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De Villa Diablo a la Luna

Por Cándida Cotto / CLARIDAD 

ccotto@claridadpuertorico.com

 

 

Aun cuando el número de personas que continúa viviendo en casetas de campaña ha disminuido, todavía en muchos persisten los nervios, la ansiedad por la pérdida de la vivienda. El hecho de que continúan durmiendo en casetas de campaña en los patios de sus casas, en parques, a la orilla de la carretera lo demuestra más allá de sus palabras. Un recorrido solo por Guánica, ir de Villa Diablo, a La Luna, primero pasando por Siberia, lo comprueba.

En una esquina de la carretera de Ensenada, sector Siberia, CLARIDAD se encontró con Antonia Ramírez. De primera intención pensamos que vendía dulces; pero no, está en esa esquina desde el Día de Reyes, nos dijo. “Empezamos catorce”, ya solo hay tres: su hija, su hijo y ella. Nos contó que su casa está al bajar la cuesta, mientras señalaba hacia la comunidad Las Colinas.

Doña Antonia, quien fue maestra de ciencias y matemáticas por 36 años, contó que en su comunidad solo hay seis casas y que los únicos que van a la suya durante el día son ellos, pero no suelen estar después de las cuatro de la tarde. “Como hay aviso de que va a ocurrir uno grande…” Admitió que le han preguntado por qué no se va al Coliseo donde está el refugio oficial, pero dice que prefiere estar fuera de la posibilidad de contraer sarna y sugiere que es más incómodo estar donde hay mucha gente.

Foto Nahira Montcourt

Así como expresó que “gracias a Dios” han recibido ayuda de diferentes organizaciones de todas partes de la isla, no puede decir lo mismo del alcalde: “Es muy político, no saluda a la gente del partido contrario”. Lamentó que por ser tanta la ayuda recibida haya personas abusadoras que ya no quieren cocinar. 

A casi dos meses de haber montado su campamento, Doña Antonia está considerando volver a su casa, pero no adentro, sino poner una caseta en su patio para entonces mudarse de la esquina de la carretera.

Villa Diablo

“¡Salte de la cama, que es tu cumpleaños!” José Luis Santana Feliciano hace gestos como si lo estuvieran sacudiendo. Es lo primero que narra a pura risa cuando se le recuerda el temblor del siete de enero. 

Llegamos al sector Alto de Magueyes, que también se conoce como Villa Diablo, desde donde se ve hacia el norte y el sur de Guánica. Allí nos encontramos con Santana Feliciano, quien nos cuenta por qué algunos le llaman Villa Diablo: “Entre unas casas y otras vivió alguien de quien decían era el diablo; allá otro familiar y allí otro”, así fue que la comunidad terminó conociéndose como Villa Diablo. 

Santana Feliciano, su esposa Magdalena Ramos, su hija Margarita Santana y los dos hijos de esta, un niño de dos y una niña de cinco, duermen en caseta en el patio de su casa. A esa casa le pusieron un aviso color rojo, que quiere decir que no se puede entrar por no ser segura. A donde único pueden entrar es al área de la cocina. El grupo de CLARIDAD entró a la casa y se nos mostró que hay que reponer el techo. Doña Magdalena denunció que FEMA (Agencia Federal para el Manejo de Desastre) le dio solo 300 dólares para el arreglo, bajo el argumento de que no tiene título de propiedad. “¡Hace cuarenta y cuatro años que vivo aquí!”, expresó. Por la falta de título tuvo que presentar una affidavit y ahora el caso se encuentra en apelación.

Mientras, su hija Margarita, quien también perdió su vivienda en la misma comunidad narró que a ella FEMA no le recibió su affidavit. La Autoridad de Tierras (AT) le ha propuesto como alternativa un alquiler por cinco años del terreno donde está su casa, que al cabo de estos podría comprar. Pero agregó que la AT ni siquiera le acreditaría el pago del alquiler a la compra. En medio de su angustia, la propuesta de FEMA es que se muden a San Juan por tan solo 18 meses a una casa alquilada, alternativa que ella y su esposo rechazan. Sobre todo, la joven se cuestiona: “¿Y el trabajo de mi esposo, que trabaja en una finca en Guánica?”.

Tanto la casa de su madre como la de ella fueron inspeccionadas por miembros de la Guardia Nacional y bomberos de EE. UU.: “Mi casa se está cayendo; ni ellos mismos quisieron entrar”, expresó la joven madre.

