Cuatro rounds en la vida del Torpedo Joe*

 

Por Francisco (Pancho) Velazquez

1. UN MALENTENDIDO POR POCO HUNDE  TORPEDO JOE

Mi nombre profesional era Torpedo Joe Navarrete. De eso va mucho tiempo.

Era zurdo natural, pero peleaba como derecho; eso casi nadie lo sabía. Además era mañoso, quebraba bien el cuello y la cintura y podía cargar quince asaltos con la izquierda.

Tenía un uppercut que ni se veía. Me manejaba bien las sogas, abrazaba y te empujaba, entonces daba un pasito atrás y te zafaba el upper neto al mentón que te arrancaba la cabeza y tú ni lo esperabas porque estabas atento a mi derecha.

También tenía un gancho asqueroso que te despertabas desconectado en el camerino. De ahí el médico de la comisión te montaba en la ambulancia directo al municipal.

Me decían Torpedo Joe porque había estado en la base de submarinos en Connecticut. Fui campeón welter de la flota del Atlántico en el 45, y cuando llegué a Puerto Rico, en octubre, retomé mi oficio como mecánico de bicicletas. Trabajaba las Schwinn y las Williamson, las armaba, las reparaba en la tienda que estaba frente a la plaza Dársenas.

A decir verdad, no había mucha plata en eso y entrar a la vocacional no era. De manera que volví a boxear; en verbenas, en patronales y hasta en las clandestinas donde había buenos chavos. Bobby Maina, que era manejador, estaba en aquel sótano de Villa Palmeras la noche que le tumbé tres dientes a un muellero que me llevaba treinta libras y hubo que frotarle la planta de los pies con alcanfor para que despertara. Cobré cincuenta pesos, pero estaba 7-1 y recogí de la concurrencia que me respaldó más de doscientos.

Maina me sacó licencia como peso mediano y me dio dos mil pesos.  Me prohibió pelear en ferias y en sótanos…y el taller de las bicicletas.

Me conseguía peleas por las islas, San Thomas, Santa Cruz, Santo Domingo, Barbados. Tuve una pelea en Cuba y dos en Caracas. Esas fueron un desastre porque tuve que ir a la distancia con Sandford James, un mulato de la guyana inglesa en pelea y revancha y perdí ambas.  Yo era un mediano natural que a veces bajaba a 47 y allí nadie me duraba cuatro asaltos, que era todo lo que yo aguantaba por la baja en peso. Pero retenía la pegada de 54, por eso mataba en el tercero o el cuarto temprano.

Me tiraba la buena tela y compré un De Soto del ’42, amarillo. El resto lo metía en el banco. Llegué a tener cinco mil pesos en ahorros. Pensé comprar una casa en Roosevelt pero mientras, vivía en una casita en la calle Colton. Era personalidad en la vecindad.

Estaba en la papa. Oficialmente contaba 30-2 y 26 nocauts.

Tenía 24 años sin vicios ni mujer jodona. Era amigo de las putas y la música de tríos. No fumaba y bebía muy poco. Ocasionalmente salía mi foto en El Mundo y en El Imparcial cuando tenía peleas ajustadas. Entonces en noviembre contactaron a Maina desde Nueva York por cable y me consiguió una pelea en el Garden el 23 de diciembre de 1949. Maina me mandó el pasaje y me consiguió alojamiento en un boarding house. El contrario, un tal Bobby Salvatore, iba subiendo y necesitaba un tune up fight con un desconocido from out of town. Estaba invicto y parecía que también conectado.

Pero Maina entendió mal. Saber inglés es una cosa y hablar con un italiano azaroso, cigarro en boca, no fue su momento mas iluminado. Se llevó a un pariente suyo del Bronx que entendía. El manager de Salvatore se parecía a Jimmy Durante. Hablaba sin parar de los planes que tenía para su pupilo y cómo necesitaba un rival que no fuera flojo. De ahí saltó a decir:

–He tanks on the fourth.

Y el interlocutor le dijo a Maina: Se tira en el cuarto asalto.

