El otoño del norte y la primavera del sur, en llamas

“Fuego, fuego, el mundo está en llamas”, cantó Roy Brown en aquella memorable canción (Monón) que Puerto Rico comenzó a escuchar en 1970. Ahora, casi cuarenta años después, el verso del cantor boricua describe muy bien lo que pasa en varios continentes. Ya fuere en el otoño del hemisferio norte o en la primavera del sur, pueblos tradicionalmente “tranquilos” se han tirado a la calle en una inmensa ola de indignación contra abusos acumulados durante décadas. Cataluña, Líbano, Hong Kong Haití y Chile protagonizan estallidos similares al que Puerto Rico experimentó en su más reciente verano.

Como siempre pasa, en cada uno de esos países fue un simple botón el que se abrió para que brotara la indignación acumulada durante muchos años. En Chile fue el decreto que aumentaba la tarifa del metro, principal medio de transportación de trabajadores y estudiantes. Aunque se trataba del cuarto aumento en apenas dos años, que mayormente afectaba a los sectores populares más golpeados, el gobierno del derechista Salvador Piñera esperaba que, como ocurrió con los otros incrementos, todo se quedaría en simples expresiones de molestia. Pero no fue así y, en respeto a la tradición, fueron otra vez los jóvenes estudiantes los que lanzaron el primer grito organizando protestas masivas en las estaciones del metro de la capital.

Tras la vanguardia estudiantil se lanzó el pueblo y las calles de Santiago, Valparaíso y otras ciudades se llenaron de gente que voceaban reclamos mucho más allá que por la subida del metro. La denuncia básica es contra un sistema económico que esencialmente es el mismo que modeló la dictadura de Augusto Pinochet a partir de 1973, tras el violento golpe de estado contra el gobierno popular que presidía Salvador Allende. Ese sistema económico, la más viva expresión del capitalismo salvaje, profundiza cada año niveles extremos de desigualdad social, consolidando una sociedad donde el 1 por ciento se apropia de más del 30% del ingreso. El Chile de 2019 todavía tiene el mismo sistema de pensiones creado por la dictadura de Pinochet en 1981 que, en fiel atención al neoliberalismo clásico, es administrado y dirigido por empresas privadas. El resultado de ese esquema son pensiones miserables y ganancias jugosas para las empresas administradoras.

Pero no es sólo en la estructura económica donde está viva, muy viva, la dictadura que se impuso sobre el pueblo chileno hasta los años noventa. También está muy presente en la superestructura legal porque la constitución que rige sobre la vida diaria de los chilenos y condiciona el sistema político electoral es la misma que diseñó el sátrapa. También siguen pululando por todo el país los funcionarios que sirvieron de sostén al antiguo régimen y, peor aún, la misma oligarquía económica que estimuló el golpe de estado, sigue controlando la economía y acumulando ganancias mientras la desigualdad aumenta. No fue casualidad que uno de los lugares convertidos en símbolos de las protestas populares de los últimos días fuera el edificio del diario El Mercurio. Ese medio, propiedad de una de las principales familias de la oligarquía chilena, fue puntal para la organización y ejecución del golpe de estado de 1973 y luego serviría como sostén ideológico de la dictadura. Cuando su edificio se cubrió con las llamas que lanzaron los jóvenes protestantes los aplausos se escucharon por todo Santiago.

La respuesta del derechista Piñera a las protestas populares también recuerda a Pinochet. Sacó el ejército a las calles y estableció un toque de queda por todo el país. Esas medidas represivas, sin embargo, le echaron gasolina al fuego y las protestas se multiplicaron. Finalmente cedió eliminando el aumento tarifario y hasta se propone hacer un cambio de gabinete, pero eso no ha aplacado el furor popular. La gente está en la calle y allí seguirá exigiendo el entierro definitivo de la dictadura y cambios profundos que ataquen la desigualdad social.

En el Líbano el detonante también fue un impuesto, en particular, a las comunicaciones vía la aplicación WhatsApp, pero igual que en Chile, la verdadera razón es la persistente corrupción gubernamental, la gestión económica y los pésimos servicios públicos. En una sociedad tradicionalmente dividida por sentimientos religiosos, la indignación marchó unida en las calles. Allí también el gobernante corrió a eliminar el impuesto que sirvió como detonante, pero ya era tarde. Similar a Chile y también a Hong Kong, donde tras las protestas el gobierno retiró un proyecto de ley que autorizaba la extradición de convictos a China, en el Líbano las marchas no han amainado. En Haiti las protestas masivas comenzaron hace un año pidiendo la renuncia del presidente, Jovenel Moîse, por el encarecimiento de productos básicos, la paralización parcial del transporte el contrabando y las largas horas registradas en las estaciones de servicio todo producto del problema que enfrentan con la mala utilización y el robo de los fondos del programa de Petrocaribe. Allí han tenido una veintena de muertos, entre ellos un periodista.

El caso chileno también tiene parecidos a España donde la represión vestida de acciones judiciales, apoyada después en las macanas de la policía, está siendo utilizada para tratar de ahogar el reclamo de autodeterminación de los catalanes. Entre sentencias condenatorias de algún tribunal y cargas policiales llevan una década y los reclamos de Cataluña, en lugar de amainar, aumentan. Como en Chile, en España hay un sistema legal y una estructura de gobierno fuertemente influenciado por una reciente dictadura, la del “generalísimo” Francisco Franco. Los crímenes que Pinochet cometió contra los chilenos siguen impunes y también los del franquismo. Pero aún más perniciosa que esa impunidad es la continuidad de los mismos patrones ideológicos nacidos de ambas dictaduras. En España recientemente exhumaron el cadáver de Franco del bochornoso mausoleo donde lo tenía un país supuestamente democrático, pero la “indisoluble unidad” que tanto proclamó el franquismo permea tanto el gobierno central como la judicatura y sirve de justificación para no ceder ante el reclamo catalán.

“El mundo está llamas” anunció Roy Brown en 1970 y Chile, Hong Kong, Cataluña y el Líbano lo confirman.