Editorial: El carbón mata nuestro futuro

 

Ya está prácticamente establecido un consenso mundial entre los científicos ambientales sobre los daños mortales que ocasionan al planeta y sus habitantes la extracción y quema de carbón para la producción de energía. El veredicto negativo sobre el carbón- un combustible fósil de alto poder contaminante- obedece principalmente a dos razones: su enorme impacto en las emisiones de bióxido de carbono hacia la atmósfera, principal causa del cambio climático, y su efecto letal en la salud de las poblaciones directamente afectadas por su actividad. Por eso, en países como el Reino Unido y Canadá, ya no se utiliza este combustible en la producción energética, y muchos otros países están revisando sus políticas sobre esta tecnología, o controlando y limitando su uso.

Puerto Rico, como siempre, está rezagado. Maniatado por el colonialismo, y sujeto a las disposiciones de una Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA, por sus siglas en inglés) que bajo la administración de Donald Trump y el Partido Republicano se ha convertido en un asesor de imagen de la industria del carbón, el gobierno de Puerto Rico se ha hecho de la vista larga ante el continuo crimen ambiental que perpetra contra las poblaciones de Guayama y Peñuelas la carbonera AES y sus emanaciones de cenizas tóxicas.

A pesar de la lucha continua y combativa de las comunidades afectadas contra la quema de carbón y demás organizaciones que reclaman el fin de las emanaciones; aunque existen estudios serios- como el de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Puerto Rico- que establece el vínculo inequívoco entre las cenizas de AES y el aumento en la incidencia de cáncer y enfermedades respiratorias graves en las poblaciones afectadas por su actividad, el gobierno de Puerto Rico hasta ahora no ha actuado para detener la quema del carbón y el depósito de cenizas tóxicas en nuestro aire y suelo. En semanas recientes ha surgido aún más evidencia del daño que ocasionan: un estudio de Earthjustice, organización de Estados Unidos que promueve la justicia ambiental, revelando que las cenizas que produce la carbonera AES en Puerto Rico también contienen arsénico, una sustancia altamente tóxica concentrada en niveles considerados nocivos a la salud de las personas por la propia EPA.

Ante la urgencia que reviste este nuevo hallazgo, y el potencial efecto adverso de contaminación por arsénico en dichas poblaciones, sobre todo entre los niños y las niñas, es necesario movilizar todos los recursos del gobierno y el pueblo de Puerto Rico para detener este asalto al ambiente y la salud de estas comunidades y de nuestro país. Por eso, urgimos a la nueva gobernadora Wanda Vázquez a que se reúna con los representantes de estas comunidades y conozca de primera mano sus quejas y reclamos. La exhortamos también a que visite las áreas aledañas a las actividades de AES en Guayama y Peñuelas, y constate por sí misma la insalubridad que permea en dichos ambientes. Que vea con sus propios ojos el daño permanente que los cabilderos a sueldo de dicha industria- entre los que se encuentran varios miembros prominentes del PNP- pretenden ocultar.

Guayama y Peñuelas son dos áreas de Puerto Rico históricamente castigadas por las industrias contaminantes. Primero, por las plantas petroquímicas que las convirtieron en desiertos. Ahora, por las cenizas de carbón de AES que amenazan su existencia misma.

Las actividades relacionadas a la extracción y quema de carbón son tan dañinas que no perdonan ni a los suyos. Entre los años 1990 y 2000, más de 10,000 ex mineros murieron a causa de la enfermedad del pulmón negro o neumoconiosis, un riesgo letal asociado a la minería de carbón. Alrededor del mundo, se registra miles de casos en poblaciones afectadas por tasas aumentadas de distintos tipos de cáncer, enfermedades respiratorias graves como bronquitis o pulmonías, y afecciones de hongos, manchas o brotes en la piel, en áreas cercanas a la extracción o quema de carbón.

No es, entonces, caprichoso que dicha industria sea crecientemente cuestionada en un mundo que comienza a comprender que su sostenibilidad futura dependerá de limitar las actividades contaminantes y depredadoras del ambiente natural, y contener el avance del cambio climático. En este momento, bajo Trump y el Partido Republicano, Estados Unidos camina a contracorriente de dicha tendencia mundial. Trump ganó en parte porque prometió insuflarle nueva vida a la industria del carbón y demás combustibles fósiles, creando nuevos mercados para las enormes reservas que Estados Unidos posee de dichos combustibles. De ese modo, también contribuiría a aumentar aún más las ganancias de los dueños de dichas industrias, y obtendría una ventaja electoral y política en las áreas deprimidas del medio oeste estadounidense, donde se concentra la actividad de extracción y quema de carbón.

Puerto Rico se encuentra aprisionado en ese malsano juego de poder. Nuestra sostenibilidad futura está en las energías renovables y en la conservación de nuestros limitados recursos de tierra y agua para el disfrute de nuestras generaciones venideras. Para ello, dependemos de derrotar con renovado activismo la muerte lenta, pero segura, que representan para nuestro pueblo las cenizas tóxicas del carbón.