Maina asintió, firmó el contrato y se llevó un sobre con cinco mil pesos.  Yo llegaba a las cuatro y me fue a buscar a La Guardia con un coat.

–Un paseo; él tira la pelea en el cuarto asalto, me dijo. Mostré sospecha.

–No me mires así. Pasó con Cerdan y el Belga antes de la revancha con LaMotta. Perdió a quince asaltos y luego peleó de nuevo y ganó en quince. Eso endulza el pote. Tira la pelea contigo, se forma la interrogante, entonces le consiguen otro rival y lo revienta en el primer asalto. La prensa dice que tuvo una mala noche contigo y le tomará diez peleas cuadrar una titular.

Ah, no lo maltrates, acuérdate que tiene cinco peleas menos que tú.

–No jodas, Maina. Cuánto traes?

–Me dieron cinco mil pesos. Te doy lo tuyo después de la pelea.

–No, dámelos ahora.

–Es que te desorejas Torpedo.

–Viene acá, dije extendiendo la mano.

Fui al correo y abrí una cuenta de banco con dos mil pesos. Retuve alguito para algún puteo post pelea.

Estuve dos semanas en Stillman haciendo saco y pera y guanteando con gente de allí. No hablaba con nadie. Hubo prensa en el pesaje y me hice que no sabía inglés. A El Diario le dije cuatro pendejadas del señor de los cielos y mi fe ciega en él.

La situación tenía un acento de peligro. Tres días antes de la pelea fui a un army and navy store y compré un abrigo y un uniforme de invierno usado. Era de los de gala y me caía pintado; también compré un par de zapatos militares nuevos. El día de la pelea lo metí todo en un duffel bag grande, las cosas de la pelea, la libreta de depósito postal y un escapulario de San Judas que era el santo a quien mi mamá me encomendaba.

Llegué al garden temprano. Maina ya estaba allí esperándome. Me cambié la ropa de calle y me puse la trusa blanca y zapatillas negras. Guardé el traje, el coat y el sombrero en el duffel bag. Encima del uniforme de marinero. Hice sombra y aflojé los músculos del cuello.

–Esto no me gusta, Bobby.

–Tranquilo. Es una pelea más.

–Pero esto es el Garden, no es Santurce. No conozco a nadie aquí.

–Pero yo sí.

El oficial de la comisión supervisó el vendaje y entregó los guantes. Firmó el esparadrapo y salió con nosotros.

Era una pelea de semifondo a diez asaltos. Subí y por poco me matan en el primero. El upper no era opción. Salvatore había aprendido de los mexicanos el truco de hincar el mentón cerca de la clavícula y no había forma de conectarle. Me salvó la campana de un derechazo que casi me afloja las muelas. Lo sentí hasta en las entretelas del culo.

Se confirmaron mis peores sospechas.

En la esquina le pregunto a Maina:

–Tú entendiste bien? Porque ese pendejo no tiene pienso de caerse en el cuarto, digo, si sigue pegando así.

–Pues tendrás que arreglártelas y tumbarlo tú. Báilale y aléjate de la piedra que tiene en la derecha. No se te ocurra irte a las sogas.

En el segundo no sufrí averías mayores, pero perdí el asalto y no asumí mi altura. En el tercero lo toqué con un gancho, medio pocillo, y lo hice trastabillar un poco. Entonces fallé dos derechazos y nos maltratamos en el cuerpo a cuerpo hasta que sonó la campana.

Salí a matar en el cuarto asalto, pero con cautelas. Salvatore no cedía ante el ataque y se recuperaba al instante. Intenté cortarle el paso en el cuadrilátero, pero se escabullía como un conejo.  Me tumbó en el primer minuto con una derecha neta. Me acogí al conteo reglamentario.

Faltando minuto diez, supe que Maina no había entendido las instrucciones, que este hijodeputa no tenía intenciones de tirar la pelea.

Le conecté dos jabs como puñales y lo saqué de balance. Entonces encajé el gancho, esta vez a pocillo completo y lo crucé con la derecha. Clásico. El italiano cayó redondo, como muerto. El referí le quitó el bucal y llamó al médico de la comisión porque movía involuntariamente la pierna derecha.

