Cómo la guerra llegó a Río Piedras (1935-1936)

En Rojo

En la noche del 5 de junio de 1936, el policía Orlando Colón murió a causa de tres heridas de bala en el momento en que se disponía a subir la escalera que conducía a su santo hogar. Su esposa y su cuñada lo esperaban en el último escalón. El policía no llegó a abrazarlas.

Las autoridades fueron a buscar al Dr. Basilio Dávila a Hacienda Serena. Tuvieron que bregar con el ataque de varios gansos. Como se sabe, las ocas joden más que los perros guardianes, quizás porque son melancólicas y el cuerpo les pide estar en las zonas templadas de Europa en donde protagonizan algunos cuentos y poemas.

 El doctor poseía catorce cuerdas en el Río Piedras rural. Se las había regalado un terrateniente norteamericano -veterano de la Guerra Hispanoamericana- en agradecimiento por haberle salvado un hijo a quien sacaron del agua con algas en la boca allá en la playa de Vega Baja.  La policía conocía bien el terreno. Luego de cruzar el alambre de púas de la entrada y de pelear con los gansos sin disparar al aire llegaron al palacete de la hacienda y llamaron a la puerta. Dávila les recibió en la sala como si fuera al Casino. Traje azul marino, calzado fino y sombrero, sin duda de González Padín. Médico de familia, en vista de que no había especialistas, él haría la autopsia. Que ese palacete fuera tan fuera de serie y sirviera hasta de escenario para telenovelas mejicanas no viene ahora al caso.

Por esas horas, en otro terreno en Río Piedras, arrestaban a Carlos Marchand Paz. No era un desconocido para la policía. Vivía con otros tres facinerosos en una casucha de la finca propiedad de un nacionalista. Allí criaban cerdos, cuidaban cinco vacas, sacaban yautías de la tierra. Marchand aquella mañana de su arresto llevaba la cabellera negra peinada con brillantina Halka, inscrita por un Italo-puertorriqueño de apellido Molinari y que se convirtió en marca de todo galán insular. Que Marchand se peinara como un jugador del Hipódromo Quintana es una sugerencia de mi entera responsabilidad. Lo que sí es cierto es que el juicio contra el joven -veinte años llevaba en su partidura- comenzó en apenas una semana.

La teoría del fiscal -Romany- era que en la noche del crimen el acusado -Marchand Paz- acechó y siguió de cerca al policía mientras éste se dirigía a su hogar. Cuando el uniformado se disponía a subir por la escalera o había ya subido varios escalones, el alegado asesino le hizo dos disparos que le hirieron mortalmente, y que mientras caía en brazos de su esposa, le disparó e hirió por tercera vez. Ese elemento dramático que traía el fiscal le daba al trágico suceso un aire de cine noir norteamericano a la historia. Alguien puede decir que en el 1935 no había ese tipo de cine. Tendría que decir que no y que sí. Porque la verdad es que John Huston dirigió El Halcón Maltés en el 1941, con el cara de póker, Humphrey Bogart y Mary Astor. Pero la primera versión en el cine es de 1931 con un actor que todo el mundo pensaba era mexicano -Ricardo Cortez- pero cuyo verdadero nombre era Jacob Krantz y era judío, de Nueva York. Además, la novela de Dashiell Hammet es del 1930. Pero volvamos a la historia del policía de Río Piedras.

Del testimonio del Dr. Basilio Dávila se desprendía que el interfecto fue atacado por la espalda y que tres balas le penetraron en el cuerpo. A esa conclusión pudo haber llegado el retén del cuartel de Rio Piedras, pero el que tenía 14 cuerdas, un título de doctor y una mansión era don Basilio.  El asunto es que la teoría de Romany se sostenía con la pericia de quien practicó la autopsia. Carlos Marchand Paz habría disparado al guardia mientras este subía las escaleras.

¿Cuál fue el motivo? Sí, porque usted no le mete tres tiros a alguien que va subiendo una escalera porque sí. El fiscal lo tenía bastante claro: el acusado era nacionalista. Mencionó al señor Rafael Burgos que tenía en arrendamiento la finca Los Calocas, a la salida de Rio Piedras, y en donde el acusado Carlos Juan Marchand Paz vivía junto a Cesar Barreras y Antoni Moreau. La defensa usó esto a favor del acusado. Los tres se quedaban en una choza rústicamente construida, dedicándose  a la siembra de frutos menores y al cuido de cinco vacas y un becerro propiedad del Sr. Burgos. Eso no es un crimen.  El fiscal no creía que eran unos jornaleros, no se crean. Decía que tanto el señor Burgos, como los tres jóvenes antes mencionados, pertenecían, según testimonios presentados, al Ejercito Libertador del Partido Nacionalista .  Pero la defensa ripostaba. Vivir en una finca, sembrar frutos menores, cuidar un becerro, pertenecer al Ejército Libertador no te convierten en un asesino.

