Editorial:  Una guerra política que afecta a nuestro pueblo

 

 

La guerra sin cuartel que desde hace un tiempo se viene dando en el interior del Partido Nuevo Progresista (PNP) no solo afecta a los oficiales y miembros de dicho partido que pugnan desde bandos separados- cada uno peleando por su pequeña parcela de poder- sino que afecta también toda la operación y funcionamiento del gobierno de Puerto Rico, y por ende los servicios que este presta al pueblo puertorriqueño.

El espectáculo de los últimos días y semanas, colmado de chismes, insultos, diatribas y conspiraciones entre los distintos bandos del PNP ha sido patético. En cada uno de esos bandos, decenas de oficiales electos y funcionarios se aferran al poder como sanguijuelas, ya para perpetuarse, o para colocarse a sí mismos en los puestos de mayor jerarquía, y con los mejores salarios, u obtener los contratos más jugosos. En la carrera para atornillar en sus sillas a parientes, dolientes y allegados, o para pagar favores políticos o personales, no queda espacio para que nadie más, ni por mérito ni por ninguna otra razón, intente siquiera llegar a puestos de mediana o alta jerarquía en el gobierno de Puerto Rico. Hasta los llamados “puestos de carrera” tienen nombres y apellidos asignados en estos días.

Estos conflictos internos de los partidos, que han afectado los gobiernos que se han turnado el poder colonial en Puerto Rico, han existido siempre. Solo que antes se disimulaban un poco mejor y, al menos para consumo público, se guardaba algún decoro. Ahora, ya no hay decoro ni dignidad que se considere.  La guerra es declarada y abierta, y las intenciones de cada cual son diáfanas, sin nada qué imaginar o especular. Durante estos últimos tiempos, y en la medida en que se han reducido las esferas de poder de los partidos y gobiernos en nuestro país, más se recrudecen las pugnas por controlar lo que sobra del recortado poder colonial. Los pasados 15 años han marcado un estado de profunda crisis en nuestro país. Por supuesto, la crisis se extiende también a los partidos coloniales, con sus vestigios de invencibilidad por el poder que les fue prestado durante décadas, sobre todo el PNP, que subió desde abajo hasta convertirse en un partido grande y pujante, y que mantuvo el control del gobierno durante 8 de los últimos 12 años.

Este próximo, 2 de enero, se inaugura una “nueva” administración del PNP, la primera de dicho partido en esta tercera década del siglo 21. Este PNP del 2021 debe considerar con mucho cuidado la cuesta empinada que le tocará subir este próximo cuatrienio.  No solo porque su base y su radio de influencia se encuentran en su punto más bajo, sino porque en su cúpula se ha enquistado la peor claque política de las últimas décadas en Puerto Rico. Una claque que no sabe respetar la línea fina que divide al partido del gobierno, ni el beneficio individual y partidario del bien común.

La gobernadora Wanda Vázquez y el presidente del Senado Thomas Rivera Schatz, protagonistas de la guerra actual en el  PNP, son solo dos entre los muchos ejemplares parecidos que coexisten en los más altos niveles de dicho partido. Afortunadamente, en pocos días ambos pasarán a ser puntos suspensivos en nuestra historia. Ella, porque ha dicho que se retira del servicio público, y él porque será despojado de la presidencia del Senado de Puerto Rico que ha ostentado durante los pasados cuatro años.

Sin embargo, el daño que le habrán hecho a las instituciones públicas en Puerto Rico quedará para siempre como  un nefasto legado, no solo por haber escenificado un espectáculo tan poco digno y edificante, sino por el impacto a  largo plazo que podrían tener las decisiones tomadas por ellos al calor del conflicto de estas últimas semanas y días del cuatrienio.

Como siempre, en esta guerra absurda entre políticos fracasados, el principal perjudicado será nuestro pueblo.  Por eso, habrá que afilar nuevamente las armas de la lucha y la resistencia para no perecer en esta nueva guerra avisada que se nos avecina.

 

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