Hubo aplausos y el referí me alzó el brazo. Miro a la esquina de Salvatore y me fijo en un señor que veía en Stillmans a cada rato.  Asentía con la cabeza con cara de querer matarme. Arranqué para el camerino.

A mitad de camino miré hacia atrás y vi a dos gorilas interceptar a Maina.

A la entrada del pasillo hacia los camerinos había dos guardias de alquiler velando para que nadie pasara. Me dieron paso. Cerré la puerta del camerino con seguro. Ni me duché. Corté  como pude los vendajes y me vestí de marinero. Me calcé los guantes nuevos y saqué dos cilindros de plomo del peacoat. Los empuñé. Oí cuando tocaron a la puerta.

Cuando abrí estaban allí, los dos que le habían cortado el paso a Bobby Maina. Se confundieron un instante al verme de uniforme.

–Cant come in. He’s in the shower .

Entraron de todos modos.

El primero en reaccionar fue el que estaba a su derecha, se tocó el pecho y dijo:

–Come with us.

Intuí que iba armado; su socio fue más explícito mostrando una .45 en la cintura.

Miré al de la derecha, luego al de la izquierda. Sin amor a putas ni temor a cabrones repetí el gancho contra el primero, cuya cabeza rebotó como un melón en la pared de cemento. Noté que el de la izquierda se echaba hacia atrás e iba a por su pistola, pero le di un pisotón en el empeine y le encajé un upper en el mentón antes de que se hiciera con el arma. Ambos rodaron por el suelo. Los examiné detenidamente. El del doble golpe a la cabeza tenía un futuro de cuartos oscuros y jaquecas por seis meses; el otro tenía la mandíbula rota en dos partes. Sopas con sorbete por tres meses antes de comer sólido.

Recogí las armas y las eché en un zafacón. Entonces les di la espalda y cerré la puerta tras de mí. La zurda me dolía como el carajo.

Los guardias a la salida ni siquiera repararon en mí, un marinero con un duffel bag, quizá acompañante de un boxeador que tan pronto salió del Garden cruzó la calle hasta Penn Station. Compré un boleto para New Haven en Connecticut. Pensaba llegar a New London, donde está la base de submarinos. Allí  conocía gente, la base, las barras y los puteros. Nadie me buscaría allí.

2. SE VA A LA HUIDA 

TORPEDO JOE

Tenía trescientos setenta pesos conmigo y dos mil en cualquier correo. El plan b se iba tirando.

En un Salvation Army, por seis pesetas, compré tres camisas de franela y dos pantalones de faena de medio uso. Me cambié allí mismo y doné el uniforme y los zapatos que llevaba, que era ilegal usarlos, menos el abrigo y los guantes que eso no le hacía. Conseguí unas botas casi nuevas de invierno un poco sueltas –hacía un frío del carajo—y retuve el traje de calle y el coat y los zapatos de vestir en el duffel bag. Antes de salir compré un sombrero que había estrenado algún muerto.

De modo que para las dos de la tarde de la víspera de Navidad estaba vestido de obrero en un coffee shop, leyendo la crónica deportiva del New York Daily News que daba cuenta de mi sorprendente victoria contra el favorito que era prospecto en el escalafón mediano. Estaba en cuatro párrafos largos y mencionaba el detalle de dos hombres que fueron golpeados en el camerino. Añadía el cronista que me había tragado la tierra, que no aparecía por ningún lado.

La Policía encontró las armas. Los agredidos decían no recordar nada ni reconocían la procedencia de las armas que de todos modos estaban en un zafacón, no en sus personas.

De Salvatore un párrafo, en recuadro al final de la historia. Decía que se mantenía vivo pero en estado de cuidado en un hospital privado.

Guardé la página del Daily News en el bolsillo del abrigo. La historia llevaba una foto de estudio de Bobby Salvatore y otra, más destacada, de cuando le encajé el primer gancho que le hizo trastabillar en el tercer asalto. El intertítulo de los párrafos decía “upset in the prelim”.

