El capitalismo en entredicho

…el socialismo no pretende privar a la gente de propiedad privada: ¡eso ya lo hizo el capitalismo! El socialismo, al contrario, pretende que todos y todas volvamos a ser propietarios y propietarias. Pero nadie puede ser propietario privado de una fábrica, un banco, una gran tienda, sin que haya otros que no lo sean.

 

Por Rafael Bernabe

Especial para CLARIDAD

Estaba ponderando el tema de esta columna cuando me topé con el editorial del Washington Post del 17 de noviembre. El título llama la atención: “Capitalism is itself on the 2020 ballot”. En español sería “El capitalismo mismo está en la papeleta del 2020”. Es una defensa elocuente del capitalismo. Esto hay que celebrarlo: que el Post se sienta obligado a defender el capitalismo —reiterando lo que llama aspectos “básicos” de “teoría política e historia”— es síntoma de lo mucho que ha crecido el cuestionamiento de ese sistema en Estados Unidos. No dudo que pronto GFR Media lo traducirá, si ya no lo ha hecho, y lo publicará como fuente de sabias consideraciones.

Y ¿cuáles son las ideas “básicas” que el Post rescata? Son dos: que la propiedad privada “fomenta el crecimiento económico al estimular a los individuos a innovar y producir” y que las fortunas privadas “fomentan la libertad” al ser una barrera contra el poder del estado. De paso acusa al socialismo, que aparece bajo el nombre de “totalitarismo de izquierda”, de querer acabar con la propiedad privada.

Esta defensa del capitalismo a nombre de la propiedad privada no deja de ser curiosa: quien ha separado a la gran mayoría de la población de la propiedad, quien ha convertido a la mayoría de la población en desposeídos y desposeídas, no ha sido el socialismo. Ha sido el capitalismo. Lo que caracteriza al capitalismo es precisamente el hecho de que la gran mayoría de la población no es dueña ni de fábricas, ni de bancos, grandes comercios, medios de transportación o comunicación, o grandes extensiones de terreno, y están, por tanto, obligados y obligadas a trabajar por un salario para los dueños de esos bienes. El capitalismo no se basa en la propiedad privada en general. Se basa en la propiedad privada de unos pocos y en la desposesión de la gran mayoría.

Es decir, el socialismo no pretende privar a la gente de propiedad privada: ¡eso ya lo hizo el capitalismo! El socialismo, al contrario, pretende que todos y todas volvamos a ser propietarios y propietarias. Pero nadie puede ser propietario privado de una fábrica, un banco, una gran tienda, sin que haya otros que no lo sean. Así que, una vez han surgido grandes medios de producción y circulación en los que trabaja mucha gente, es decir formas de producción colectivas y sociales, la única forma en que todos y todas podemos ser propietarios es que esos medios de producción se conviertan en propiedad de todos y todas, en propiedad colectiva, en propiedad social, que la gente puede y debe administrar democráticamente.

En fin: el Post dice que el capitalismo garantiza la propiedad privada y el socialismo la destruye. La realidad es la inversa: el capitalismo priva a la gran mayoría de propiedad, se basa en la propiedad de unos pocos; el socialismo pretende que todos seamos propietarios, lo cual en el mundo industrial implica que seamos copropietarios de los medios de producción sociales.

El Post señala que el capitalismo fomenta la innovación. El socialismo, al menos en su vertiente marxista, lejos está de negar este hecho. Al contrario, lo reconoce y subraya, como se puede constatar si se lee la primera parte del Manifiesto Comunista. Los capitales privados compiten, tienen que ofrecer precios más bajos que los demás, para lo cual deben reducir sus costos, lo cual les obliga a la innovación constante: de ahí el tremendo desarrollo tecnológico fomentado por el capitalismo. Pero de ahí también sus contradicciones: ese desarrollo tiene como objetivo la mayor ganancia privada, no el bienestar social. Por eso el desarrollo técnico se convierte en enemigo de la gente y del ambiente. La máquina no aligera, sino que intensifica el trabajo; no reduce la jornada de trabajo, sino que desplaza al trabajador; no hace al trabajo más participativo sino más subordinado a la disciplina y el ritmo impuestos por el patrono. No se traduce en mayor igualdad o seguridad, sino en desigualdad y precariedad. No conlleva una relación respetuosa con el entorno natural sino en su destrucción, en la medida que destruirlo genera ganancias a corto plazo. Tenemos el caso del cambio climático: amenaza aspectos fundamentales de nuestra vida, pero el capitalismo evita tomar las acciones necesarias y urgentes para atenderlo, pues hacerlo choca con su imperativo de aumentar la ganancia privada a como dé lugar.

En fin, el capitalismo fomenta la innovación, pero es incapaz de usarla para el bienestar de la gran mayoría. Crea fuerzas productivas prodigiosas, pero acaba por convertirlas en fuerzas destructivas. ¿Cómo salir de esa contradicción? Convirtiendo esas fuerzas productivas en propiedad social para que se usen, no para la ganancia de unos pocos, sino el bienestar de todos y todas.

El Post enlaza el capitalismo con la libertad. Sospechando que anda en terreno frágil, aclara que esa conexión es más “sutil” que los otros méritos del capitalismo. Tan sutil es que se podría hacer una larguísima lista de países en los que se han combinado y combinan la ausencia de libertades y el capitalismo, o en los que se ha defendido el capitalismo contra amenazas reales o imaginadas a costa de suprimir las libertades políticas. Me limito a las teorías del gran teórico del neoliberalismo, Friedrich Hayek. Según él, no existe mejor mecanismo que el mercado para procesar información y distribuir los recursos eficientemente. Esto, sin duda, genera ganadores y perdedores, impone una disciplina dolorosa a los segundos. Por eso, mucha gente tiene la mala costumbre de pedir que se rectifiquen, que se regulen los mercados. Los políticos “populistas” les complacen con tal de ser reelectos, con la consecuencia de que se “distorsiona” el mercado y se impide el progreso que beneficiaría al pueblo mismo. Por tanto, según los neoliberales, hay que salvar a la gente de sí misma, de la idea de que saben más que el mercado y hay que limitar las tendencias inevitablemente ‘populistas’ de la democracia. Por eso hay que colocar las decisiones económicas fundamentales más allá del alcance de los organismos electos: hacen falta bancos centrales que no respondan a nadie menos a sus directores, juntas de control fiscal no electas (sound familiar?) o la subordinación de legislación nacional a reglas de organismos no electos, como la Organización Mundial del Comercio. El gemelo político del neoliberalismo es el autoritarismo no la democracia, en la actualidad combatida a nombre de combatir el ‘populismo’.

La democracia exige, al contrario, que la economía esté en manos, no de unos pocos, sino del pueblo. Esto quiere decir, por supuesto, que nuestra alternativa tiene que ser un socialismo democrático. Democracia sin control de la economía es media democracia (en el mejor de los casos). Economía pública sin democracia es gobierno de la burocracia. No tenemos que escoger entre capitalismo y burocracia. Mucha gente ya está cuestionando las supuestas bondades del capitalismo, tanto que el Post se toma la molestia de recordárselas. Nos toca aprovechar el momento para atraerles a una alternativa que sea tanto anticapitalista como democrática.