El dolor de muela y otros misterios

 

Por Ana Nadal Quirós/Especial para En Rojo

A las cinco de la madrugada me despertó un dolor de muela tan intenso que sentí como si me hubiesen cruzado la cara de una pedrada. Todo me daba vueltas. Y mientras más pensaba que no había dentistas que me atendieran, más dolor me daba.  Lo había subestimado. Dos o tres días atrás pensaba que se trataba de una leve inflamación de encía que se iría con un buche de agua oxigenada, listeriney agua.           

Es extraño. El dolor de una muela -ahora que lo conozco- es uno de los dolores más serios que haya sentido. Es muy probable que, con el tiempo, si alguien me lo preguntara, diría que esa muela fue mucho peor que un parto sin epidural, que ya es mucho. Pero del diente no sale un hijo; ahí está la diferencia. Por eso es un dolor que no se olvida. No es lo mismo tampoco el dolor de una rodilla pelada por estar corriendo patines, de un brazo roto de columpio, incluso el de apendicitis que, si los superas, se convierten, con suerte, en una especie de trofeo del que podrás fardar eventualmente imbuida en una especie de áurea heroica. ¡Oh! ¡Wao! ¡¿Y te dolió mucho?! Ni te digo si te deja alguna cicatriz. Con el tiempo, y en circunstancias especialmente íntimas, se convierten incluso en detonantes de pasión. Pero el dolor de muela no. Por un dolor de dientes no eres una heroína a menos que la razón sea algún trauma evidente como un golpe o caída. Te da incluso vergüenza decirlo, so pena de ser vapuleada por no habértelos lavado bien y no pasarte el hilo dental.

Por primera vez en el encierro sentí que tenía un problema feo de verdad. ¿Y cómo yo brego con esto ahora? Yo creo que tengo caries, pensé paranoica mientras me miraba, con la boca bien abierta y casi pegada al espejo, dos puntitos nimios en las grietas de la muela. ¿Quién me manda a comer helado en la cama después de lavarme la boca?

De camino al correo llamé a tres dentistas. Todos atendían…en septiembre. ¡¿En septiembre?! Ninguno, según me explicaron, preveía que le llegara el equipo de seguridad necesario para poder atender antes. Mientras hacía la cola pacientemente y escuchaba en la radio el tirijala de Wanda y las misteriosas desapariciones de Fortaleza, se me ocurrió llamar al antiguo CDT de la Playa que, en efecto, sí tiene urgencias dentales, aunque solo para recetar. En la hora que estuve brincando la rayuela de correos, nadie respondió, así que, en ese momento, me resigné a esperar estoicamente dos meses para que me atendiera un dentista.

Si algo tiene el dolor agudo es que te exacerba las emociones. Tu percepción del mundo, nunca mejor dicho, se agudiza. De repente caes en cuenta que la burbuja del “lockdown” ya explotó y que el funcionamiento de los servicios esenciales es, todavía, un desastre. Que resulta que el racionamiento de agua no es culpa de la sequía y que los ciudadanos -si todo sale bien- pagaremos las vacaciones de los ejecutivos de LUMA. Pero no importa, ya podemos ir a la playa y besuquear candidatos inmunes que, entre temblor y temblor, siguen prometiendo villas y castillas. Quien los ve, al primer temblequeo, literal o metafórico, salen despavoridos. Pregúntele a JGo si se acordó de Pierluisi cuando tembló en el mitin de Ponce. Sálvese quien pueda es la consigna. Y que el techo -o el toldo- le caiga a quien le caiga. (Entretanto, Wanda se ríe con maldad y saluda a los transeúntes de la Ashford desde la nave del primer damo.)

En la sala de emergencia dental no había nadie. Entró la que limpia sin mascarilla y echó unas risas con el secretario -que sí la tenía-. Qué frío hace aquí, ¿verdad?, me dijo, mientras picaba maíz en la computadora metiendo mis datos. En un momento me soltó que había conseguido tremenda ganga de aire acondicionado para su casa, financiado sin intereses a dos años (la promo le llegó por Facebook). Ya lo tiene instalado “porque con esta calor no se puede estar…Espera ahí sentadita a que te llamen, amor.”

No tengo caries, no tengo infección, no salió nada. “Quizás tienes una fractura vertical o tienes mucho estrés”. Coquí. Salí con el mismo dolor, una pastita de dientes de consuelo y una receta de ibuprofeno de 800mg. Al menos ya están embreando las calles y se devolvieron a Fortaleza dos tablets. Pero ¿quién se habrá birlado la cuna? Ese se lo dejamos a Scooby y a Shaggy, que seguro lo resuelven antes que una comisión o el PFEI el misterio de la corrupción gubernamental, nuestro dolor de muela de cada día.

 

(Última actualización:  No era la muela. Parece que es el nervio trigémino en todo su apogeo, que hace doler hasta los dientes y bajar a todos los santos del cielo. Y hablando de santos… ¿quién salvará a Santa Tata? Me pregunto en lo que el secretario me da la próxima cita…para finales de septiembre.)

 

 

 

           

             

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