EDITORIAL: Arropados por el hambre y la pobreza  

 

 

Si a alguien luego del huracán María le quedaba alguna duda de que en Puerto Rico hay hambre, la epidemia del coronavirus le habrá dado un duro golpe de realidad. Pero no solo hay hambre en Puerto Rico. La pandemia del COVID-19  ha puesto de manifiesto en toda su crudeza la profunda contradicción intrínseca al sistema capitalista, motivada especialmente por la desigualdad desenfrenada que provoca  su etapa más reciente y nefasta: el neoliberalismo globalizado.

El hambre, siempre asociada en el imaginario capitalista al subdesarrollo económico y la pobreza ancestral que sufren muchos países, se presenta ahora como el signo inevitable de estos tiempos de pandemia. Hay ejemplos contundentes de cómo en Estados Unidos- el país más rico y productivo del mundo- cerca de 40 millones de personas enfrentan hambre. La imagen de una caravana de vehículos, extendida a lo largo de más de una milla, en dirección de la sede de un banco de alimentos gratuitos en las cercanías de la ciudad de Atlantic City, Nueva Jersey, es un ejemplo demoledor. Se trata de la principal sede de casinos y juego organizado en la región noreste de Estados Unidos. Nueva Jersey es  el segundo estado más rico de dicha nación. Por eso choca que, en medio de la riqueza, la epidemia haya dejado sin empleo al menos a un integrante del 40% de los hogares en dicho condado. Estos fueron cesanteados por una industria que genera miles de millones de dólares todos los años, pero sus trabajadores- incluso los mejor pagados- viven de mes a mes para poder cuadrar sus cuentas. Esos son los que ahora, desprovistos del sustento que se ganan trabajando día y noche -porque en los casinos no se duerme- han tenido que acudir a los bancos de alimentos para suplementar la alimentación de sus familias.

El hambre y la inseguridad alimentaria en una potencia económica tan poderosa es la mejor prueba de la injusticia intrínseca al sistema capitalista en su fase más salvaje. En la notoria lista de las personas más ricas del mundo, según la revista Forbes, ocho de los primeros diez figurantes son empresarios estadounidenses con fortunas combinadas que alcanzan la inimaginable cifra de US $8.7 trillones. Estos y sus familias, seguramente no pasan hambre. En contraste, más de 37 millones de personas luchan contra el hambre en dicho país- entre estos, 11 millones de niños y niñas- según informa en sus datos para el año 2019  Feeding America, la más extensa red de bancos de alimentos en Estados Unidos.

Estas son cifras que corresponden al año previo a la pandemia que, hasta ahora, ha provocado más de 30 millones de nuevas reclamaciones por desempleo durante las pasadas seis semanas en Estados Unidos, lo que ha duplicado las solicitudes a los bancos de alimentos, que no dan abasto para servir a una población que ha crecido de golpe y a ritmo acelerado. En su más reciente boletín del pasado mes de abril,  Feeding America proyecta que la inseguridad alimentaria infantil en Estados Unidos podría alcanzar la cifra de 18 millones de niños y niñas, a consecuencia del impacto económico de la pandemia del coronavirus.

Si entre los trabajadores de casinos de Nueva Jersey hay hambre, cuánta no habrá en Puerto Rico donde ya arrastramos un problema crónico de inseguridad alimentaria y hambre en el 40% de nuestra población. Si a estos se le suman las decenas de miles de nuevos desempleados por la epidemia, comprenderemos por qué se ha desbordado el límite de las organizaciones sin fines de lucro que reparten alimentos diariamente a miles de personas en nuestro país, y por qué la urgencia de que se distribuyan inmediatamente y en su totalidad, los alimentos que recibe el programa de Comedores Escolares, que ha estado inoperante durante la cuarentena. Obligado por la presión pública, una demanda judicial y  la evidente necesidad, el Gobierno ha determinado iniciar esta semana la distribución de dichos alimentos.

La realidad brutal de la precariedad alimentaria generalizada, en medio de una pandemia, debía ser inconcebible en la principal potencia del mundo. Estados Unidos no es solo el principal país exportador de alimentos, sino uno de los más eficientes en producción alimentaria. Pero es también un país con una de las más grandes brechas de desigualdad en la distribución de los recursos. Datos económicos para el año 2019 revelan que la desigualdad en el ingreso en Estados Unidos ha llegado a su nivel más alto en más de un siglo. Ese mismo tiempo ha transcurrido desde que la pandemia de la gripe de 1918 cobró 50 millones de vidas en el mundo, 675, 000 en Estados Unidos y cerca de 12,000 en Puerto Rico.

Hoy con el coronavirus,  como hace cien años con la gripe, seguimos atados al imperio estadounidense por un lazo colonial que, en pleno siglo veintiuno, nos mantiene arropados por el hambre y la pobreza.