Cuando una palabra suya bastaría para sanarme

Por Zahira Mabel Cruz/ Especial para En Rojo

Aspirar siempre a la verdad es aspirar a más. Así funciona la ley del deseo. Y yo diría que dependemos del deseo para preservar nuestras vidas. Para poder decir que vivimos no solo porque existimos, sino porque ejercemos la vida. El deseo es un motor. La verdad es un anhelo digno y un asunto gnoseológico. Hay que creer aunque sea creyendo en que se cree.

Dice Fígaro, heterónimo de Mariano José de Larra, en su artículo periodístico “La Noche Buena de 1836”, que “el corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer”. Es cierto que hablar de verdades es hablar de agua entre los dedos. Pero también es cierto que las necesitamos para soportar la vida. Verdades o mentiras, da igual, siempre serán la misma cosa en algún momento dado y, en algo hay que creer. De todas formas la verdad es el deseo y la tentación insatisfechos. Somos seres concupiscentes y la concupiscencia es nuestro castigo. Somos Tántalo con el agua hasta el cuello, sedientos y sin poder tomar, hambrientos con la fruta prendida a una rama, a la altura de nuestras bocas y sin poder comer. Podríamos decir que estamos condenados al “tan cerca y tan lejos”; al “mira y no toques”; condenados a los espejismos y por ello al pendejismo —que en este caso siempre debemos asumir con dignidad—. Aspirar siempre a la verdad es aspirar a más. Así funciona la ley del deseo. Y yo diría que dependemos del deseo para preservar nuestras vidas. Para poder decir que vivimos no solo porque existimos, sino porque ejercemos la vida. El deseo es un motor. La verdad es un anhelo digno y un asunto gnoseológico. Hay que creer aunque sea creyendo en que se cree. Y aunque yo, y muchos otros, nos burlemos de los que creen —porque hay creencias que sobrepasan mi capacidad de comprensión— nadie debería tomarse la libertad de quitarte las esperanzas. Esa, a veces, podría ser la última —y por eso la mayor— crueldad. El camino del desengaño se recorre solo, se aprende solo aunque muchos vayan a tu lado. Pero también, a veces llevamos cosas tan adentro, tan metidas en la médula de los huesos, tan enterradas en lo profundo de la conciencia y la inconsciencia, que son como verdades que te salvan o te pierden, aun en el último aliento de tu vida. Que te salvan o te pierden para la muerte pero que una sola palabra bastaría para la resolución. A decir verdad —pactemos en que podemos decir algunas—, todos aspiramos y necesitamos redención. Y la redención se trabaja para uno y por uno mismo. Tal vez consiste en aferrarse a verdades o en liberarse de ellas, no olvidemos que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Creo tanto en la enmienda de los errores como en el arrepentimiento, aunque a fin de cuentas el segundo no sea un sacwrificio ni un resarcir, sino lo único que tenemos cuando ya no hay nada que hacer. Sin embargo, el deber nuestro es enmendar, o al menos intentarlo. Y los errores no se enmiendan con un “Padre Nuestro” y Tres Ave María”, sino que se pagan con creces. ¿Cuáles serán estas? Solo uno sabe. 

El padre Rentería, el de la región de Comala, el de la novela Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo, le quitó las esperanzas de redención a muchos de los pecadores de su pueblo y al hacerlo, descubrió que perdía las suyas. Llegó a sentirse un hombre malo. Le faltó el sueño, se sintió culpable. El padre Rentería, entre otras cosas, fue inmisericorde, no intercedió por los pecadores para con Dios. Les negó la calma, el perdón, la paz; él, quien se supone era el más cercano a Dios de entre todos los demás habitantes de ese pueblo fantasma. Él, que debía ser la única certeza, la llave para la liberación sosegada de ese mundo tan arruinado, tan consumido, le aseguró a Dorotea que por sus pecados jamás conocería la Gloria. “Que ni siquiera de lejos la vería…”. Ella sabía que había sido cosa de sus pecados, pero él no debió habérselo dicho, porque “Ya de por sí la vida se lleva con trabajos. Lo único que la hace a una mover los pies es la esperanza de que al morir la lleven a una de un lugar a otro; pero cuando a uno le cierran una puerta y la que queda abierta es nomás la del Infierno, más vale no haber nacido…”. La salvación y la condena al final, tal vez, solo dependan de una palabra. Por eso, el día cercano a nuestra muerte, ojalá tengamos cerca a un Amigo, sólo él nos abriría las puertas del cielo.