Editorial: Incertidumbre laboral y salario mínimo

 

Desde hace cuarenta años, cuando el capitalismo transmutó a su modelo neoliberal, uno de sus resultados más nocivos han sido la incertidumbre y precariedad laboral en que viven millones de trabajadores y trabajadoras en Estados Unidos y el mundo entero. Puerto Rico no ha sido la excepción. Las experiencias laborales de nuestras últimas dos generaciones distan mucho de aquellas de sus padres y abuelos. El empleo de 40 horas semanales, con pago de horas extras, los beneficios de vacaciones y días por enfermedad con paga, las diferentes licencias, el seguro médico, los planes de pensiones, y otros supuestos del contrato laboral han quedado atrás como recuerdo del pasado, y amenaza del presente y el futuro.

Gradualmente hemos visto decrecer y empobrecerse cada día más a la llamada “clase media”, el amplio sector trabajador puertorriqueño que una vez fue el pilar de la tan cacareada transformación de Puerto Rico en un país “moderno, urbano e industrializado.” La realidad económica y laboral actual de nuestro país, no solo empuja anualmente a miles de personas productivas a emigrar a Estados Unidos y otros países, sino también les impone una carga pesada y onerosa a los que deciden quedarse e intentar vivir aquí con un mínimo de calidad.

La última década ha sido particularmente dura. Se han sentido las explosiones sucesivas de las múltiples crisis inherentes a la colonia: la quiebra fiscal y de la deuda pública, el achicamiento de la economía y la escasez de oportunidades, el enquistamiento de la corrupción en todos los niveles de la sociedad, el deterioro en el acceso de la población a servicios esenciales del gobierno, el crecimiento del tráfico y la cultura de las drogas ilegales, y de una economía informal al margen de leyes y reglamentos, y los efectos devastadores de los sucesivos desastres provocados por huracanes, terremotos y la pandemia del COVID-19. En varias instancias nuestro país ha estado al borde de una gran implosión social y material, solo sostenido por la inyección artificial de fondos de emergencia del gobierno de Estados Unidos, con el efecto de incrementar el asistencialismo y la dependencia en cada vez más amplios sectores de la población.

En ese contexto, y si se tiene en cuenta que en 12 años no ha aumentado en Puerto Rico el salario mínimo de $7.25 la hora, la ley recién aprobada que aumenta escalonadamente dicho salario mínimo a los trabajadores y trabajadoras cobijados bajo la ley federal de normas y salarios, es un paso tímido pero importante para que se empiece a reconocer el profundo estado de injusticia salarial en el que estos han laborado. Por todo este tiempo, han vivido sumidos en un medio laboral incierto, con menguantes beneficios, carentes de seguridad y estabilidad, en un entorno económico tambaleante. Un primer aumento en el salario mínimo hasta $8.50 la hora entrará en vigor en enero de 2022. A partir del 1ero.de octubre de 2022, se aumentará el salario mínimo a $9.00 la hora, y luego a $10.00 la hora a partir del 1ero. de octubre de 2023.

Aunque es necesario y bienvenido, el aumento aprobado no será suficiente para mejorar significativamente las condiciones de vida de este segmento de la fuerza laboral. Esto, porque, entre otros factores, la pandemia del COVID-19 ha tenido un efecto multiplicador en el costo de la vida en nuestro país. La economía de Puerto Rico, abrumadoramente dependiente de la de Estados Unidos, refleja los trastoques que la pandemia ha provocado allá, resultando en el alza en precios de muchos de los productos de la canasta básica, como las carnes, aves, pescado y huevos, y también de otros renglones neurálgicos en la vida puertorriqueña, como la gasolina, los materiales de construcción, los productos médicos y de cuidado personal y de la salud, entre muchos otros.

La incertidumbre y precariedad en las condiciones laborales están entre las principales causas de la emigración y el desarraigo. No emigran en grandes números las poblaciones que encuentran en su país las condiciones idóneas para trabajar y crecer. El pueblo puertorriqueño, tan rico en el talento de su gente, no debe ni puede permitir que a las generaciones que vienen subiendo se les arrebate la oportunidad de un futuro digno en su país.

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