nacimiento de la República, a nuestra constitución. Así, quien osara violarlos, tropezará con todo el peso de la acusación que recae contra quien osa violar la Ley Fundamental de la nación.1

Juan Antonio Corretjer, fragmento de “La revolución de Lares” (1947), en folleto: Homenaje a Lares, 1970