Cómo conocí a Roque Dalton

 Por Rafael Acevedo/En Rojo

Documento policial

Cuando comencé a estudiar en la universidad conocí a Roque Dalton. Su poesía, más bien. Él había sido asesinado por sus compañeros enemigos tres años antes. 1975. Faltaban tres o cuatro días para que cumpliera 40. Quiero decir, este es el poeta salvadoreño que conocimos como “poeta guerrillero” aunque su paso por la guerrilla fue breve y trágico. Todavía estaba muy fresca en la memoria de la izquierda esa muerte. Para mí, entonces un joven estudiante con algunos versos escritos en libretas Superior, escuchar sobre su biografía y las leyendas que sobre él se destilaban fue un proceso muy enriquecedor. Esto ocurrió en los pasillos y en las cafeterías mucho antes de que se le mencionara en algún salón de clases.
¿Qué me gustaba de la poesía de Roque? Muchas cosas. Dalton venía de un país pequeño, El Salvador, llamado Pulgarcito de América por Gabriela Mistral. El poeta usaba ese calificativo de Mistral y construyó toda una narrativa irónica, crítica, tierna y a veces cruel sobre esa “pequeñez” de su patria: ”Patria dispersa: caes / como una pastillita de veneno en mis horas. / ¿Quién eres tú, poblada de amos, / como la perra que se rasca junto a los mismos árboles / que mea? ¿Quién soportó tus símbolos, / tus gestos de doncella con olor a caoba, / sabiéndote arrasada por la baba del crápula? / ¿A quién no tienes harto con tu diminutez?” ¿Cómo no identificarse con esos versos?

Con el paso de los años, me leí todo lo que pude del autor. No está mal presentar una bibliografía de Roque:

Mía junto a los pájaros (San Salvador, 1957).
• La Ventana en el rostro (México, 1961).
• El Mar (La Habana, 1962).
• El turno del ofendido (La Habana, 1962).
• Los Testimonios (La Habana 1964).
• Poemas (Antología, San Salvador, 1968).
• Taberna y otros lugares, Premio Casa de las Américas (La Habana, Cuba, 1969).
• Los pequeños Infiernos (Barcelona 1970).
• El Salvador (monografía, 1963).
• César Vallejo (La Habana 1963).
• El intelectual y la sociedad (La Habana, 1969).
• ¿Revolución en la revolución? y la crítica de la derecha (La Habana 1970).
• Miguel Mármol y los sucesos de 1932 en El Salvador (1972).
• Las historias prohibidas del pulgarcito (México, 1974).
• Poemas clandestinos (1980).
• Pobrecito Poeta que era yo (narrativa, 1981).
• Un libro rojo para Lenin (1986).
• Un libro levemente odioso (poesía, 1988).
• Los Hongos (poesía, 1989).

Falta ahí una obra teatral de varias escenas titulada Los helicópteros, en colaboración con Pepe Ruiz. Ese libro, cuya edición primera tuve en mis manos, fue publicado más tarde (1980) en San Salvador por la Editorial Universitaria.

Cuando inicié mis estudios graduados tenía la idea de escribir mi tesis doctoral en torno a Roque Dalton. Si bien era el poeta que de manera más eficiente integraba a sus textos el pensamiento político -siempre de manera compleja, crítica, a veces humorística y por eso tan rica- su novela autobiográfica Pobrecito poeta que era yo, nunca ha sido tratada con el rigor que se merece. Gran narrador este poeta. Quería escribir sobre el modo en el que el discurso político de orientación marxista era transformado en un producto poético plurisignificativo, lejos de la ortodoxia dominante. Me aprendí de memoria algunos versos:

Poesía
Perdóname por haberte ayudado a comprender
que no estás hecha sólo de palabras.

Me leí una y otra vez sus poemas más dialécticos y políticos:

La violencia aquí
A José David Escobar Galindo,
* «Perra de Hielo».

En El Salvador la violencia no será tan sólo
la partera de la Historia.

Será también la mamá del niño-pueblo,
para decirlo con una figura
apartada por completo de todo paternalismo.

Y como hay que ver la casa pobre
la clase de barrio marginal
donde ha nacido y vive el niño-pueblo
esta activa mamá deberá ser también
la lavandera de la Historia
la aplanchadora de la Historia
la que busca el pan nuestro de cada día
de la Historia
la fiera que defiende el nido de sus cachorros
y no sólo la barrendera de la Historia
sino también el Tren de Aseo de la Historia
y el chofer de bulldozer de la Historia.

Porque si no
el niño-pueblo seguirá chulón
apuñaleado por los ladrones más condecorados
ahogado por tanta basura y tanta mierda
en esta patria totalmente a orillas del Acelhuate
sin poder echar abajo el gran barrio fuerteza cuzcatleco
sin poder aplanarle de una vez las cuestas y los baches
y dejar listo el espacio
para que vengan los albañiles y los carpinteros
a parar las nuevas casas.

Y aprendí además que el gran poeta político era un lírico empedernido, un poeta sensual:

Y sin embargo, amor, a través de las lágrimas,
yo sabía que al fin iba a quedarme
desnudo en la ribera de la risa.

