Dos mujeres, una ruta: Alicia Alonso y  Nilita Vientós Gastón

 

Por Efraín Barradas/Especial para En Rojo

La foto tiene que ser de 1978, cuando Alicia nos visitaba. Fueron varias sus visitas a Puerto Rico y muy probablemente Nilita y Alicia – perdonen que trate a estas distinguidas personas con la confianza del nombre solo, pero así las conocemos – se tuvieron que haber encontrado en todas esas ocasiones. Nilita estaba o era entonces el centro del mundo intelectual nacional y la visita de una figura tan importante como Alicia no podía pasar desapercibida para ella. De seguro estuvo en el Teatro Tapia cuando esta bailó el segundo acto de “Giselle” en febrero de 1955. 

Pero la foto que contemplo de estas dos mujeres no es de ese momento y aparece reproducida en el libro de Ruth Vassallo, Nilita Vientós Gastón: Una vida en imágenes (1989). Es la imagen de una copia de la foto dedicada por Nilita a Vassallo y está fechada en abril de 1981. Pero tuvo que ser de la visita del 1978 y creo que la sacaron en casa de Nilita. Tuvo que ser durante una de esas tertulias que ella organizaba en su casa y a las que asistían todos los intelectuales que pasaban por la Isla y allí conocían a los del patio, para decirlo con una frase que ya no se usa.

Me atrae la foto; me atrae mucho y quiero explorarla más. Aclaro que no hay que haber leído los magníficos libros de Roland Barthes y Susan Sontag sobre la fotografía para intentar adentrarse en esta que es una mina y un tesoro. Sin erudición, sin citas, sin notas a pie de página, pero con mucho interés, comienzo la tarea que me he asignado: examinar esa foto. 

En ella las dos mujeres se miran y se sonríen. Alicia lleva sus gafas que siempre me hacen pensar en las que llevaba Victoria Ocampo. Pero mientras que las de la argentina eran signo de estatus social y de vanidad, las de Alicia eran necesarias por su terrible condición de los ojos, ya entonces su casi ceguera. Lleva también Alicia el paño que cubría parte de su frente y su cabellera. Las gafas y el paño atado a la frente se convirtieron en atributos que la identifican. Los llamo atributos como los objeto que en un cuadro religioso identifican a los santos: las tenazas a santa Apolonia, la rueda rota a Santa Catalina, la parrilla a san Lorenzo… Así mismo, como atributos de santo, las gafas y el paño que es casi turbante identifican a Alicia. En la foto esta aparece muy modestamente vestida, pero su mano – estilizada, elegante, dramática – le quita la humildad a su vestimenta y le da a toda ella un tono de distinción, un aire de pose escenográfica, un soplo de danza en acción. Alicia no dejaba de bailar aunque no estuviera en escena y tratara de estar quieta. La esencia de Alicia es la danza.

Nilita también sonríe y también mira amistosamente a Alicia. La vestimenta de Nilita es mucho más elaborada. Lleva un vestido de grandes mangas abultadas y de tela estampada. Pero lo que domina en su atuendo es un gran collar de varias vueltas y un prendedor – excesivo: con el collar bastaba – que cierra el cuello del traje. Son esas joyas llamativas pero de fantasía que Nilita, discípula de Coco Chanel, lucía y hasta ostentaba como provocación. Si Alicia lleva su casi turbante, Nilita luce su peluca. Y sus manos, en contraste a la dramática mano de Alicia, se juntan en la rodilla dándole así una expresión de comodidad en una postula casi deportiva, plenamente doméstica. Las dos mujeres posan sin saberlo o sin posar premeditadamente. Pero una lo hace casi como si bailara mientras que la otra refleja la comodidad y la confianza de quien está en su casa, su casa que es biblioteca. La esencia de Nilita es la lectura.

