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Editorial: Hora de la solidaridad con Cuba

 

En Puerto Rico tuvimos que sacar 500,000 de personas a la calle, llenando una autopista, para que la prensa mundial se fijara en nosotros, pero en Cuba protestan 500 y la cobertura mediática se vuelve frenética. Ambas, Cuba y Puerto Rico, son islas y están en el Caribe, pero la primera es la colonia más grande de los gringos y la segunda insiste en mantener una revolución socialista a solo 90 millas de Estados Unidos. Esa diferencia explica mucho en cuanto a trato mediático.

Habrá quien diga que el interés frenético en Cuba se debe a que es más “noticioso”, casi como cuando un hombre muerde a un perro. No tiene nada de extraordinario que cientos de personas protesten en un país flagelado por la pandemia y las dificultades económicas. Protestas de verdad masivas están ocurriendo ahora en otros países, por similares razones, sin que se produzca el frenesí mediático.

Si tras el escarceo noticioso apareciera el análisis terminaría dejando algo positivo, pero se queda en la consigna. Podrían preguntarse, por ejemplo, si la distancia de sólo 90 millas entre el experimento socialista cubano y el poderoso capitalismo estadounidense significa algo. Y si ese dato no les parece “noticioso”, por ser meramente geográfico, podrían preguntarse cómo se ha estado comportando ese poderoso vecino desde hace sesenta años. Pues resulta que ese vecino, que, gracias a su tamaño tiene una gran oferta de bienes y servicios que Cuba efectivamente necesita, no sólo rehúsa comerciar con ella, sino que la bloquea y la obliga a estar continuamente “inventando”.

No vengan con la historia del bloqueo que eso es un “refrito”, dirá alguno de los buenos periodistas súper interesados en Cuba. Llevan 60 años repitiendo esa excusa, añade. Llevamos 60 años mencionando el tema por la sencilla razón de que se ha mantenido durante todo ese larguísimo tiempo. Cuando lo pusieron decían que Cuba era un “satélite” de la Unión Soviética, que entonces resultaba ser el “enemigo” de Estados Unidos, pero resulta que la Unión Soviética desapareció y a Cuba la siguen bloqueando. Decían que Cuba quería exportar su revolución, promoviendo guerrillas e insurrecciones por toda América, pero resulta que ya no hay guerrillas y a Cuba la siguen bloqueando. Decían que Cuba era comunista y por eso había que bloquearla, pero resulta que Vietnam también lo es y no lo bloquean. Y no hablemos del comercio con China, donde también hay comunismo.

Como ven, amigos periodistas, lo que resulta ser un refrito no es hablar del bloqueo (o del “embargo”, como le gusta decir a algunos) sino el bloqueo mismo. Es a todas luces un anacronismo de la guerra fría que, a pesar de todo lo que tiene de rancio y apestoso, se mantiene con el mismo vigor de cuando se impuso en los lejanos tiempos de John F. Kennedy. Y para los cubanos no se trata de un mero nombre o un juego semántico, sino de la diferencia entre un mercado abierto, que estimule la economía, y la molestosa escasez de productos. Es también la diferencia entre la disponibilidad de inversiones y créditos frente a dificultades extremas para arrancar el motor económico; entre la disponibilidad de piezas o repuestos y tener pasársela “inventando” para poder echar a caminar los talleres.

¿Y en sesenta años los cubanos no han sido capaces de buscar otras alternativas? Pues resulta que sí y en más de una ocasión. Una vez se cerró el mercado de Estados Unidos junto al de muchos otros países del área que, presionados por ellos, se le unieron, Cuba creó alternativas. Tras boquearse el entorno inmediato establecieron una economía abierta hacia el mercado de Europa, particularmente la del Este, y la URSS. A pesar de ser un intercambio comercial más distante y costoso, echaron hacia adelante, pero el efecto del bloqueo siguió planeando sobre la isla y volvió a manifestarse en toda su crudeza tras la desaparición del campo socialista. Los mercados volvieron a cerrarse comenzando el duro “periodo especial” de la década del noventa.

Durante aquella difícil década Estados Unidos tenía una administración demócrata, la de Bill Clinton, que corrió a tratar de aprovecharse de la nueva crisis para que Cuba cayera de rodillas. No sólo se mantuvo el bloqueo, sino que se recrudeció imponiendo la bochornosa Ley Helms-Burton que, haciendo galas de la prepotencia imperial, impone sanciones a terceros países que inviertan o comercien con Cuba. También, como ahora, azuzaron protestas internas e, igual como ocurrió hace unos días, cientos manifestaron su malestar. Los grupos contrarrevolucionarios que operan desde Florida se activaron y hasta colocaron bombas en comercios y hoteles.

Los sufrimientos del pueblo crecieron, pero otra vez los cubanos buscaron alternativas. El vigoroso desarrollo del turismo con Europa y Canadá, y el intercambio comercial con ellos y América Latina, particularmente Venezuela y Brasil, llenó el vacío que dejó el campo socialista. Aunque el bloqueo comercial y de inversiones de Estados Unidos se mantuvo (sólo hubo cambios mínimos en los últimos años de Barack Obama, que muy pronto Trump eliminó), la economía cubana estuvo creciendo durante las primeras décadas del nuevo siglo.

Con la tercera década del siglo XXI llegó la pandemia que, como sabemos, golpeó el turismo mundial. El sector más dinámico de la economía cubana se detuvo y los efectos han sido enormes. A diferencia de otros países la pandemia encontró a Cuba con un robusto sistema sanitario que ha podido manejar el impacto. A pesar de la enorme dificultad del bloqueo para importar suministros, han podido desarrollar sus propias vacunas, aunque enfrentan enormes dificultades para producirlas en gran escala. Ante el parón económico provocado por la pandemia, vuelve la escasez y aumentan las dificultades. Ante ese cuadro, y como seguramente el bloqueo no aflojará, todo lo contrario, se recrudecerá, lo que Cuba necesita con urgencia es solidaridad de todos los que siempre, o de vez en cuando, dicen defender la democracia.

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