CLARIDAD llegó hasta el campamento levantado por otros vecinos más arriba de Villa Diablo, en terrenos de la Autoridad de Acueductos Alcantarillados (AAA) donde ubica una caja de agua. Miguel Sepúlveda narró que allí solo quedan alrededor de 25 personas, pero al principio (entre el seis y siete de enero) había alrededor de 70.

Junto a Miguel se encontraban Carlos Javier Ramos Álvarez y su esposa Jacqueline Izquierdo. El grupo reconoció que “hay miedo, que están nerviosos y que allí se sienten más seguros que en el refugio de la pista de Guánica”.

“Su casa fue inspeccionada solo por fuera, “al piso se le levantó la loza”, y que tiene un aviso color verde.”
Foto Nahira Montcourt

El joven Sepúlveda contó que su casa fue inspeccionada solo por fuera, “al piso se le levantó la loza”, y que tiene un aviso color verde. El aviso color verde quiere decir que se puede entrar, pero él no confía y dice que espera por la inspección de un ingeniero estructural. De hecho, todos los entrevistados por CLARIDAD contaron que sus casas fueron inspeccionadas solo por fuera y que les dijeron que luego se haría una inspección por un ingeniero estructural.

El grupo expresó que hasta allí ha llegado ayuda de organizaciones religiosas, de otras comunidades, entidades humanitarias, pero como no es un refugio oficial, no llega ninguna otra ayuda que sea del gobierno o municipio. Este último solo recoge la basura.

Frente a la secuencia de los sismos, Ramos Álvarez dejó ver lo difícil que es acostumbrarse a la situación. “Hay que acostumbrase, ¿pero quién se acostumbra a esto? Un huracán tú sabes cuándo viene, pero a esto…”.

En una esquina de Villa Tanque, como se le ha nombrado al campamento, Nataniel, algo mayor, y el joven Raúl (no quisieron dar sus apellidos) juegan cartas españolas. Tan solo se muestran dispuestos a decir que rechazan mudarse a otros pueblos de manera permanente. De aceptar un traslado sería temporero y a un pueblo cercano a Guánica.

La Luna

En un recorrido por la comunidad La Luna impresiona ver cuántas casas han quedado señaladas con un sello rojo, que significa que no se puede entrar, y otras en que la destrucción es evidente. Gran parte de esta comunidad se encuentra al pie de un monte que amenaza con el derrumbe. En el campamento comunitario conversamos con Juan Santiago, quien está allí desde antes de enero, el 28 de diciembre. Poco a poco, dijo, las personas se han ido yendo del campamento para sus casas y en algunos casos se han ido para Estados Unidos, “aunque algunos ya están regresando”.

Sepúlveda contó que el techo de su casa se está cayendo y que FEMA le negó ayuda debido a la falta de documentos, ya que la casa es una herencia de su abuelo. “No me quiero ir. Tengo mi trabajo aquí en el Municipio de Guánica”, afirmó el joven, quien espera poder tener una casa por Sección 8 en un pueblo cercano. “Lejos no”.

“No es fácil. Ya me llamó FEMA para un hotel en Guánica”, expresó con rostro triste René Ayala Ortiz, retirado de la Administración de Corrección, tras 23 años de servicio. Padre de una adolescente y otro niño de cuatro años expresó la misma crítica contra el gobierno. “Del gobierno no hemos recibido nada, el alcalde ni siquiera vino por aquí, hemos recibido a entidades sin fines de lucro, iglesias. Pero ayuda como tal del gobierno, ninguna”. 

Las 16 familias que todavía se encuentran en el campamento de La Luna se mantenían a la expectativa ante rumores de que tan solo podrían ocupar el parque hasta este 16 de febrero.

Un servicio esencial

El matrimonio de José Martínez y Vanessa Santana, de Mayagüez, se ha dedicado a llevar un servicio esencial a los campamentos: una lavandería rodante. La idea surgió cuando al matrimonio, que tiene un camión que distribuía alimentos a Comedores Escolares, le solicitaron alquilarlo para entregar suministros tras la emergencia. Una vez terminó el contrato, al ver la necesidad, se les ocurrió montar la lavandería. Martínez y Santana, junto a Nelly Díaz y José Muriel se han dedicado de manera voluntaria y gratuita a ir cada día de lunes a viernes a un campamento diferente a dar el servicio. Hasta ahora, llevan 600 toneladas de ropa lavadas. Tanto su trabajo como las lavadoras y los detergentes son donaciones de personas en su carácter individual y de algunas empresas.

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