El atuendo y la pose no están ahí en vano ni son expresión de vanidad. Tanto Alicia como Nilita, especialmente Nilita, sabían que una de las herramientas sociales que tiene la mujer es la vestimenta. Las dos usaban los vestidos y las prendas – que no son joyas – para crearse una persona, una personalidad, un personaje. Y a través de ese personaje hablaban y creaban su mundo que se proyectaba mucho más allá de la mera vestimenta. El vestido es un punto de arranque, una señal de partida pero no una meta. Las dos vestían como damas, como señoras burguesas. Pero sus atuendos se convertían en armaduras de guerreras. Vestían para establecer posiciones ideológicas. No nos equivoquemos, pues este detalle es muy importante para entender plenamente a estas dos grandes luchadoras.

Mucho más se puede decir de esta foto que para mí es icónica y sintetiza mundos. Pero por el momento creo haber dicho suficiente o lo suficiente para dar otro paso, para apuntar a la ruta que estas dos antillanas siguieron y abrieron para todos nosotros.

Sus mundos o sus campos de acción fueron muy distinto. Alicia se dedicó a la danza y Nilita, aunque de joven quiso ser cantante de ópera, tuvo como escenario su biblioteca y su revista. Alicia tuvo una proyección internacional mientras que la de Nilita, sin dejar marcar tímidamente rumbos fuera de la Isla, fue más local, más restringida a nuestro ámbito político e intelectual. Pero ambas abrieron puertas y marcaron rutas. Ambas, aunque desde perspectivas siempre antiimperialistas, tuvieron una rica y productiva relación con los Estados Unidos. Alicia se formó como bailarina en Nueva York donde siempre fue admirada, como lo evidencia el obituario que le dedicó The New York Times. Para Nilita no hubo obituario en ese diario neoyorquino, aunque estudió la escuela superior en Long Island y regresó más tarde a los Estados Unidos a estudiar por un verano en Kenyon College. Pero siempre mantuvo sus ojos abiertos a lo que pasaba en la metrópoli y fue gran admiradora de las letras y la cultura estadounidenses. No es casualidad que el primer libro que se publicó en español sobre Henry James fuera obra suya. Las dos, sin abandonar su postura crítica y profundamente política, dejaron de admirar lo bueno de la cultura estadounidense.

Nilita era diecisiete años mayor que Alicia y murió hace treinta. (Para mí no parece cierto porque creo que todavía está viva y que deambula por mi casa llena de libros, casa que intenta imitar a la suya.) Treinta años después que Nilita, hace unos días, murió Alicia. Como no soy creyente, no digo que se juntaron en el cielo. Para mí se juntaron en la foto que es un pequeño cosmos donde ambas disfrutan una de la otra, disfrutan de su compañía y me invitan a compartir con ellas a través de este comentario. 

La muerte de la gran bailarina cubana me llevó a buscar la imagen de estas dos mujeres en esta foto que es el punto de partida de estas breves páginas que son un homenaje a ambas. Por largo rato me he quedado observando y estudiando la foto y pensando en lo mucho que los antillanos les debemos a estas dos mujeres. El impacto de Alicia se sintió directamente en Puerto Rico. La labor de Ana García, Gilda Navarra, Juan Anduze, José Parés y muchos otras figuras de nuestra danza son prueba de ello. Nilita no tuvo un impacto parecido en Cuba, donde pasó su infancia. Pero recuerdo mi sorpresa cuando comencé a estudiar la revista de José Lezama Lima y Pepe Rodríguez Feo y me topé con un anuncio de Asomante en Orígenes. 

Fueron mundos distintos los de Nilita y Alicia. Pero las dos nos abrieron rutas con una única lección fundamental para todos. Rigor absoluto: el rigor es absolutamente necesario para lograr una obra de valor. Para mí esa fue la ruta principal que me abrió Nilita y, creo, que la lección de Alicia para todos es la misma: rigor y dedicación a lo que se hace, sea bailar el rol de Giselle o escribir un libro sobre Henry James. 

Alicia y Nilita son dos mujeres antillanas que nos abrieron una ruta universal.