Caminé bajo nieve hasta la calle Chelsea que ya conocía. Había media docena de casas que alquilaban habitaciones. Llegué al 323, donde viví dos meses luego del licenciamiento en lo que me asumía. Todo seguía igual con la excepción de un aire de esmero vecinal y de carros más nuevos en las calzadas.

El dueño de la casa se acordaba de mí y por leche tenía una habitación de segundo piso. Me preguntó si todavía boxeaba. Le dije que sí pero que no había tenido mucha fortuna.

–Era welter, ahora soy mediano y esa división es difícil.

–Cierto, hay mucho pegador; La Motta, claro, Cerdan se murió.

–¿Cómo esta la situación de trabajo?

–Trabajo hay, depende qué sepas hacer.

–Fui troquelero en el Navy y antes era mecánico de bicicletas y de Whizzers.

–De lo primero hay en Hartford, de lo segundo poco. Ya las bicicletas que se iban a vender se vendieron hoy. Creo que hay un taller que las repara en la calle Federal, queda cerca de un gimnasio.

Buen tipo el casero. Le pagué un mes por adelantado y me invitó a cenar por ser Nochebuena. Hizo un pavo al horno y lo adornó con más mierda que un pozo muro. Lo puse en antecedentes en la sobremesa, la lengua aceitada por un litro de wild turkey. Le mostré el recorte del Daily News; el anfitrión lo leyó detenidamente.

Sacó un cigarro de la petaca. Se escuchaban coros por la vecindad cantando villancicos y la mezcla de algunos programas de variedades en las radios. Las casas iban bastante pegaditas.

–Entonces, mandaste un tipo al hospital. Lo del camerino no lo entiendo, pero presumo que tuviste que ver con eso. Estás huyendo.

–No. Estoy de vacaciones en un sitio conocido donde pasé cuatro años y que nadie asocia conmigo. No conozco a nadie en Nueva York. Quiero descansar un poco.

–Entiendo. Podías estar en tu país fiesteando, pero decides venir aquí en víspera de Navidad a comer pavo con un viudo, porque puede haber gente en La Guardia o en el terminal de Grand Central con el Daily News bajo el brazo. No es bueno huir, pero aquí estás seguro. Descansa un tiempo y luego vete a Chicago o a Wisconsin. Allí hay fábricas de bicicletas y un matón de Nueva York sobresale como un obispo en un baile de putas.

…y aléjate del boxeo, ni gimnasio ni smokers ni carteleras que las hay por todas partes. Tienes 24 o 25 años. Estudia algo con la mesada militar.

Esperé a que terminara el cigarro. Me despedí al pie de la escalera.

— Feliz Navidad.

Pasé una semana descansando. Almorzaba y cenaba en los restaurantes del vecindario, donde siempre había una que otra mesera que recordaba. Eran mujeres jóvenes y guapas de por allí. Dos de ellas me atendieron. Una me preguntó si volvía para quedarme, la otra me reprochó que en estos años ni siquiera una postal.

Leía uno que otro diario de Nueva York, buscando secuelas a mi historia y a la del muchacho que seguía en coma. Me pasaba las tardes escuchando la radio de la sala. El casero era dueño de una pequeña gasolinera que abría a las seis de la mañana y llegaba sobre las siete de la noche a la casa.

El 31 de diciembre gasté un dron de pesetas en un teléfono público y llame a Gabriel Tejera, un cronista deportivo que conocía en El Imparcial.

–¿Qué pasa Navarrete?

–Tú has visto a Bobby Maina?

–Anoche, en el Blue Moon. Te está buscando hace una semana para darte un dinero. Parece que firmó a otro boxeador porque andaba con un tipo que parecía un caterpillar con dos brazos.

–¿Te contó de la pelea?

–Me contó del nocaut y que el muchacho sigue en el hospital. Me dijo que te fuiste sin verlo y sin cobrar. ¿Pasa algo?

