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Cuentos de Ana María Rúa*

 

Trivia

Un día como hoy, 11 de octubre, a horas de haber muerto Edith Piaf, caía Jean Cocteau, agarrándose el miocardio, llorando la pérdida de su amiga.

Las últimas palabras de Picasso fueron dirigidas a su médico de cabecera, exhortándole a que se casara.

Mientras sus amigos se volcaban en intentos torpes por revivir a River Phoenix poco después de que se desplomara frente a ellos, yo miraba al bajista de una banda de rock universitario que se levantaba de mi cama para ir al baño.  Al verlo tropezar en piel torpe por entre los obstáculos de libros y botas, yo recordaba, divertida, que las petites mortes no siempre satisfacen.  Nunca le reclamé al bajista por incumplimiento.  Hice esta conexión entre muertes pequeñas al otro día, cuando me enteré de lo de River, y sentí algo parecido al cansancio.

Atila, líder de los hunos, murió en pleno acto sexual.

Shakespeare y Cervantes murieron el mismo día, de acuerdo con sus respectivos calendarios.  En realidad, como todos saben, no fue el mismo día, dada la diferencia entre el calendario gregoriano y el juliano, pero es un bonito dato curioso.

José Santos Chocano murió baleado en un tranvía en Chile.  Nunca se supo a qué venganza respondía su muerte: la de uno de sus enemigos literarios, la de algún pariente del periodista que él, a su vez, había matado a tiros, o la de alguna despechada que no pudo olvidar sus infidelidades.

Cao Xueqin, autor de la gran novela china El sueño de la cámara roja, murió de viejo, y Jean Harlow murió de septicemia.  Mae West también murió de vieja.

A Julio César lo apuñalaron sus amigos.

Enrique II de Francia murió atravesado por una lanza, como resultado de una justa que no acabó como se esperaba.  La lanza penetró el ojo del rey y lo liquidó en el acto.  Georges Bataille, autor de La historia del ojo, sentía ternura hacia todo tipo de orbes (huevos, ojos, testículos), en especial por las bolas que flotan en líquidos varios, en baños continuos.  Bataille murió de viejo, o quizás de algún cáncer.

Ya todos saben cómo murió Isadora Duncan.

Luis Espasa Escayola, de la editorial Espasa-Calpe, murió relativamente joven, en plena edad productiva.  Otras editoriales han contado con fundadores y herederos que mueren con demasiados años y poca producción, pero ninguno de estos casos me viene a la mente.  Algunos, seguramente, han muerto en sus sillas.

Mi hijo murió dentro de mí, y yo no me di cuenta.

Lord Darnley, segundo esposo de María Estuardo, murió ahogado, supuestamente a manos de Lord Bothwell, quien se sirvió de una almohada o paño para llevar a cabo su misión sin dejar marcas de estrangulamiento.  Su cuerpo fue encontrado, naturalmente, frente al palacio, en el jardín.  No sé su fecha de muerte, pero sí recuerdo la de Huldrych Zwingli, que murió en la muy pintoresca Suiza, un día como hoy, 11 de octubre.

Histrión

Miró hacia las filas ralas de un público que ahora le parecía extraño, y se esforzó por recordar sus líneas.  Pausó con ademán solemne, como solía hacer cuando quería surtir más efecto o cuando, como en esta ocasión, olvidaba lo que iba a decir, y trató de atar su mirada a la de algún espectador.  Este truco de miradas atadas, de hipnosis mutua, ya no le funcionaba.  La verdad era que el teatro, su Teatro, había cambiado.  No estaba seguro de cuándo había comenzado el deterioro, pero su gesta ya no era la misma.  ¿Era culpa del público, antes ávido, sediento, dinámico, generoso y listo para sudar la catarsis más estremecedora, pero ahora idiotizado, resistente, muerto en vida, presente sólo en cuerpos que trataban de disimular bostezos que lo herían más de lo que quería reconocer?  ¿O era él quien quizás había perdido el vigor y la pasión de la juventud, que ya no tomaba los riesgos de antes, que tal vez ya no era buen actor?

Le parecía que había dedicado su vida entera al teatro.  Desde el despertar de su propia conciencia de espectador, cuando era niño y se sentaba en esas mismas filas de ese mismo espacio que para él era casi sagrado, supo que su destino era actuar, que la vida sólo se podría entender desde las tablas, y que consagraría la suya al escenario y a todo lo que éste abarcaba.  De joven había leído y releído, voraz y aturdido, una copia furtiva de Hacia un teatro pobre.  Desde entonces se empeñó en seguir la trayectoria de Grotowski, a quien por fin tuvo el honor de conocer en California, en un homenaje que le hicieran al director para culminar una retrospectiva de su obra.  Éste era su ídolo, el máximo exponente del teatro puro, despojado de telas y trucos y de esa separación entre actor y público que tanto había corrompido el género.  Un género que alimentaba desde la desnudez.

Y es que la carne que este teatro devoraba y servía a su público en un rito cíclico era la ficción.  Ante todo, el teatro tenía que celebrar la ficción, que a su vez debía reflejar el genuino sentir humano en todos sus extremos de dolor y éxtasis.  Había tratado de seguir esta regla fielmente en cada una de sus representaciones.  Pero a veces los textos con que tenía que trabajar se quedaban cortos: no eran, en su opinión, suficientemente puros.  El eterno problema de estos dramaturgos, se decía con resignación.

El único actor del patio que admiraba era Teófilo Torres, quien parecía acercarse a este credo con su abnegación absoluta y entrega total al teatro, libre de pretensiones y tramoyas.  El cuerpo del actor poseía todo lo necesario para una representación plena y catártica.  Teófilo entendía esto, pero también hacía algo que Grotowski no había explorado tanto: el monólogo.  Gracias a Teófilo se dio cuenta de que la ficción ajena no era el único medio del actor, y que podía transmitir sus propios pensamientos a través del Gesto, provocando y moldeando los de otros.  Saber que esto era posible le proporcionaba un profundo júbilo, lo llenaba de placer, lo emborrachaba más que el vino que tenía la costumbre de tomar en cada una de sus representaciones.

Un instante después de fallar en su intento de atar miradas, recordó las próximas líneas de su monólogo.  Miró a la señora Ibáñez, que había sido su seguidora incondicional por tantos años, y que ahora cabeceaba, medio dormida, y luego vio a un muchachito sentado en la tercera fila, cuyos padres seguramente habían arrastrado a la función, conectado a su aparato electrónico, muerto en vida él también, idiotizado.  Esta gente entraba y salía de aquí como una manada de reses, marchando a ciegas hacia sus asientos, levantándose al terminar la última escena sin dar indicios de que ésta los hubiera transformado, porque (y esto sólo lo comenzaba a aceptar ahora) la verdad era que nada los transformaba.

Los músculos de esta gente nunca lograrían lo que los de él, el Actor, podían hacer.  Veía sus manos, las falanges ya un poco artríticas, que tanto se habían retorcido con gusto dramático, los tendones que tantas imágenes habían forjado.  Quizás era hora de dejar todo esto atrás, de jubilarse, de volver a ser espectador.  La ficción –su mensaje monologado— y su cuerpo –el vehículo por el que se entregaba completamente a su público— ya no eran apreciados en este claustro.  Este rebaño no entendía que el teatro era todo, y que todo era teatro.

Paró en seco y echó un último vistazo a su público.  Luego se acomodó el alzacuello de la sotana y salió por la derecha rumbo a la sacristía.

De Neural, ha publicarse muy pronto.

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