Para demostrar el probable estado de ánimo del acusado poco antes de la muerte, el fiscal se propuso ofrecer prueba de “unos disparos” que tuvieron lugar en Río Piedras en octubre de 1935 -ocho meses antes de los disparos en la escalera que causaron la muerte de Orlando Colón- y a consecuencia de los cuales cuatro o cinco miembros del Partido Nacionalista fueron muertos por la policía.Cuatro o cinco, habría dicho el fiscal.

Carlos Marchand Paz se levantó de su silla y preguntó si era posible aclarar que era eso de “unos disparos”. No ha lugar. El Fiscal se refería al 24 de octubre del año anterior, 1935. La policía insular asesinó ese día, casi frente a laUniversidad de Puerto Rico, a los nacionalistas Ramón S. Pagán, Eduardo Rodríguez, Pedro Quiñones y José Santiago. El único nacionalista sobreviviente, Dionisio Pearson, fue acusado de asesinato, atentado contra la vida, portación de armas e infracción a la Ley de Explosivos. Esa es otra historia.

Se alegó que el día de esa masacre, Carlos Marchand estaba por los alrededores. Los policías, una vez realizaron la masacre, entre la celebración y el llamado del deber, descuidaron la escena. Marchand se acercó y creyó ver que uno de los abaleados estaba vivo. Se acercó. El herido alcanzó a decir “toma el reloj”. Otra frase se ahogó con la sangre y solo alcanzó a escuchar “don Pedro”. Aflojó la correa del reloj del herido y se lo hecho al bolsillo. “¡Hey, ¿qué carajo hace?” Habría preguntado a gritos el policía Orlando Colón, apuntando su arma. “ Creo que está vivo”, dijo Carlos. “¡Qué va a estar vivo!” Lo movió con el pie. No. Ya no estaba vivo. El único que estaba vivo, como ya se ha dicho, era Dionisio Pearson. Y como se acercaban ya varios curiosos no hubo oportunidad de rematarlo. La señora que vivía justo en el edificio frente al cual ocurrió la balacera había salido a la calle. Lo había visto todo.

Marchand, entonces, podía haber identificado a Colón. Lo tuvo de frente. Cerca. Éste le había apuntado con su pistola. El fiscal pudo apropiarse de esa suposición. Lo cierto es que se alegó que al ser arrestado, en diciembre de 1936, Carlos Marchand entregó al periodista Enrique Ramírez Brau el reloj de uno de los nacionalistas muertos en Río Piedras, José “Pepito Santiago, con las siguientes instrucciones:

game el favor de entregarle esto a don Pedro Albizu Campos; le dice que ése es el reloj de Pepito Santiago, que se lo envía Carlos Marchand Paz”. Ramírez Brau era periodista, historiador y poeta modernista. Estaba en todos los lugares importantes en los momentos más adecuados. O inadecuados, según sea el modo de interpretar los sucesos. Pocos meses antes, 23 de febrero de 1936, y mientras atravesaba la calle frente a la iglesia en el Viejo San Juan con una gallina en una mano y su hija en la otra, habría saludado al Jefe de la Policía Insular, Elisha Francis Riggs. Este lo invitó a almorzar, pero la gallina que llevaba el periodista poeta era más urgente para el almuerzo familiar. Poco después, Ramírez escuchó un disparo. Como el veterano periodista era de los de antes, corrió. Es decir, corrió hacia el lugar de donde venía el disparo. Pudo ver el cadáver de Riggs como un maniquí mal puesto en el asiento trasero de un auto. No había  nadie arrestado en los alrededores así que volvió a correr. Esta vez se dirigió al cuartel del Viejo San Juan y entró intempestivamente. Lo que vio allí es otra historia. La que trato de narrar es ésta, de cómo le entregaron el reloj de Pepito.

Carlos Marchand Paz, luego de alegar su inocencia, fue llevado a juicio el 11 de diciembre de 1936, y siete días más tarde convicto por un jurado del delito de asesinato en segundo grado. La Corte de Distrito de San Juan, luego de declarar sin lugar una moción de nuevo juicio, le sentenció a veinte años de presidio con trabajos forzados. Ese no es el final del asunto. Quedan cabos sueltos. A mí no me corresponde atarlos.

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