Crónica por Elizam

 

Por Áurea María Sotomayor

Quizá la primera vez que escuché su nombre fue en una casa de Guaynabo rodeada de bosque, poesía y música. Y después fueron las cartas que venían de la cárcel, una de las tantas por las que pasó, en Oklahoma. Eran cartas diferentes, saturadas de dibujos a colores y una letra apretada y elegante donde discutía de todo, aunque principalmente arte y teoría política. Sus ensayos sobre Nietzsche, Marx y estética en Nómada o en Postdata formaron parte de la intensa discusión que en esa época se hacía en torno a los tiempos de la posmodernidad. En ellos, Elizam estampaba su afirmación ética del arte como liberación. Lo explorado a lo largo de su vida fue la potencia simbólica del arte. Precisamente ahora que hace apenas veinticuatro horas de su fallecimiento me viene a la memoria su ensayo “El poder heurístico del arte”: “Uno debe olvidarse de sí mismo, porque la obra será el ser mismo: el ser mismo como la obra, el poder mítico del arte que traspasa todos los obstáculos. Mi existencia cotidiana –el todo– es irrelevante comparada con la nada de la obra de arte, la cual, sin embargo, es el único algo verdaderamente importante de eso que de otro modo no es sino una existencia desperdiciada.” A partir de esa afirmación elaboro en mi ensayo “Lo preso” la figura del cuerpo yacente recurrente en sus auto-figuraciones, porque atañe al retrato que podríamos extraer de quien fuera el artista y patriota que puso en su obra el ser. “En la prisión, como en la soledad, se experimenta el valor a extraer de esa misma soledad, y la necesidad que es asumir el cuidado de sí en una especie de sobrevivencia activa desde donde se cuestionan la postura de víctima y la actitud compasiva que proviene de afuera. Desde la prisión el encarcelado crea un yo transfigurado, probablemente también porque, velado y observado el cuerpo, este deviene un objeto para sí mismo, logrando trascender el ego. Desde ese lugar se construye la resistencia del espíritu y la capacidad del humano, en este caso, un artista que adopta otras formas de la soberanía encarnables en el arte.”

La antepenúltima vez que vi a Elizam Escobar fue para el homenaje que se le hiciera en el Museo de Arte Contemporáneo o antigua Escuela Labra en Santurce, cuando se conmemoraba su cumpleaños. La penúltima fue en su casa antes de la pandemia, a donde acudí varias veces para entrevistarlo, aunque nunca pudimos acordar la fecha perfecta. La enfermedad no daba tregua y siempre fue difícil.  Las últimas veces, aunque no lo sabía, fueron apenas hace unos dos meses a través de varias conversaciones que sostuvimos por teléfono relacionadas con la portada suya que lleva la Antología de Poesía Puertorriqueña de la Biblioteca Ayacucho (el deslumbrante retrato de una joven y desafiante Julia de Burgos) y las fotos que tomó de sus pinturas para que aparecieran en las páginas de mi ensayo “Lo preso”, que se publicará en La Habana muy pronto. Allí interpreto varias de sus pinturas, así como su obra poética y su posición estética. Me entristece que no las haya podido leer, como tampoco pudo leer Adal, otro gran artista y fotógrafo, lo que escribí sobre una de sus series. ¿A dónde se van nuestros muertos más queridos? ¿Será que debemos darnos prisa siempre?

Elizam fue una persona extremadamente generosa, con la sonrisa a flor de piel. Fue de esos seres que se agotan en un presente tan intenso que parecería no existir el tiempo de mañana. Elizam lo hacía todo casi inmediatamente, como si se le fuera a agotar el poco tiempo del que dispone un cuerpo condenado a la muerte. Esa fue mi percepción siempre que le pedía alguna colaboración. Cuando le solicité su dibujo precioso de José María Lima, allí estaba, así como su ensayo y todas las otras cosas, es decir, los mensajes, las colaboraciones. Y una vez Elizam entregaba algo de su belleza, no había preguntas impertinentes; solo existía el envío desprendido. La evidencia lo eran sus poemas, un ensayo sobre Lima, sus pinturas digitalizadas para documentar, no un libro, sino un proceso de vida cuyo emblema fue la solidaridad en la cultura, en la amistad, en las causas justas. Siento que le pedí muchas cosas a Elizam, a pesar de que no nos unía una amistad de todos los días, en el sentido estricto de la palabra. (De hecho, nunca lo escuché cantar, como sí lo disfrutaron muchos amigos y amigas.) Estoy segura, sin embargo, que sabía que trabajábamos con el mismo afán y pasión por algo que no podemos dejar morir y que siempre debe florecer. Es lo que nos une a aquella casita y a las personas que vivían en ella: Juan y Consuelo. Si puede trazarse alguna genealogía, habría que comenzar ahí. Creo que a Elizam le angustiaba el mañana y temía, al final de sus días, no terminar a tiempo. Esa disciplina que lo armaba, pienso, es la marca de la resistencia al espacio carcelario, donde otro nos intenta censurar, destruir y anular, intentando aniquilar nuestro tiempo. Pero si se está alerta, como hizo Elizam, el tiempo solo le pertenece a uno. Y él lo amaestraba a su necesidad, que era un perpetuo trabajo por la patria, en todos los sentidos. La patria del arte, la patria del amor, la patria del trabajo. “Alabanza”, como diría su maestro, a ese arrebato feroz de amor y de trabajo que fue su vida.

 

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