Editorial: Barbados, Honduras y la indoblegable voluntad de nuestra América

Mia Motley

 

En medio de la generalizada precariedad económica, los incesantes vaivenes políticos, la incertidumbre por una pandemia global que se ha extendido ya por casi dos años, y las diversas circunstancias que rodean y moldean la vida en nuestras respectivas sociedades, dos países de nuestra región han dado muestras en estos días de la indoblegable voluntad y resistencia que caracterizan a los pueblos  de El Caribe y Latinoamérica.

Tras 400 años de coloniaje y esclavitud, y otros 55 bajo un protectorado que le reconoció soberanía pero la mantuvo bajo el palio de la Corona Británica, la caribeña nación de Barbados por fin se convirtió en una república independiente, con un gobierno parlamentario y democrático, liderado por la primera ministra Mia Mottley. También fue electa como jefa de estado y primera presidenta de la República la jurista, Sandra Mason, quien había fungido como Gobernadora General bajo la anterior forma de gobierno. Una transición justa y armoniosa en la cual finalmente se reconoce lo que siempre fue una realidad: un pueblo distinto y separado de su colonizador, centrado en su entorno isleño y caribeño,  y poseedor de un orgulloso sentido de nacionalidad propia. A lo largo de los pasados años y décadas, la nación de Barbados ha ido forjándose su propio camino, y desarrollando sus bases económicas y sociales.

La nueva república es un tapabocas para quienes insisten en puntualizar lo difícil que es- si no imposible- para los países independientes pequeños organizar su economía y sociedad,  y desarrollar estándares de vida adecuados para sus poblaciones. Con solo 170 millas cuadradas de territorio y una población de 287,000 personas, Barbados es un ejemplo de país exitoso. Cuenta con una economía mixta, bien desarrollada y diversificada (turismo, manufactura, construcción, finanzas, y servicios de informática, entre otros) que se sitúa entre las 83 economías de mayor ingreso en el mundo, según cifras del Banco Mundial. Cuenta, además, con una población educada y un sistema educativo público adecuado a las necesidades de la población, donde se ha erradicado el analfabetismo y la escolaridad es obligatoria hasta los 16 años de edad. Una nación pequeña pero fuerte, y con una institucionalidad arraigada y altamente funcional.

Por otro lado, habrá quienes afirmen que Honduras es el otro lado de la moneda. Un país altamente empobrecido y asediado por una gran violencia social que sus instituciones desgastadas y frágiles apenas pueden atajar. Un país asolado por la sombra del paso por nuestros países latinoamericanos del imperialismo estadounidense, el gran monstruo depredador y devastador, interesado únicamente en privilegiar la hegemonía de sus políticas y aparato militar, y los intereses privados de sus claques privilegiadas. Ante ese cuadro desafiante, la resonante victoria política de Xiomara Castro y su partido Libertad y Refundación (LIBRE), en las recientes elecciones presidenciales, es motivo de júbilo y esperanza. Con un mensaje de reconciliación, paz y justicia, y contra la corrupción y el narcotráfico rampantes en su país, Castro logró convocar a las urnas a más del 68% de los votantes, una tasa de participación electoral histórica en Honduras. Derrotó con más del 53% de los votos a su contrincante Nasry Asfura, del oficialista Partido Nacional, quien apenas acumuló un 34% de los sufragios, en un claro repudio del pueblo al partido del actual presidente Juan Orlando Hernández, cuyo gobierno ha sido objeto de denuncias por narcotráfico, luego de que un hermano suyo fuera acusado como narcotraficante y condenado a cadena perpetua en Estados Unidos.

La victoria de Xiomara Castro, quien será la primera presidenta en la historia de Honduras, representa también el fin de 12 años de gobierno conservador y  la vuelta al poder de un gobierno progresista y de izquierda, tras el golpe de estado que derrocó a su esposo y ex presidente de Honduras Manuel (Mel) Zelaya en el año 2009. Zelaya había dado un giro progresista y de reformas sociales a su mandato y aspiraba presentarse a la reelección, para lo cual organizaba un referéndum para reformar la constitución. El entonces gobierno de Estados Unidos, y particularmente la secretaria de Estado, Hillary Clinton, apoyó que se forzara la salida de Zelaya. En su libro autobiográfico Hard Choices, Clinton admite la participación de su gobierno: “El presidente del Congreso, Roberto Micheletti y la Corte Suprema alegaban estar protegiendo la democracia hondureña contra el poder ilegítimo de Zelaya y nos advirtieron que el presidente buscaba convertirse en un nuevo Chávez o Castro.”

Barbados y Honduras, cada uno en su particular contexto y circunstancias, nos recuerdan en estos días el espíritu indómito de nuestros países; la histórica voluntad de los pueblos de El Caribe y Latinoamérica de alzarse sobre las ruinas de un pasado colonial y turbio, de dominación y explotación, para rescatar lo mejor de sí mismos y reinventarse hacia un futuro digno.

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