Mirada al País: El día en que escuchamos  las voces de nuestros muertos

Por Eduardo Lalo/Especial para CLARIDAD

Escribo el sábado 12 de octubre de 2019, fecha fatídica que el mal llamado “Día del descubrimiento de América” ha conmemorado con inconsciencia y hasta ceguera por 526 años. El primer 12 de octubre fue viernes. A pesar de lo que se podría suponer, de ese momento de consecuencias enormes y transformadoras, los testimonios son pocos. El texto primordial que responde a los eventos inmediatos es el Diario del primer viaje del Almirante. Aunque parezca increíble, este escrito de valor histórico mayúsculo, fue “perdido” y “mutilado”. Las comillas indican que son perentorias las explicaciones. El Diario que Colón escribió para los Reyes Católicos, y que le entregara en Barcelona a comienzos de 1493, desapareció de la biblioteca real y lo mismo aconteció con las dos copias que la historia da fe de que se realizaron en la corte inmediatamente después de la llegada de Colón. Una de estas copias estuvo en manos del hijo bibliófilo del Almirante y fue precisamente en la biblioteca de Hernando Colón que Bartolomé de Las Casas la pudo consultar medio siglo después de los hechos que relata.

Las Casas hizo lo que es hábito en cualquier investigador: vacila entre resumir lo que dice la fuente primaria y citar directamente de ella. Así el Diario es una sucesión de glosas del contenido y de lo que se presenta como “palabras formales del Almirante”. Incluso esta “copia” del Diario realizada por Las Casas, desapareció por más de dos siglos y no se conoció hasta finales del siglo XVIII, gracias al historiador Fernández de Navarrete. Su publicación, sin embargo, no se llevaría a cabo hasta 1825. Desde entonces se han sucedido ediciones en los más diversos idiomas, pero prácticamente todas están mutiladas, ya que no incluyen las 188 notas marginales redactadas por el fraile dominico y que son claramente visibles en los folios de su manuscrito.

Estas notas lascasianas le infunden al texto nuevas significaciones. Redactadas alrededor de 50 años después de los hechos, provienen de la pluma de uno de los europeos que más había vivido y mejor conocía el Caribe insular y continental en su época. En los márgenes de los folios, Las Casas cuestiona, niega y precisa las afirmaciones de Colón, produciendo así un texto con dos autores, originado en dos tiempos, que ofrece una complejidad enorme de interpretación. 

Esta columna no puede sino apenas referirse superficialmente a estos asuntos. Baste, por ahora, concentrarnos en lo que aparentemente aconteció hace 526 octubres.

Es probable que el “descubrimiento” no haya sido ese día sino en la noche del anterior. Según Colón, su calabera la Santa María, era el más lenta y por tanto no hacía parte de la vanguardia de la flotilla, constituída por la Pinta y la Niña, que eran capitaneadas por los hermanos Pinzón. Antes de la medianoche, el marinero Rodrigo de Triana, cuyo nombre recordamos de nuestras cuestionables lecciones escolares sobre estos asuntos, vio “lumbre”, lo que era señal indudable de tierra. No obstante Colón, en la atrasada Santa María, alegará haberla avistado antes, aún si ningún miembro de su tripulación pudo confirmar el hecho. El asunto no es menor, porque el contacto europeo con América comienza aparentemente con un fraude. Los Reyes Católicos habían prometido 10,000 maravedís como pensión anual y vitalicia al que viera tierra por primera vez, y Colón ejercería sus influencias para que el premio ingresara a sus arcas. El descubrimiento de América se inicia con un tumbe, con la desposesión de Rodrigo de Triana. Luego los tumbes serían casi infinitos y alcalzarán a nuestros días.

Al día siguiente, el 12 de octubre de 1492, que la tradición hispánica ha sido capaz de denominar “Día de la Raza”, Colón describirá a la humanidad que acaba de contactar de la siguiente manera: “no son ni blancos ni negros sino de la color de los canarios”. No ser ni blanco ni negro equivale a no ser blanco y, los canarios no eran pájaros, sino el pueblo autóctono de las Islas Canarias, que a lo largo del siglo XV estaba siendo conquistado por los españoles. Colón había estado con los portugueses en expediciones de trata negrera y en su Diario hace múltiples referencias a la costa de Guinea. Procederá a comunicarle a los Reyes Católicos que los indígenas serán buenos servidores, lo que en el contexto significa que son esclavizables y, en las últimas líneas del texto dedicado a ese día portentoso, enunciará abiertamente su intención de raptar a siete indígenas.

La esclavitud no será, como frecuentemente se propone, una idea tardía de las intenciones españoles en América, sino que estará presente desde la jornada misma del “descubrimiento”. Colón procederá a llevar la palabra a la acción dos días más tarde, el domingo 14 de octubre, cuando rapta a siete indígenas. Es importante señalar que la rebelión indígena comienza al día siguiente, con el escape de algunos de los capturados.

A pesar de la pérdidad del original y sus copias, de las particularidades del manuscrito elaborado por Las Casas medio siglo después, de la desaparición de este texto durante siglos y de la no inclusión de las notas de su editor hasta el día de hoy, el Diario del primer viaje del almirante es indudablemente un texto histórico. No es un yacimiento arqueológico en que solamente hablan objetos. Aquí tenemos al menos dos voces y llama poderosamente la atención cómo este texto no ha sido leído o, lo ha sido de manera ingenua o parcial.

Leer a Colón‑Las Casas es comprobar hasta qué punto escandaloso la escuela puertorriqueña (y otros muchos sistemas escolares de América y del mundo) nos ha mentido. Nuestro pasado, al convertirse en engaño, ha desaparecido. 

La mera noción adquirida probablemente en la misma escuela donde recibimos estas lecciones, de que la historia trata exclusivamente sobre el pasado, duplica indefinidamente el daño ocasionado. De generación en generación cargamos en nuestras vidas las marcas de los raptados, vejados, esclavizados, mutilados, violados, sacrificados, sin darnos cuenta que al mirarnos en el espejo aparecen en el azogue sus imágenes. Una historia que engaña produce inmunidad y este es su propósito indudable. Una vez comenzada, la Conquista no termina y la historia como engaño es una de las armas más poderosas de su reproducción indefinida.

La Conquista no acaba, pero tampoco el dolor de los muertos. La historia no ilumina a nadie sino toma en cuenta sus gritos y silencios. La impunidad es útil, pero no logra silenciar del todo las voces de los muertos. De este rumor que nadie puede callar, nace la reescritura de la historia. Por ello, sé que ya no hay Día del descubrimiento de América. El 12 de octubre de 1492 se ha convertido en el día que escuchamos las voces de nuestros muertos.