¡Columpios!

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 ¿Alguna vez se han columpiado como si corrieran tras lobos? Amanezco aquí, entre las únicas cadenas que agarro con puñitos de niña exterior hasta que queden marcas. Me estiro. Voy como flecha. Mi cuerpo se contorsiona cada que corta el aire. Un orgasmo público. En cada tirón el salto es inconmensurable. Me columpio para no boxear. Cuando boxeo me golpeo. Cuando me columpio transmuto. Este balanceo es lo más cercano que tengo ahora mismo a un grito sempiterno. Soy la arista que me pide sudor sin pudor. Y también este dolor. Solo en este lugar lo recuerdo.

 Miro mis pies en el aire frente a mí, juntitos, y reivindico mi voluntad de movimiento. Aunque sienta hondo aquí, entre cada tirón, ardor, desentierro, jalón… cada que concretiza el luto de una pulsión. Nunca fue poco sentir la fisicalidad del cambio de suelo. Con(moción). Las lobas siempre fuimos nosotras al borde de la aurora. La animalia sabia. La jauría que nos aúlla adentro cada que duele la grita. La escuchamos y perseguimos porque ella somos también. Toda lobería. Corrida libre. Asunción.

 El conserje del edificio me ve mecerme con rabia y se queda en la zona. Sin saberlo o quizá intuyéndolo se hace parte del despojo. Rechinan las cadenas y sus sonidos pequeños. Cuando me detengo he sudado tanto como si hubiera corrido dosmiltresmilcuatromil geografías. A mi modo, lo he hecho. No tengo ganas de entender más. Solo deseo redundarme en sudor, sudarnos hasta que dejen de mecérseme adentro tantas palabras huecas. Y eso hago. No sé si lo suficiente. Pero lo justo para este tantito instante. Lo propio para caminar hoy sin arrastrar las piernas como cadáver. Para sentir este revolcón en el estómago sin que me pueda. Para hablar sin dejar oraciones suspendidas entre faltas de sentido. Para querer.

 Le miro solo cuando acabo. Mis exhalaciones corren un maratón. Él, quieto. Mentón medio tenso, semi relajado. Exhala también. Nos entendemos. Ahora sí, crece la mañana. Y nuestros columpios,adentro, en resonancia y amor,descansan.

 

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