–Nada pasa. Dile que si lo veo lo mato.

–Carajo…

Colgué el teléfono.

Al menos Maina salió con el pellejo intacto, tan tan que andaba de putas y tragos. Por la noche, le dije al casero que tenía que hacer una llamada a San Juan de madrugada y le adelanté veinte dólares. El casero asintió. Me ofreció whisky.

–Se terminó el año y la década. Brindemos, dijo. Se bebió media botella mirando la foto de su difunta esposa en la mesa del centro. Le di las buenas noches y lo dejé en su tristeza.

A las dos llamé a Maina. Lo agarró un tal Nicky al tercer timbre.

–Maina.

Lo escuché cuando despertaba a Maina, que contestó azorado.

–¿Si?

–Cuéntame qué pasó, Bobby.

–¿Dónde estás?

–Eso no importa. Feliz año nuevo.

–¿Por qué te fuiste sin esperarme?

–Porque los dos matones que te interceptaron vinieron al camerino armados.

–Los mandé a buscarte, me interceptaron para que conversara con el manager del muchacho. Me enteré que los manoseaste un poquito.

–A Dios que me dio esa bendición; tú le hubieras dado el culo, so maricón. Además, el manager me miró con ganas de matarme.

–Eso fue de admiración…ese gancho tuyo…le salvaste la noche.

–No entiendo un carajo.

–El me explicó de nuevo a mí y a mi compadre que su pupilo no quería tirar la pelea o que dijo que sí y después que no o algo así. Se suponía que la tirara porque había otros planes. Apostó a ti de todos modos, pero agonizó por cuatro asaltos porque Salvatore no quería zambullirse.

–Carajo. Pobre muchacho.

–Murió la víspera a las siete.. Nunca recobró el conocimiento… Atiéndeme, Luigi quiere comprar la mitad de tu contrato. Tenemos que vernos.

–Que se vaya al carajo, ah, y tú también. ¿No se te ocurrió venir a buscarme y mandaste a dos matones?

–Es que estaba hablando business.

–Pues págame lo que me debes, que Tejera me dijo que tenías una moneda para mí.

–Te tengo dos peleas más en Caracas, donde nunca has estado y te lo he prometido. Estaremos un mes por allá. No puedes cancelar el contrato.

Maina colgó el teléfono.

Me vestí de calle, traje y corbata y el abrigo. Esa pendejada de peleas en Caracas me dejó mal y pensando. Maina estaba vigilado y me quiso dar aviso de que no regresara.

Dejé el resto en el duffel bag, pero guardé la libreta bancaria y el escapulario en el bolsillo del pantalón. Le dejé una nota al casero explicándole mis putas prisas.

Escribí: Regreso a Nueva York. Vuelvo a San Juan. Hace mucho frío. Gracias.

Pedí un taxi que me llevó a la estación de trenes. Agarré uno que salía para Chicago.

En Chicago bajé del tren y pregunté por un hotel módico. Me señalaron uno en Webster y State Street.

–Es para vendedores viajantes, siempre hay gente entrando y saliendo, me dijo un taxista.

El hotel se llamaba Porter Arms. Apalabré una habitación con baño y teléfono. Pagué tres días por adelantado. Dejé un depósito de $20 para llamadas telefónicas.

Había sido un día largo. Afuera nevaba con fuerza. Me di un baño caliente y me tumbé a dormir. Me despertó el hambre al mediodía siguiente.

Almorcé y deambulé por las calles pensando en mi situación particular. Allí donde estaba no iba para ningún lado. Pelear no era opción ni aparecer en carteleras. Trabajar en fábricas de bicicletas o de mecánico no me dejaría lo suficiente para un pasar a mis gustos. Cincuenta pesos semanales en un machine shop tampoco. Lo más aconsejable sería volver a San Juan, a mi ambiente.

Cuatro rounds en la vida de Torpedo Joe, son relatos breves que Francisco Velázquez, nuestro mejor narrador, publicó en la revista The Gondol. Los reproducimos aquí con pemiso del autor para solaz de los lectores.