EDITORIAL: Aprender a convivir con el COVID-19

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La pandemia del COVID- 19 ha seguido su curso de avance global acercándose ya a la brutal cifra de 30 millones de personas contagiadas, con un millón de personas fallecidas en el mundo. Cuatro países- Estados Unidos, India, Brasil y Rusia- suman más de la mitad de los casos en una ola expansiva que abarca más de 200 países y territorios. El COVID-19 está representando la más dura de las pruebas a la resistencia de los sistemas de salud y las economías de los países, y un enorme desafío a la ciencia y la medicina que luchan por desentrañar el misterio de esta enfermedad, encontrar los remedios adecuados para enfrentar sus estragos y desarrollar formas de prevenirla y generar la inmunidad necesaria ante su feroz ataque. El COVID-19 está demostrando que puede manifestarse como una enfermedad relativamente benigna en algunos sujetos, mientras que en otros puede ser devastadora y fatal. Todo parece indicar que la clave de la diferencia entre una y otra manifestación está en la fortaleza individual del sistema inmunológico de cada persona que se contagia, por lo cual resultar contagiado es casi, casi como jugar a la ruleta rusa. Así de sencillo o de complicado puede ser enfermarse de COVID-19. Por eso, las comunidades científicas, médicas y salubristas del mundo siguen, sobre la marcha, desarrollando nuevas estrategias que minimicen los riesgos de contagio y contengan el avance de la enfermedad. 

Cada país, dentro de sus circunstancias, busca cómo mejor balancear el interés salubrista con el económico, para evitar una catástrofe mayor en uno u otro ámbito. En Puerto Rico, el contexto en que se ha desarrollado la epidemia no ha podido ser peor. Atravesamos una depresión económica de más de una década de duración. El país está inmerso en un proceso de quiebra fiscal y económica, por el peso de una deuda pública insostenible, y bajo la égida de una junta de control fiscal colonial e injusta. Además, aun sufrimos los estragos de catástrofes recientes por huracanes y terremotos de gran poder destructivo. Si a eso se le suma la carga de uno de los peores gobiernos de nuestra historia, que tiene a nuestra gente desmoralizada y sumida en un lodazal por su bagaje pavoroso de corrupción e ineptitud manifiesta, se comprende la magnitud de la vulnerabilidad de nuestro pueblo ante el avance implacable de la epidemia y la suma de sus males.  

Aunque se sabe que hay una amplia diseminación comunitaria del virus en Puerto Rico, al presente se carece de los reactivos para realizar las pruebas moleculares suficientes para la labor de diagnóstico y rastreo que permita aislar los contagiados y prevenir nuevos contagios. Al cierre de estas líneas, los casos totales sumaban 37,700 y 542 fallecidos, un aumento considerable en ambas cifras registrado durante estas primeras dos semanas del mes de septiembre. Como resultado de la carencia de pruebas diagnósticas, seguramente bajarán las cifras de nuevos casos en los próximos días y semanas. Será una reducción artificial que enmascarará la verdadera presencia del COVID-19 en Puerto Rico, ofrecerá un cuadro irreal de la situación y comunicará un sentido falso de seguridad a la ciudadanía. 

La amplia reapertura de espacios y actividades públicas y comerciales decretada por la gobernadora Wanda Vázquez en su más reciente orden ejecutiva, contribuye a la falacia, ampliando el riesgo y el radio de contagios sin que la infraestructura salubrista cuente con las herramientas necesarias para así poder demostrarlo. Todo un escenario de mentiras de cara a las elecciones del próximo 3 de noviembre, donde el gobernante Partido Nuevo Progresista (PNP) se juega el todo por el todo. 

En su comparecencia pública, la gobernadora Wanda Vázquez, que ya no es candidata a la elección, pareció evadir su responsabilidad con las medidas de control  de la epidemia. Disolvió el llamado “task force” médico que la asesoraba y recalcó que recae en cada persona- y en los comerciantes y operadores de espacios públicos y privados- la responsabilidad de cumplir con las medidas de distanciamiento social, uso de mascarillas y lavado frecuente de manos, según delineadas por las autoridades sanitarias. Fue muy poco lo que habló y prometió en cuanto a las medidas de control de grupos que tomará su gobierno para asegurar que se cumplan las disposiciones salubristas. 

Que aprendamos a convivir con el COVID-19, como filosóficamente nos recomendó la Gobernadora, no es otra cosa que la expresión de impotencia y hastío de un gobierno fracasado que abdica la responsabilidad por la salud del pueblo al que juró servir.      

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