Aquí,
hoy,
digo:
siempre recordaré tu desnudez en mis manos,
tu olor a disfrutada madera de sándalo
clavada junto al sol de la mañana;
tu risa de muchacha,
o de arroyo,
o de pájaro;
tus manos largas y amantes
como un lirio traidor a sus antiguos colores;
tu voz,
tus ojos,
lo de abarcable en ti que entre mis pasos
pensaba sostener con las palabras.

Pero ya no habrá tiempo de llorar.

Ha terminado
la hora de la ceniza para mi corazón.

Hace frío sin ti,
pero se vive.

Viajé a Cuba en el verano del 1987 porque allí me entrevistaría con varios amigos de Roque. Era necesario, a fin de cuentas, Dalton había regresado a Cuba para “instalarse” allí desde Checoslovaquia por invitación de Fidel y Haydée Santamaría. La invitación al poeta era a trabajar en Casa de las Américas. Dos años después ganaría el premio de poesía del certamen con Ventana y otros relatos (1969), un poema que es casi un “cadáver exquisito” sobre su experiencia en ese país que acababa de ser invadido por la URSS un año antes.

En resumen, Dalton vivió en la Cuba en la que se formaron instituciones culturales que fueron las más importantes de América Latina: Casa, la Cinemateca de Cuba, el Ballet Nacional de Cuba, el Instituto del Libro, mientras la isla era visitada constantemente, como un memorable hervidero cultural, por Julio Cortázar, Juan Gelman, Eduardo Galeano, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Jorge Amado, Benedetti, Ernesto Cardenal, García Márquez, Rodolfo Walsh, Asturias, entre otros que dialogaban con intelectuales cubanos como Roberto Fernández Retamar, Lezama Lima, Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Tomás Gutiérrez Alea, Cintio Vitier, Fina García Marruz. Y en busca de información y testimonios allá fui, a La Habana. Por supuesto, ya algunos intelectuales habían dado el tránsito a otra geografía e ideologías. Heberto Padilla ya era un poeta disidente. Algunos habían fallecido. Pero llegué a Casa, caminando desde un hotel que había visto en una película de antes del ’59, sin invitación, con mi cara fresca y mi timidez. Cuando pedí ver a Fernández Retamar una gentil empleada entró a su oficina. En par de minutos salió y me anunció que el director me recibiría. Me senté en un banco que había en el vestíbulo y lo vi salir de su oficina, veloz. Ya fuera del edificio cruzó la calle. Supongo que fue a buscar un café en el hotel Presidente justo al cruzar la calle.

De izquierda a derecha, Heberto Padilla, Roque, Guillermo Gómez.

De aquel grupo de intelectuales con los que hablé, recuerdo con mucho cariño a Cintio Vitier y Fina García Marruz. Gente de una cultura enorme y de una bondad sin límites. Ellos, como católicos, fueron amigos de Roque, marxista heterodoxo, y compartieron anécdotas sobre esos graciosos desencuentros. Sí, muchas de las anécdotas sobre Dalton estaban aderezadas por chistes.  También fue muy amable la bibliotecaria en la Biblioteca Nacional que me obsequió un ejemplar de la monografía histórica de El Salvador que escribiera el bardo. Nunca me perdonaré haber olvidado su nombre.

Mi última conversación, un día antes de regresar a México, fue con uno de los hijos del poeta, Jorge Dalton. Esto lo he contado muchas veces pero ustedes nunca han leído nada de lo que he escrito y aquello que escribí no está en el archivo electrónico de Claridad. Así que, lo repito. El cineasta tenía mi edad. Tuvimos una amena conversación en la que me narró muchas anécdotas sobre su padre, así como cuestiones relacionadas con la creación poética, o más bien, cómo escribía su padre, en qué condiciones, en qué maquinilla -que lanzó por la ventana en más de una ocasión-. Cuando nos despedíamos, Jorge me pidió que no escribiera la tesis sobre Roque. Sobre él había escrito mucha gente y seguirían escribiendo. “Para serte franco- me dijo- yo no he leído a ningún poeta puertorriqueño. No conozco esa literatura. Ahora te conozco a ti, pero ni siquiera he leído nada que hayas escrito. ¿Por qué no escribes sobre la poesía puertorriqueña y me lo envías?” Nos reímos. Estreché su mano. Nunca me volví a comunicar con él y estoy seguro de que no recordará esta anécdota. Pero le hice caso. Escribí una tesis sobre poesía puertorriqueña hace 30 años y le he dedicado la vida a estudiar, difundir, publicar, poesía puertorriqueña.

Dos años después de aquella conversación con Jorge Dalton, me invitaron como poeta joven a un evento internacional en La Habana. Allí sí pude conocer a Fernández Retamar a quien admiraba además como poeta. No me pareció correcto recordarle como me había dejado esperando en aquel banco como un bateador emergente a quien el manager olvida darle un turno. En aquel entonces, 1990, ya se había tomado el cafecito. Hasta bebí una copa de vino junto al director de Casa de las Américas y todos aquellos poetas latinoamericanos. Me imaginé que allí estaba Roque, siempre de 39 años, contándonos un chiste. Recuerdo esto y pienso, diablos, pobrecito poeta que era yo.

Roque junto a sus hijos, Juan José, Roque, hijo  (muerto en combate en 1981) y Jorge.