El Hipismo según Pancho Velázquez

         Francisco R. Velázquez es un escritor puertorriqueño que todos los lectores del mundo deberían conocer. Comenzó a destacarse en el campo de las letras comoperiodista. Fue reportero de notas policíacas, columnista y editor de plantilla en diversos diarios de Puerto Rico por espacio de un cuarto de siglo, escritor fantasma de algunos redactores de fama, catador de licores varios.Dotado de un extraordinario dominio del lenguaje, alejado de los ripios y los excesos del adjetivo, Pancho, como lo conocen sus admiradores y amigos, comenzó a hacerse un nombre en la literatura publicando un relato corto en este periódico. Luego publicó su primera novela, Los vapores de Sor Emilia una exquisita novela erótica ambientada en el 1918 cuando aquellos temblores. De esa primera novela en adelante, Velázquez, como un dique que se desborda por encima de los rigores de una sala de redacción, ha creado personajes memorables como Emilia Leclerc, Dolores Cardona -detective-, Torpedo Joe, o el Zurdo Galíndez. Más de una decena de novelas y relatos que no tienen desperdicio.

         En Rojo tiene el honor de haber publicado en serie aquella primera novela y La marea de los muertos. También el autor mantuvo una columna en el semanario y recientemente, con su permiso y de la excelente revista deportiva The Gondol, regalamos al lector varios asaltos de Torpedo Joe.

         Hoy solo retomamos algunos apuntes de Francisco R. Velázquez porque creemos que los amantes de las letras merecen filete literario.

Rafael Acevedo/ En Rojo

 

De Barberías

Por Francisco (Pancho) Velázquez

 Aquel día veinticuatro de diciembre me levanté pasadas las diez. Tenía cosas que hacer. Me vestí  a propósito de la festividad y caminé hasta la agencia hípica de Shorty donde jugué un cuadro de dos pesos. Luego pasé a la barbería de al lado.

Por ser fecha señalada, había más clientela de lo acostumbrado. El dueño llegaba temprano ese día y traía obsequios:Palo Viejo,  hielo, mezcla, una botella de whiskey, y un litro de agua de coco.

Nada de almanaques con fotos de mujeres que llevaban las tetas cubiertas con unas plumas que uno soplaba para verlas completas, ni bolígrafos indecentes de la americana con maillot negro que cuando se colocaban con la punta hacia arriba se quedaba en cueros, in toto..

  De la pared colgaba la guitarra, siempre afinada, porque era la época de los tríos y los trovadores que abundaban en el litoral. Se pasaba bien ese día en particular en aquella barbería. Chistes y pendejadas, poca política, cuentos de por poco y algún atrevimiento audaz y reciente de alguien conocido.

Se leían los periódicos y el protocolo no permitía más de dos tragos para que diese para todos. Yo era feliz, tenía el cuadro sellado en el bolsillo de la camisa y siete pesos sueltos para el recorte y el almuerzo y algún imprevisto.

Antes se era tan feliz con tan poco.

Degusté un whiskicito con agua de coco hasta que el segundo sillón se desocupó. No había prisa ese día y la gente cedía su turno. Me senté,

~Recórtame alto y aféitame, pedí.

El barbero del segundo sillón encendió un cigarrillo y yo otro. Fumamos en lo que terminéel whiskey. Sostuve el vaso en la falda y cubrí la candela del cigarrillo con la palma de la mano.Entonces me tendió el mantel azul recién sacudido.

Pasó un tiempo. Para cuando el barbero asentaba la navaja en la correa, un señor mayor, gordo, que se había tomado su trago de bienvenida, pidió permiso para tocar la guitarra. El dueño, que trabajaba el  primer sillón asintió.

Imaginamos algún aire de temporada.

Ensayo unos acordes, tosió, tos de locutor que le llamaban, y dijo,

~Voy a tocar un tema de mi propia inspiración. Lleva por título, Divorcio,

Lo escuchamos por solidaridad. Era una buena canción pero se notaba muy pegadita a su circunstancia. Era el tipo de bolero que nadie baila, ideal para cantantes de vellonera, los feos, Valdez, Salamán, Contreras, que no se dejaban ver fuera del estudio de grabación.

 Nadie dijo nada.

Noté entonces su ropa a la que le faltaba repaso  y sus zapatos mordidos por la suela y la calamidad.

Un viejo gordo llorando amores. El día se había percudido un poco.  Dejé el segundo trago en la botella.

 

           

Palky

Por Francisco (Pancho) Velázquez

 

AHH, THE EMOTION

    I HAD BEEN following him for some time but one Sunday they scratched him and since then I had no further news. I am not speaking of some parish priest with a silver tongue but about a chilean horse that was quite good for long hauls but which lately had shown a deficiency.

Palky all but disappeared from the inscription lists. His absence became notable. I though he had sustained a lesion because in his last race, which he lost, after a month rest.  I refrained from thinking the worst: perhaps he was dispersed in fifty sacks of dog food.

 Then I ran into this guy who is a Sunday handicapper and we got talking and he told me that the horse had been operated of a fistula in his throat that made him struggle for air in the last half furloung.

 Ergo he will return to be the strong finisher that was his trademark. a strong finish bacause he wouldn’t run out of air,

     I filed the information a any judicious handicapper and we to Raul offbetting agency and bought the racing form. Sure enough, the horse was there in a mile sixth claimer in a twenty percent drop in class. The race was Wednesday, my day off.

   A mediodía  fui a la escuela elemental de mis hijos y a la maternal, De la primera me lleve a dos diciéndole a la principal, con una voz de autoridad que por entonces tenía:

            -Cita médica.

            De la maternal, le dije a la cuidadora:

            -Quality time. Y me llevé al más pequeño que tenía dos años.

            Arrancamos para el hipódromo, naturalmente.

            Son cosas necesarias de las que uno jamas se arrepiente. Los hijos agradecen mucho estos gestos de integración temprana al mundo real, que es ancho y delicioso.

            (Para el récord, el varón es abogado, la niña bibliotecaria jefe de una escuela superior. El menor es chef en Disney.)

            Pasamos una tarde excepcional en las gradas, pastelillos y sodas y una mano de guineos maduros que compré en un semáforo. Tuve que soportar miradas enconadas de gentes que reparaban en los niños con sus uniformes escolares.

            No les hice caso.

            Total, a lo mejor la acción de la vida les deparaba hijos manduletes o ya los tenían y estaban al cuido de una abuela que apuntaba bolita.

            Vimos las carreras. Les expliqué sobre el deporte de Reyes y lo difícil que era ser jinete. Era su primera visita y quedaron embelesados con la belleza del óvalo, en infield tan cuidado y las sedas  que lucían los jinetes.

            Llegó la séptima y les dije,  espérenme, tengo que hacer una gestión. Dos por tres le puse veinte a ganar a Palki. Tenía un par de matinales ordinarios pero la distancia le venía a su fortaleza, y claro, ya no se ahogaba al final. Para colmo, llevaba el lomo vacío, es decir con un aprendiz bonificado en peso.

            Vimos la carrera. Los niños se contagiaron de la emoción, tenían un interés en la prueba, un caballo que se llamaba Palky al que su papá le había apostado, Además, estaba el espectáculo puntual de los hombrecitos al lomo de aquellas bestias, sus blusas agitándose al viento, su dominio de las bridas.

            Palky llegó cuarto.

            Para animarles en su desazón les cité la Biblia, el Eclesiastés: no es del mas veloz la carrera…

           

 

 

 

 

 

 

 

 

No esperamos la octava. Nos marchamos. Al llegar al semáforo de la Tres me apareé con un automóvil que conducía un jinete conocido mío.

–Que le pasó a Palky?

–No me hables de eso. Boté un dron de pesos… me contestó, moviendo la cabeza de lado a lado, como quien todavía no cree la cosa.

            Hubo otra instancia que puso a prueba mi humildad y estoicismo, gentilezas de lo alto compartidas por todos los hípicos. Había un caballo hermoso que se llamaba Hello Federal que lo corrían poco y le llevaban con pulcritud en su trote por las pistas. Apalabré pon con uno de los de la cátedra que trabajaba en el periódico.  Saqué el billete de cien dólares que tenía oculto en el rolo de la maquinilla en mi casa y lo besé, por lo de la buena suerte.

El Post time era a las dos y quince y pasó por mi a la una. Atrechamos por Loíza. Hello federal era un fait accomplí, venía de un descanso pero tenía buenos matinales y era gran salidero. Pensaba en qué emplear las ganancias que ya sentía en el bolsillo. Le comente de doña Fali, que corría en la exacta.

–Es una mierda, esa no va.

–pero es media hermana de Ribot…

–No importa, dio lo que iba a dar que nunca fue gran cosa.

            Hablaba la cátedra y sabido es que Roma locuta causa finita  Se fue a sus labores periodísticas y acordamos en encontrarnos en el mismo lugar donde había estacionado. Le dije,

–Si ves un camión de la Wells Fargo, es que voy de pasajero.

            La angustia, el dolor. Peor que aguardar en la sala de maternidad. Cuatro carreras que iban y venían y yo quieto, inmóvil, a lo macho, con los cien pesos en el bolsillo. En ocasiones hiperventilaba y aguantaba las ganas, ni un trago, ni mear, ni siquiera una apuesta de dos pesos, disciplina pura, como los moros juramentados aunque a esos les amarraban los huevos con tiras de cuero mojadas que al contraerse les causaba tanto dolor que iban al combate sin reticencias para que los mataran de una vez y librarse de ese dolor estrujante.

            Aguardé. Subí a la estafeta de apuestas y puse los cien a Hello Federal. La tarde estaba lluviosa, la pista encharcada pero el caballo tenía velocidad inicial. Pase por alto que salía del cuarto lugar en la gatera. Y la incógnita de la lluvia, y mil pendejadas más que debí haber notado, como por ejemplo que había bajado en las apuestas a seis por uno.  Me senté en mi butaca, encendí un cigarrillo y aguarde la salida.

            Salió tercero y trató de buscar la valla pero parecía que no le gustaba mucho correr en la sopa. Se colocó cuarto y siguió allí todo el tiempo. Perdió por no sé cuántos cuerpos pero no fue el último.

Estuve las siguientes cuatro carreras sin moverme de mi butaca. En la octava mire la revista y ví a Doña Fali. Me quedaban veinte pesos pero la cátedra había hablado.

Allí mismo sentadito la vi ganar resueltamente. Adoraba la sopa o fue la carrera de su vida o la clase fue suficiente para imponerse al grupo. Pagó 34 pesos para ganar. Hubiera salido del Hipódromo con 340 pesos y me iba con veinte y punto menos que una patada en el culo.

Hello federal ganó todas las carreras desde esa derrota, creo que lo hicieron padrote. Yo seguí en mi rodar, pegando dupletas aquí y allá, hablando con mozos y cantineros, que siempre tenían el programa hípico en el bolsillo de la camisa, y con todo aquel que iniciaba la conversación con un, ¿que llevas en la primera válida?

            Tal cual…